Un total de 125 aviones, un submarino y 14 superbombas: EEUU pulveriza las instalaciones nucleares de Irán

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Con un despliegue sin precedentes, Estados Unidos ha asestado un golpe demoledor a las instalaciones nucleares de Irán en la llamada Operación Martillo de Medianoche. Un total de 125 aeronaves, incluidos los temibles bombarderos furtivos B-2 Spirit, un submarino lanzamisiles, cazas, aviones espía, aviones cisterna y sofisticados señuelos de distracción, participaron en una ofensiva planificada durante meses para neutralizar la amenaza atómica del régimen iraní.

El secretario de Defensa norteamericano, Pete Hegseth, acompañado del jefe del Estado Mayor, el general Dan Caine, ofreció los primeros detalles de esta operación histórica. Según explicó el alto mando militar, el ataque fue «quirúrgico», diseñado con precisión para «destruir el corazón del programa nuclear iraní sin provocar una guerra abierta». El despliegue incluyó el primer uso en combate de las bombas penetradoras masivas GBU-57 —conocidas como MOP—, cada una de ellas con un peso de 15.000 kilos, capaces de perforar las instalaciones subterráneas más protegidas.

«No buscamos la guerra, pero actuaremos con rapidez y decisión cuando nuestros intereses o los de nuestros aliados se vean amenazados», advirtió Hegseth, recordando la posición firme del presidente Donald Trump, que desde el inicio de su mandato dejó claro que no toleraría un Irán nuclearizado.

Una operación milimétrica de 18 horas

El ataque principal se ejecutó bajo el máximo sigilo. Siete B-2 despegaron desde la costa Este de Estados Unidos, cruzaron el Atlántico y penetraron el espacio aéreo iraní tras múltiples repostajes aéreos. Simultáneamente, otro grupo de bombarderos salió hacia el Pacífico en un movimiento de distracción cuidadosamente calculado para mantener la sorpresa táctica. Todo el operativo fue concebido para evitar cualquier detección de los sistemas de defensa iraníes.

A las 18:40 hora de Washington (1:40 de la madrugada en España), el B-2 líder lanzó las primeras MOP sobre el complejo nuclear de Fordow, seguido por el resto de bombarderos que atacaron los objetivos designados en Natanz e Isfahan. En paralelo, un submarino estadounidense lanzó decenas de misiles de crucero Tomahawk para destruir infraestructuras clave de superficie.

Los responsables militares subrayaron que ningún caza iraní despegó y los sistemas antiaéreos no llegaron a detectar la incursión. En total, se emplearon aproximadamente 75 armas guiadas de precisión, de las cuales 14 fueron las temidas superbombas penetradoras.

El mayor bombardeo estratégico desde el 11-S

El Pentágono destaca que esta es la mayor operación aérea de este tipo desde los ataques posteriores al 11 de septiembre de 2001. La maniobra requirió una sincronización exacta de múltiples plataformas militares repartidas en varios continentes, un ejercicio de coordinación global con comunicaciones mínimas durante las casi 18 horas de vuelo.

Aunque las evaluaciones finales de daños aún están en curso, las primeras estimaciones apuntan a «daños extremadamente graves» en los tres enclaves nucleares iraníes. Tanto el presidente como el vicepresidente norteamericanos han sido aún más contundentes, calificando el resultado de «pulverización total» y un «golpe final al programa nuclear» del régimen de Teherán.

Mientras en Washington se destaca la contundencia del operativo, el mensaje estratégico es claro: Estados Unidos no permitirá que Irán cruce el umbral nuclear. El ataque se presenta como una advertencia definitiva frente a cualquier represalia que pudiera intentar el régimen de los ayatolás.

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