El presidente Gustavo Petro reaccionó con ironía a la decisión de Estados Unidos de revocarle la visa, luego de que en Nueva York llamara a soldados estadounidenses a desobedecer órdenes del presidente Donald Trump, una declaración que el Departamento de Estado calificó como “imprudente e incendiaria”.
A su llegada a Bogotá, el mandatario colombiano afirmó: “Ya no tengo visa para viajar a EE. UU. No me importa. No necesito visa sino ESTA, porque no solo soy ciudadano colombiano sino europeo, y en realidad me considero una persona libre en el mundo”. Incluso redujo la situación a un comentario jocoso: “No volveré a ver el Pato Donald, por ahora, eso es todo”.
La reacción del jefe de Estado ha sido catalogada por analistas y observadores diplomáticos como irresponsable, pues minimiza un hecho de gran trascendencia en la política exterior de Colombia y supone un deterioro sin precedentes en la relación bilateral con el principal socio del país.
Expertos advierten que la respuesta de Petro desconoce las implicaciones históricas de la medida —la primera de este tipo desde 1996, cuando Washington retiró la visa al entonces presidente Ernesto Samper— y traslada un asunto diplomático a la confrontación política interna, al señalar a opositores como Sergio Fajardo y acusar a sectores de la sociedad colombiana de apoyar “genocidios”.
Para los críticos, el uso de expresiones sarcásticas en lugar de un pronunciamiento institucional proyecta la imagen de un presidente más interesado en la confrontación personal con Donald Trump que en resguardar los intereses estratégicos del país.
La decisión de la Casa Blanca, sumada a la reacción del mandatario, abre un nuevo capítulo de tensión en las relaciones entre Colombia y Estados Unidos, que hasta ahora habían mantenido una alianza histórica en materia de cooperación militar, comercial y antidrogas.
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