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Es lo que es

Autonegación y suicidio (caso España)

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El marroquí Abarrafia Hader, de 20 años, llega a Canarias en patera hace un mes y medio, tiene una orden de expulsión que no se ejecuta, y quema viva a una joven. Un colombiano que trabaja como repartidor en Amazon viola a una niña de cuatro años en una urbanización en Madrid y agrede a otra de ocho. Una joven es violada por un inmigrante de Mali alojado en un centro de extranjeros en Alcalá de Henares. Un anciano recibe una paliza a manos de tres marroquíes en Torre Pacheco. 

Esto en apenas dos semanas. Las histéricas de pancarta con cargo al presupuesto no activan ningún punto violeta y el poder responsabiliza a la ultraderecha. No sabemos cuántas mujeres más deben ser violadas, cuántas quemadas, cuántas menores arrebatadas de su inocencia, cuántos chavales apalizados a la salida de una discoteca y cuántos ancianos alcanzados por una jauría, para que la violencia importada del tercer mundo adquiera rango de problema de Estado. Y lleguen los observatorios, presupuestos, programas especiales, documentales en Netflix, minutos de silencio, lazos en la solapa. En fin, todo eso que el sistema reserva a las causas arcoíris y moradas.

Construyen un relato: las víctimas son los agresores y los culpables los agredidos. Unos por inmigrantes y otros por españoles. Esto lo vemos, oímos y leemos en todas partes. Cintora saca el bate béisbol y las ondas episcopales generan confusión con abundante incienso y doctrina social a la carta. El ABC pasa de “La invasión tercermundista” de Torcuato Luca de Tena en 1996 («todo hombre y toda nación tienen el sagrado derecho de preservar sus diferencias y su identidad en nombre de su futuro y en nombre de su pasado») al columnismo con gafas de sol que pregunta por qué los inmigrantes son tan pacíficos.

No hay que alarmarse por varios casos aislados. Lo que sí es estructural es el racismo reflejado en Torre Pacheco, desde ya, el Núremberg español. El sujeto de estudio en los telediarios no ha sido la violencia importada del Magreb, sino el murciano que ya era sospechoso porque votaba mal, ahora doblemente racista. Hay que desnazificar la región con más memoria histórica y muchos reportajes de rostro humano. El increíble caso del taxista marroquí que me llevó al hospital sin cobrarme. Es momento de recurrir al comodín de Lamine Yamal, ejemplo de integración. O no.

A la habitual propaganda se suma la idea de que no hay relación entre inmigración y delincuencia. En los seis primeros meses de este año el 53% de los asesinatos a mujeres fueron cometidos por extranjeros, que son el 13% de la población. Es decir, los extranjeros manifiestan una tendencia homicida siete veces mayor que la de los nacionales en relación con su peso en la población. No es que los periodistas desconozcan los datos de Interior o el INE. Mienten deliberadamente, propagandísticamente, ideológicamente. Y es probable que tal fanatismo no se cure ni abriendo un centro de menas frente a la casa del juntaletras de turno.

Mientras enarbolan grandes ideales nos acordamos de Dostoievski cuando decía que cuanto más quiere uno a la humanidad en general, menos cariño inspiran las personas en particular. Aquí tenemos ilustres antirracistas que a la hora de la verdad le tiran el micrófono a Ndongo al grito de ‘cógelo como gorila’. Este discurso —aquí no hay odio— sí tiene cabida en las televisiones públicas y las concertadas del duopolio que mantienen españolitos como los de Torre Pacheco. 

He ahí la gran paradoja. Aunque el 70% de los españoles está a favor de las deportaciones masivas, sólo el otro 30% está representado en las grandes cadenas. Las ideas de la gran mayoría no son defendidas por nadie. El fin es destruir los pocos vínculos que nos quedan y proyectar un país artificial. La realidad, por tanto, se construye.

Claro que hablar de inmigración masiva es hacerlo de Marruecos. De Mohamed VI y de todos los que trabajan para él. En Bruselas y Madrid. El sultán ha indultado a más de 37.000 delincuentes en los últimos seis años, incluidos más de medio centenar de terroristas. Su destino, a menudo, es España. Al llegar aquí, salgan o no de la cárcel, los marroquíes mantienen sus lazos porque, al contrario que nosotros, no han perdido el sentido del Estado ni de la nación. Importan su cultura allá donde van a través de las mezquitas que, de facto, hacen de consulados. 

El quintacolumnismo marroquí espera agazapado y Sánchez viaja a Mauritania con siete ministros un año después de ofrecer papeles a un cuarto de millón de mauritanos. Aquí está la madre del cordero: no habría invasión si nuestra nación no se hubiera carcomido antes por dentro.

Por: Javier Torres – La Gaceta de la Iberosfera

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