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Es lo que es

La Casa Rota, por @ArmandoMartini

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Una descripción de la tragedia silenciosa que encarna el dolor y la resistencia de un pueblo. No es solo un relato de colapso, sino un espejo que refleja las grietas de la humanidad y un llamado a reconstruir, porque en sus escombros palpita la esperanza.

Una vez, hogar vibrante, refugio de sueños y promesas. Sus paredes resonaban con risas de alegría, sus ventanas se abrían a la luz de la ilusión, y su tejado protegía de tormentas. Hoy está rota. Sus cimientos resquebrajados, muros cuarteados, y un techo que se desmorona bajo el peso del abandono, decisiones erradas e indiferencia que consume como polilla. No es metáfora vaga, es el retrato de una realidad presente en cada rincón olvidado.
No se demolió en un día. Su deterioro fue lento, casi imperceptible, como esa gotera que nadie repara. La ciudadanía creyó en un proyecto común, una visión de grandeza que prometía justicia y abundancia. Aseguraron un futuro donde todos tendrían un lugar en la mesa; los recursos fluirían y la igualdad sería el cimiento de la nueva estructura. Pero las promesas, como espejos rotos, reflejaron solo espejismos. En lugar de construir, desmantelaron, de unir, dividieron y de proteger, expusieron a la intemperie a los más vulnerables.

Hoy, se encuentra fracturada por la desigualdad. Mientras pocos acumulan fortuna, la mayoría rebusca entre desechos para sobrevivir. La riqueza, que se pensó inagotable, fue saqueada, dejando un paisaje de carencias. Millones huyeron buscando refugio en lejanías, al menos, para soñar. Quienes se quedan enfrentan una lucha diaria contra la escasez, inflación desbocada y un sistema que, en lugar de reparar, se empeña en profundizar hendiduras. La carestía asfixia, el hambre duele, las medicinas inalcanzables y los servicios públicos, -agua, luz, transporte-, reliquias del pasado.
Los Derechos Humanos, son un recuerdo pisoteado. La libertad de expresión, es un peligro silenciado con amenazas de represión. Quienes alzan la voz, se atreven a cuestionar o exigir justicia, terminan tras las rejas, exiliados o presos políticos. El encarcelamiento no es solo un castigo, es advertencia para que nadie ose desafiar el orden impuesto. Las celdas insalubres, hacinadas y oscuras albergan estudiantes, activistas, periodistas y ciudadanos cuyo único delito es anhelar libertad y democracia.

La culpa no recae en una sola mano. No se puede señalar únicamente a quienes han sostenido el martillo que golpeó las paredes. El silencio y la complicidad también han permitido el descalabro. La apatía, miedo y resignación han sido encubridores. Sin embargo, culpar no repara. La casa rota no necesita más acusaciones, requiere ciudadanos dispuestos a reconstruir, mentes que diseñen nuevas posibilidades y corazones que no se rindan.
La política se ha convertido en un juego de espejos deformados. Quienes ostentan el poder se aferran a él como si fuera el último pilar. Hablan de soberanía y dignidad mientras los cimientos ceden bajo el peso de la corrupción e impericia. En medio del caos, la gente común, -aquellos que aún habitan la casa-, pagan el precio del hambre, inseguridad y desesperanza.

La educación, andamio fundamental para reconstruir, yace en ruinas. Escuelas deterioradas son apenas el eco de lo que fueron. Hospitales deteriorados y medicinas ausentes, constituyen un cruel recordatorio de que la salud es un privilegio. La libertad, palabra que una vez resonó como himno, ahora es apenas un susurro reprimido, vigilado y castigado.

No obstante, Organismos internacionales documentan ilegalidades, desapariciones forzosas, atropellos y tormentos. Lamentablemente, los tabiques permanecen sordos, ignorando los gritos de auxilio. Pero, en medio de la devastación, la resistencia brilla, en un acto de desafío y afirmación de vida. Con las uñas, levantan escombros y tejen redes de solidaridad, y comparten lo poco que tienen. Los estudiantes, organizan protestas a pesar del riesgo; artistas pintan esperanza en los paredones derrumbados; ancianos narran historias de tiempos mejores, no para añorarlas, sino para inspirar a quienes han olvidado cómo idealizar. Y las comunidades se organizan para proteger a los perseguidos.

La resistencia no es ruidosa ni busca reflectores. Es un acto cotidiano, silencioso, pero poderoso. Es el pulso de una ciudadanía que se niega a ser doblegada y encuentra en la adversidad la fuerza para imaginar un nuevo hogar.

Repararla requiere más que buenas intenciones. Exige compromiso, enfrentar incomodidades, trabajar sin esperar resultados inmediatos. No se trata de volver al pasado, sino de imaginar una casa renovada, con cimientos compactos, sin exclusión y un techo que proteja. Un trabajo titánico, pero no imposible.

La casa rota no es solo un lugar físico. Es el alma de un pueblo que palpita. Memoria de lo que fue y la certeza de lo que puede ser. Pero, para que deje de ser chatarra, hay que rechazar promesas vacías, discursos inflamados y divisiones estériles. Hay que arremangarse, tomar las herramientas y empezar a construir. Porque, por más deteriorada, siempre puede volver a ser un hogar.

@ArmandoMartini

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