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Desmontando mentiras sobre una Venezuela que quiere libertad

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Durante más de dos décadas, el chavismo transformó al Estado en una estructura criminal: narcotráfico, represión, propaganda y saqueo. Lo más grave no es solo la tiranía, sino quienes la blanquean: periodistas, analistas y académicos que disfrazan el crimen de “complejidad política”.

Por: Walter Molina Galdi – La Gran Aldea

El fracaso de los intérpretes

Pocas tragedias contemporáneas han sido tan analizadas y, al mismo tiempo, tan mal comprendidas como la venezolana. Desde hace años, una porción considerable de escritores, analistas y periodistas internacionales ha insistido en describir el fenómeno chavista con categorías insuficientes o directamente erróneas. Sus textos, cuando no son propaganda, son síntoma de una pereza intelectual que confunde complejidad con indulgencia y convierte la barbarie en “modelo político alternativo”.

Hay un grupo no menor de escritores, analistas y periodistas internacionales que escriben sobre Venezuela con errores garrafales que, a estas alturas, ya no pueden justificarse apelando —como solía hacerse— a la complejidad que implica comprender lo ocurrido en el país durante las últimas tres décadas. El origen de esos errores no es siempre el mismo. Algunos escriben con una profunda pereza intelectual e intentan —sin éxito— analizar al chavismo como si se tratara de una dictadura convencional o, peor aún, de una autocracia en desarrollo. Otros, para poder entrar al país con la bendición del régimen, terminan suavizando y edulcorando la barbarie, mientras omiten deliberadamente un sinfín de hechos que han ocurrido y siguen ocurriendo. Y están, desde luego, los que cobran por mentir: los propagandistas internacionales —algunos viviendo en Venezuela— e incluso venezolanos con acceso a medios importantes, que venden al mundo la versión del régimen. Son fáciles de reconocer: sus textos no son fruto de la ignorancia, sino parte orgánica de la narrativa chavista. A veces disfrazada de academicismo; otras, simple copia y pega. Nos toca a nosotros, constantemente, explicar. Hay que hacerlo siempre. Aún más ahora, cuando el chavismo ha intensificado su maquinaria propagandística a nivel internacional. Ellos tienen millones de dólares provenientes de la corrupción y el narcotráfico, pero nosotros tenemos la verdad. Es un reto; es agotador, pero es parte de esta lucha.

La excusa habitual —“Venezuela es difícil de entender”— ha perdido toda validez. Tras más de un cuarto de siglo de chavismo, no hay complejidad que justifique la ceguera ni neutralidad que excuse la omisión. Quienes siguen interpretando el régimen como una dictadura convencional ignoran el hecho central: el Estado venezolano fue deliberadamente convertido en una estructura criminal de poder, no en una autocracia en desarrollo, sino en una maquinaria híbrida de crimen transnacional, represión y control social. Hay que volver sobre todo lo que hemos hecho durante estos 26 años y también sobre las atrocidades cometidas por el chavismo. Explicar cómo destruyeron la democracia, las instituciones, la sociedad, la infraestructura, los servicios públicos, los hospitales y las escuelas. Hay que hablar de los montos de la corrupción —acudan siempre a Transparencia Venezuela—, porque hablamos de cientos de miles de millones de dólares robados y utilizados para el control social, la compra de medios, partidos, dirigentes y organismos internacionales.

El 28J y el colapso del mito “a la chilena”

El 28 de julio de 2024, Nicolás Maduro perdió las elecciones por cuarenta puntos de diferencia y, aun así, decidió desconocer la voluntad de casi todo el país, instaurando un terrorismo de Estado sin precedentes. Aquella tesis de “ganar por goleada para lograr un escenario a la chilena” quedó sepultada. Desde el 10 de enero de 2025, el régimen se transformó en una fuerza de ocupación que mantiene secuestrada a la nación y utiliza el territorio, junto con sus socios criminales, para cometer delitos transnacionales.

Esa realidad llevó a la administración de Donald Trump a cambiar su paradigma frente al narcotráfico y asumir como prioridad hemisférica el desmantelamiento del Cártel de los Soles. El despliegue es inédito: operaciones conjuntas, sanciones específicas y presencia naval en el Caribe, incluso con un portaaviones en curso. Aun así, la narcotiranía chavista se mantiene ilegal e ilegítimamente en el poder, torturando a más de mil inocentes secuestrados en sus campos de concentración, desapareciendo a opositores, traficando drogas, oro y personas, y reprimiendo a toda disidencia.

Lo ocurrido demuestra que las hipótesis de “vías suaves” para “hacer entrar en razón” al chavismo fueron y son falsas. El 28J cerró definitivamente ese capítulo. Solo la presión absoluta, interna y externa, podrá derrumbar el muro. Por eso quien lidera hoy el proceso político y moral en Venezuela es María Corina Machado, porque su fundamento político ha sido, desde el inicio, el cambio mediante la firmeza.

Hemos protestado, gritado, denunciado, votado, defendido el voto y demostrado la victoria. Hemos hecho mucho. Y no hemos logrado la libertad, porque el chavismo no es un adversario político: es una organización criminal que debe ser derrotada desde adentro, pero también desde afuera.

La distorsión como política exterior del régimen

En su ensayo It’s Maduro Who Dragged Venezuela and the Region to This Critical Juncture, Juan Carlos Gabaldón observa que muchos analistas internacionales siguen interpretando la crisis venezolana desde la política interna estadounidense, desplazando la atención del crimen a la reacción. El resultado es perverso: se acusa a la respuesta internacional de militarizar el Caribe, cuando la militarización comenzó en Caracas, en las calles, en las cárceles y en las minas del sur.

Lea la nota completa siguiendo este enlace a La Gran Aldea

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