Pido prestada para este título la frase acuñada por el distinguido profesor Giovanni Sartori. En estos tiempos tan convulsionados, nada más concluyente para denominar y calificar a todo ese conjunto de propuestas políticas, económicas y sociales – dizque reivindicativas, cerradas y sin intención de pisar los terrenos de algunas ancestrales religiones – que no permiten críticas, objeciones y mucho menos revisiones.
Karl Marx sostenía una serie de reparos en relación a las ideologías. Sobre todo, cuando afirmaba que constituían unos simples planteamientos para justificar y “tapar” las desigualdades producidas por las clases dominantes y por el propio capitalismo. (ojo: siglo XIX). No obstante, muchos de sus seguidores ampliaron estos conceptos, llevándolos, por consiguiente, al campo político, económico y social para explicar y defender sus postulados, proyectos y acciones que, por lo general, terminaron en lamentables disparates, persecuciones, dictaduras (muy lejos de las que hablaba Marx) grandes hambrunas y asombrosas miserias.
El ideologismo, como lo refiere Sartori, pretende “habituar a la gente a no pensar”. Sobre todo, a los que detentan el poder. Cegados y sesgados por unos cuantos axiomas, que de por sí se convierten en unos incoloros slogans, pretenden que todo un pueblo los acompañe y apoye sin chistar. Para ello, tampoco hacen falta instituciones y leyes. Lo determinante es mantener el gobierno.
América Latina ha sido un territorio fácil para estos “ideológicos” de nuevo cuño. Sus causas, amplias y profundas, han sido objeto de importantes análisis y estudios. A todo evento, sus revoluciones, sin excepción alguna, han generado atraso, pobreza, autocracias, errados modelos económicos y, por supuesto, idolatrías o veneraciones personales que, como lo explica su mismo nombre, carecen de toda sensatez y seriedad.
Cabe destacar que aquello que se denomina “ideología” siempre se ha vinculado e identificado con personas, grupos y partidos afines al marxismo, al socialismo, comunismo, fascismo, etc. En consecuencia, nadie habla -naturalmente- de democracia y libertad como una ideología. Y esto sucede, porque la misma libertad de pensamiento y obra se contrapone a todo planteamiento hermético, obnubilado y de evidente fanatismo radical.
Hoy en día ya no caben las referencias “ideológicas” así como los términos de “derecha” e “izquierda”. Fueron, sin duda, apreciaciones que en el pasado siglo XX estuvieron en boga y que, en estos momentos, carecen de sentido, pertinencia y bases consistentes. En el fondo, ¿Qué es ser de izquierda? ¿Qué es ser de derecha? ¿Qué es ser conservador o de vanguardia? Por ejemplo, ¿avanzada para dónde? Si es para instaurar una sólida y eficiente democracia, entonces estaremos en esa senda. Desde ciertos sectores, todavía hay quienes pretenden dividirnos entre izquierdistas y derechistas, revolucionarios y conservadores. La gran pregunta sería: En función de la realidad actual, ¿quiénes están en cada lado?: ¿los que aspiran a seguir anclados en lo mismo o quienes anhelamos una democracia plena y una economía próspera, con palpables muestras de desarrollo social?
La categórica frase del profesor Sartori viene como anillo al dedo. Porque no son momentos para el ideologismo y mucho menos para las etiquetas frívolas y anacrónicas. La actualidad va a contravía. Es hora de enterrar estos calificativos y de empeñarnos en lograr aquello que, efectivamente, nos merecemos como ciudadanos. Miremos alrededor y saquemos nuestras propias conclusiones.
Ricardo Ciliberto Bustillos


