En estos días, entre conversaciones con amigos, he visto cómo se repite una misma discusión: votar o no votar. Cada quien con sus razones, con sus emociones a flor de piel, con sus esperanzas o sus heridas a cuestas. Y aunque es evidente que la mayoría ha decidido no participar, sentí la necesidad de escribir esto, no para convencer a nadie, sino para terminar de callar la discusión dentro de mí. Porque hay un punto donde el alma se cansa. No solo de dar, sino de intentar ofrecer algo a quienes no solo no lo valoran, sino que han dejado de querer recibir. Uno puede amar mucho a su país, pero también necesita aprender a protegerse del desgaste de una entrega que no encuentra eco.
Dicen: haz el bien y no mires a quién. Pero yo aprendí, no sin heridas, que mirar no es juzgar: es cuidarse. Es no traicionarse a uno mismo por insistir en lo que no responde, en lo que no escucha, en lo que no cambia. He dado sin esperar, he estado presente cuando pocos quedaban, he creído con todas mis fuerzas. Pero con el tiempo comprendí que también hay que saber cuándo retirarse, no por cobardía, sino por respeto propio. La correspondencia no es un contrato, es un lazo silencioso entre dos almas que se reconocen. Y cuando uno da, y lo que vuelve es silencio o vacío, también hay que aprender a detenerse. No porque uno se canse de amar, sino porque también el alma se agota de tanto sembrar en terreno estéril.
Algunos van a votar. Y eso está bien. Cada quien debe actuar según le diga su conciencia, eso sí, pensando no solo en su dolor presente, sino en el país que le van a dejar a sus hijos, a sus nietos. Yo he decidido no votar. No porque no me importe Venezuela, sino porque me importa demasiado como para seguir fingiendo que creo en algo que ya no sostiene mi fe. No voto porque entendí que hay batallas que no se libran con papeletas, sino con coherencia. Porque el amor a la patria no siempre se manifiesta en una cola electoral; a veces se expresa en una elección silenciosa pero firme, en una negativa que es también un grito.
Cada despertar ocurre a su ritmo, cada historia tiene sus heridas. Yo solo ya no quiero seguir entregando energía a un sistema que no me devuelve ni esperanza ni dignidad. He aprendido que hay quienes no devuelven, no porque no puedan, sino porque nunca aprendieron a mirar. O peor aún, porque aprendieron que recibir es poder, y dar es debilidad. Y uno se queda, fiel, mientras el otro ya se ha ido. Se queda acompañando la nada, dando calor a una ausencia. Y eso también duele. No es rabia lo que me mueve, es claridad. No es desprecio, es duelo.
Uno no deja de ser luz porque otros se empeñen en vivir en la sombra. Pero también tiene derecho a cerrar la puerta del alma cuando se enfría de tanto esperar. Hoy no voto, pero sigo creyendo. Sigo amando esta tierra herida. Sigo trabajando por su renacer desde otros espacios, con otras formas. No renuncio, solo cambio el lugar desde donde lucho. Porque el problema no es dar; el problema es quedarse siempre donde uno es el único que da. Yo sigo, pero no igual. Sigo, pero no ciego. Sigo, pero con conciencia. Porque si hay algo que no pienso perder es mi capacidad de mirar, de sentir, de actuar desde lo profundo. Y aunque hoy no deposite un voto, sí deposito mi voluntad y mi amor, con lucidez, en la posibilidad de un país distinto.
Vamos por más…
@jgerbasi