Hay momentos en la política donde lo que más grita no son las arengas, sino los callares. Las cámaras, sin proponérselo, captura en los semblantes lo que la retórica no logra disimular. Y es allí, en gestos contenidos, miradas extraviadas, rostros que ya no saben de simulación, donde se revela la verdad más incómoda. El poder no se muestra fuerte, se sabe derrotado. Es la postrimería de una cúpula acorralada.
Hay escenas que parecen inofensivas, sin malicia, hasta que se observan con detenimiento y en detalle. Un encuadre, una afonía extensa, una voz ronca y quebrada, un semblante que intenta disimular lo inocultable, la derrota. Así se muestra la cáscara Bolivariana del Socialismo del Siglo XXI que se presentó como invencible. Sin convicción, sin entusiasmo, sin siquiera la cortesía de aparentar. Sus gestos son de incomodidad, de resignación, de un liderazgo que dejó de liderar y ahora solo aguarda instrucciones.
El miedo institucional se percibe sin necesidad de alocuciones. Está en las miradas vacías, labios apretados, ceño fruncido y tiesura de cuerpos petrificados por la congoja. Es el lenguaje corporal de quienes saben que algo se avecina y no tienen cómo impedirlo. Lo que transmiten no es poder, sino una actitud defensiva y muda, como los atrincherados conscientes de que la batalla está perdida antes de comenzar.
La fractura interna es aún más elocuente. Cada quien mira a un lugar distinto, como si el simple hecho de cruzar las miradas pudiera comprometerlos. Están juntos, pero no unidos; próximos, pero aislados en sus propios cálculos de supervivencia. Lo que fue cohesión ahora es un archipiélago. Cada isla de poder flotando en un mar de incertidumbre.
Las recientes imágenes de tristeza, ya no exhiben firmeza ni narrativa clara, sino vacío. Acabose la ilusión del monolito. Queda un grupete atrapado, irrelevante, sin relato, sin respaldo emocional, sin apoyo popular, sin horizonte, bendecidos por indignos de sotana. En política, incluso la capacidad de fingir entusiasmo es un signo de fortaleza. Y cuando ni eso se sostiene, el poder empieza a mostrar su desnudez.
Donde la historia se escribe entre sol ardiente, palmeras exhaustas y montañas que lo han visto todo, se repite el mismo libreto. Tierra que se convirtió en un teatro burlesco, cuyos actores se desmoronan ante el pueblo. La escenografía sigue siendo majestuosa, pero los protagonistas, cansados y desencajados, ya no convencen. Sus gestos hablan de rendición.
Los poderosos de ayer, con su aire de eternidad, se delatan en cada movimiento. No proyectan autoridad, sino la certeza de que el fin se aproxima. El derrumbe no será estruendo épico, sino quebranto a paso de tortuga, un parsimonioso caimiento televisado en alta definición. La mueca tiesa de sus rostros será su verdadero epitafio. La capitulación anticipada de quienes juraron ser irreducibles.
La política tiene su propio instinto de justicia. Tarde o temprano desnuda a quienes abusaron de ella, violaron derechos humanos. Y cuando llega ese tiempo, no hay discursos que oculten la caída ni gestos que maquillen la entrega. Hoy las señales son claras, los aparentes invencibles han perdido la fe en sí mismos. El futuro no les pertenece. El verdadero poder ya cambió de manos, y lo que viene no es el eco de un final, sino el preludio de un comienzo inevitable.
Guillermo De La Vega


