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El verdadero atentado contra la vida está en Miraflores, por Elizabeth Sánchez Vegas

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Derechos Humanos: la vida no se defiende en altamar, se garantiza en la dignidad

Quieren congelarnos en una sola imagen: una lancha destrozada en el Caribe, cuerpos sin regreso, un operativo militar extranjero. Sobre esa foto construyen su discurso, como si unos segundos en altamar pudieran reemplazar décadas de horror. Hablan de “violación del derecho a la vida” como si fueran guardianes de la dignidad humana. Como si no llevaran años traficando con la muerte.

Pero los derechos humanos no se reducen a un disparo ni a una escena final. Se leen en todo lo que ocurrió antes: en los años de abandono, en la miseria fabricada, en la condena silenciosa que empujó a esos hombres al mar como si fueran carga indeseada. El derecho a la vida no significa simplemente “no matar”. Es algo mucho más profundo: garantizar que cada ser humano pueda desplegar su existencia con dignidad.

Lo ha dicho el Comité de Derechos Humanos de la ONU: un Estado no solo viola este derecho cuando dispara contra su gente, sino también cuando la expone de forma deliberada a riesgos previsibles, como el crimen organizado. Y allí está el verdadero crimen. El origen no está en el Caribe. Está en Miraflores. Fue allí donde se urdió el tejido de un narcoestado que transformó a Venezuela en una plataforma para el tráfico y la fabricación de drogas, orquestado por Nicolás Maduro, Diosdado Cabello y Vladimir Padrino López, los mismos que hoy pretenden presentarse como guardianes de la legalidad.

Nadie nació soñando con morir en una lancha cargada de droga. Nadie aspiró a convertirse en eslabón de un negocio criminal. Eran muchachos, sí, pero no llegaron allí por azar ni por ignorancia. El narcorégimen les robó las rutas de la vida y los obligó a navegar por el pasillo de la muerte. Podemos compadecerlos sin absolverlos, porque también sabían que jugaban con fuego. Pero la elección real ya estaba cercada: un país sin horizontes los había reducido a piezas descartables de un engranaje criminal.

Mientras algunos discuten manuales de protocolo, la raíz permanece intacta: fue el narcorégimen el que convirtió a sus jóvenes en carne de cañón de un negocio criminal.

Y ese negocio no es un asunto doméstico ni puede ser reducido a tecnicismos. Es un crimen transnacional. La Convención de Viena de 1988 contra el tráfico ilícito de estupefacientes (artículos 2 y 7) y la Convención de Palermo de 2000 contra la delincuencia organizada transnacional (artículos 3, 5 y 7) reconocen que ningún país puede enfrentarlo solo y que la cooperación internacional es un deber. Proteger no es una opción política, es una obligación jurídica y ética: Estados Unidos y sus aliados responden a una amenaza que, orquestada desde la cúpula del poder venezolano, traspasa fronteras y pone en riesgo la vida y la salud de millones.

Los narcotraficantes de Miraflores no invocan el derecho a la vida, sino el derecho a la muerte lenta. Ese es el edicto de Nicolás Maduro, Diosdado Cabello y Vladimir Padrino López: un pueblo reducido a agonía administrada. Eso no es humanidad; es obscenidad histórica.

En Venezuela, la dignidad fue saqueada hasta el hueso. En cada barrio donde la pobreza recluta a un adolescente, en cada familia desangrada por el exilio, en cada hombre obligado a poner su cuerpo en una lancha de droga, el Estado está asesinando a su gente en cuotas. No con un balazo, sino con una estructura que desarma todo lo que hace posible una vida: salud, educación, justicia, sentido.

El narcotráfico no es solo un negocio sucio. Es una epidemia que devora generaciones y una amenaza global a la seguridad y la salud pública. Y cuando un régimen lo ampara, lo facilita o se enriquece con él, viola no solo los derechos de su pueblo, sino el futuro mismo del país.

En otras palabras: el narcorégimen no puede escudarse en la bandera de la soberanía. Ya hay organismos internacionales que han documentado crímenes de lesa humanidad y que señalan al Estado como responsable. Esa es la verdad incómoda. La primera responsabilidad recae en los usurpadores del poder. Lo demás es propaganda.

Por eso, aunque algunos insistan en señalar barcos o culpar a otros, la conclusión es una sola: el verdadero atentado contra la vida no ocurrió en altamar. Ocurre cada día, a la sombra del Palacio de Miraflores, donde se comercia con cuerpos y se entrega la juventud como ofrenda a un negocio criminal. Ese es el crimen que no puede maquillarse ni ocultarse. Pero al final, la verdad regresa, porque el tiempo siempre desnuda al verdugo y devuelve a los pueblos la memoria de lo que nunca debió ocurrir.

Elizabeth Sánchez Vegas

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