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El último absurdo alemán: Trampas vaginales en lugar de política migratoria para contener a los violadores africanos

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Alemania se enfrenta a un alarmante aumento de casos de violación. En tan solo cinco años, el número de agresiones denunciadas ha aumentado un 49,5%, superando las 12.000 al año. Sin embargo, la respuesta institucional y académica no apunta a un análisis serio de las causas ni a reformas que protejan eficazmente a las mujeres. En lugar de abordar los factores que impulsan esta violencia —como la inmigración masiva y descontrolada—, la reacción es una grotesca distracción: proponer «condones trampa» con púas internas diseñadas para lesionar el pene del agresor.

Por: Javier Villamor – The European Conservative

La idea, reciclada de un antiguo invento sudafricano llamado Rape-aXe , consiste en un dispositivo vaginal que una mujer puede usar para defenderse. Si es víctima de una violación, el dispositivo se activa, infligiendo dolor y lesiones al agresor y facilitando la posterior identificación médica. La socióloga Julia Wege, de la Universidad de Ciencias Aplicadas Ravensburg-Weingarten, y el médico Urs Schneider, del Instituto Fraunhofer de Tecnología de la Salud de Stuttgart, han anunciado un estudio que pretende investigar las ayudas técnicas contra la violencia sexual, entre ellas esta.  

Lo que se presenta como una medida innovadora y empoderadora es una rendición del Estado. Es la admisión tácita de que las calles son inseguras, que el sistema judicial no ofrece protección, que las fronteras están abiertas y que las mujeres deben prepararse para defenderse solas, como si vivieran en una zona de guerra.

¿Se supone que debemos creer que convertir el cuerpo femenino en una trampa explosiva es la solución al aumento de violaciones en Alemania? ¿Es a esto a lo que ha llegado Europa: a acostumbrarse a la barbarie importada y a encontrar formas creativas de soportarla?

Dado que el problema tiene un rostro, un origen y un patrón, las estadísticas son claras, aunque muchos medios de comunicación y políticos insistan en ocultarlas: en gran parte de los casos de violación y agresión sexual en Europa Occidental, los perpetradores no son ciudadanos alemanes, franceses ni suecos. Son jóvenes de culturas que no comparten los valores europeos de respeto a la mujer, civilización ni legalidad. Los mismos hombres que han sido atraídos por millones bajo el paraguas suicida del multiculturalismo, promovido por Bruselas y las élites globalistas que han convertido a Europa en un experimento ideológico sin raíces ni sentido común.

El aumento de la violencia sexual no es casual. Es consecuencia directa del desmantelamiento de fronteras, el debilitamiento de la autoridad, la criminalización del patriotismo y la priorización de la integración de los extranjeros sobre la seguridad de los ciudadanos nativos. Y ahora, como nadie se atreve a cuestionar el dogma migratorio, se nos ofrece un espectáculo: un nuevo dispositivo, una nueva campaña, una nueva ilusión de control: pura fachada.

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