En Venezuela, la libertad es un espejismo, un sueño roto que se desvanece bajo el peso de una dictadura que no conoce límites ni humanidad.
La llamada «puerta giratoria» del régimen de Nicolás Maduro no es solo una estrategia de represión, sino un símbolo grotesco de la arbitrariedad, la crueldad y el desprecio por la dignidad humana.
En las últimas 48 horas, esta maquinaria de terror ha engullido a 15 ciudadanos más, arrancados de sus hogares, de sus familias, de sus vidas, sin delito alguno, sin pruebas, sin paradero conocido.
Sus nombres se suman a una lista interminable de víctimas de un régimen que fabrica expedientes de «terrorismo» y otros disparates para justificar lo injustificable: el secuestro de inocentes.
La puerta giratoria es el sello distintivo de esta dictadura. Mientras el mundo celebra con alivio la liberación de algunos presos políticos, el régimen, en un acto de cinismo descarado, llena sus mazmorras con nuevos rehenes.
Es un juego macabro: sacan a unos, torturados y quebrados, para meter a otros, frescos en su inocencia pero destinados al mismo calvario.
Según la ONG Foro Penal, solo en los últimos días, 15 venezolanos han sido secuestrados por las fuerzas represivas del régimen, acusados de crímenes tan vagos como «incitación al odio» o «terrorismo», términos que el chavismo ha vaciado de significado para convertirlos en herramientas de persecución.
No hay órdenes judiciales, no hay debido proceso, no hay respeto por los derechos más elementales.
Hombres encapuchados irrumpen en hogares, golpean puertas hasta derribarlas, arrancan a las víctimas de los brazos de sus seres queridos y los sumen en un limbo de incertidumbre.
¿Dónde están? ¿Están vivos? ¿Qué delito cometieron? Las familias, desgarradas por el dolor y la impotencia, recorren morgues y centros de detención en busca de respuestas que el régimen les niega.
Esta es la Venezuela de Maduro y sus secuaces, un país donde el miedo es ley, donde la disidencia es un delito mortal, donde la justicia es una farsa al servicio del poder.
La puerta giratoria no es un accidente, es una estrategia deliberada.
Como lo denunció María Corina Machado, líder de la oposición venezolana, estas liberaciones selectivas son una cortina de humo para desviar la atención internacional mientras el régimen intensifica su cacería.
Cada excarcelación es un montaje propagandístico, un intento de lavar la imagen de un gobierno que ha sido señalado por la Corte Penal Internacional por crímenes de lesa humanidad.
Desde las elecciones fraudulentas del 28 de julio de 2024, más de 2.000 personas han sido detenidas por protestar o simplemente por estar en el lugar equivocado, muchas de ellas víctimas de desapariciones forzadas, torturas y procesos judiciales amañados.
El caso de un joven testigo electoral de Vente Venezuela, es un recordatorio desgarrador de la brutalidad de este régimen. Detenido arbitrariamente, murió en prisión tras semanas de agonía, sin atención médica, mientras le amputaban las piernas.
Su muerte no es un hecho aislado; es el reflejo de un sistema que no solo encarcela, sino que destruye vidas con una crueldad que desafía toda noción de humanidad.
Y mientras el mundo observa, el régimen sigue operando su puerta giratoria: libera a algunos para apaciguar críticas, pero asegura que sus celdas nunca estén vacías.
La comunidad nacional e internacional no puede seguir cayendo en esta trampa.
Las liberaciones de presos políticos, no son gestos de buena voluntad; son maniobras calculadas para perpetuar el ciclo de represión.
Cada ciudadano secuestrado, cada familia destrozada, cada vida apagada en una celda es un grito que exige justicia, un recordatorio de que el silencio y la indiferencia son cómplices de esta tragedia.