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La venganza de los indios

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Con ocasión de la guerra contra México y la anexión de Texas, el congresista demócrata John L. O’Sullivan acuñó la doctrina del Manifest Destiny, indiscutible en su patria durante décadas, según la cual los estadounidenses estaban destinados por la voluntad de Dios y por su superioridad a imponerse a los demás pueblos que habitaban América. A los pieles rojas locales y los mexicanos, por lo tanto, no les quedaba más remedio que retroceder ante el empuje demográfico y militar de los anglosajones.

Por: Jesús Laínz – La Gaceta de la Iberofera

Entre miles de ejemplos posibles, he aquí uno que demuestra que no se anduvieron con remilgos: The Daily Republican de Minnesota anunciaba el 24 de septiembre de 1863 que «la recompensa del Estado por indios muertos ha aumentado hasta 200 dólares por cada piel roja enviado al purgatorio. Esta suma es superior a lo que valen los cadáveres de todos los indios al este del Río Rojo».

Karl Marx se preguntó sobre la conquista de California: «¿Puede alguien decir que fue una mala cosa que se les quitara California a los perezosos mejicanos, que no hubieran sabido qué hacer con ella?». Incluso se llegó a pronosticar para mediados del siglo XX una América totalmente blanca y anglohablante tras haber barrido a unos pueblos hispanoamericanos desaparecidos por su propia incapacidad.

Siglo y medio después, ha provocado sorpresa que un indio, Zohran Mamdami, haya sido elegido alcalde nueva York, pero esta vez no un indio nativo americano, sino un indio de la India. Este musulmán, nacido en Uganda de padres indios, nacionalizado estadounidense en 2018 y activo militante socialista, ha sido el candidato apoyado por el ala izquierdista del Partido Demócrata.

¿Cómo ha sido posible, se preguntan algunos, que haya triunfado un socialista musulmán en la ciudad sagrada del capitalismo mundial que hace veinticuatro años bañara en sangre su correligionario Bin Laden? Pues muy sencillo: el progresismo tanto americano como europeo ve el islam como aliado revolucionario contra el heteropatriarcado cristiano occidental. Por eso le han votado muchas más mujeres, sobre todo jóvenes, que hombres. Las que reivindicaban el derecho a enseñar las tetas en la playa en nombre del progreso, ahora ven progresista que las mujeres musulmanas se tapen sus pecadoras carnes por mandato de Alá.

A eso hay que añadir el dato esencial de que ha perdido entre los nacidos en la ciudad y ganado entre los inmigrantes recién llegados. Bien claro lo dejó cuando, en su discurso triunfal, agradeció su apoyo a los «bodegueros yemeníes, abuelas mexicanas, taxistas senegaleses, enfermeras uzbecas, cocineros trinitenses y tías etíopes». Y subrayó que Nueva York es una ciudad de inmigrantes gobernada por inmigrantes, hecho indiscutible desde que holandeses e ingleses desplazaron en el siglo XVII a los indios lenapes.

Pero que nadie tema que Mamdami vaya a instalar en la Gran Manzana un pintoresco experimento comunista. La plataforma izquierdista que le ha encumbrado a la alcaldía ha recibido apoyo y riadas de dinero de Soros junior y muchos otros megamillonarios de todo pelaje, color y religión a quienes lo único que les interesa es el avance del globalismo. El indio neoestadounidense es simplemente el rostro atractivo del desarraigo y el odio a Occidente que tanto gusta a tantos millones de occidentales. Por eso apostaron por él.

Endofobia se llama, y no se da sólo en los USA. En Europa somos especialistas en odiar lo europeo pasado y presente y desear un futuro lo menos europeo posible. Y los maestros indiscutibles somos los españoles, insuperables en el odio a nosotros mismos. En Hispanoamérica se llama indigenismo y en España se llama separatismo, y tanto éste como aquél cuentan desde hace muchas décadas con el apoyo entusiasta de la inmensa mayoría del progresismo. El día en que se presente candidato a la Moncloa un inmigrante ilegal debidamente nacionalizado por la política de puertas abiertas de los gobiernos españoles y la Unión Europa, da igual que sea un hispanoamericano resentido contra Hernán Cortés o un africano musulmán que no sepa ni ubicar España en un mapa, conseguirá millones de votos de una izquierda encantada de acabar con esa España que tanta alergia le provoca.

Y los que intenten resistirse no podrán hacer nada porque no sumarán los votos necesarios. Como demostraron los pieles rojas arrinconados en sus reservas y están demostrando ahora los euroamericanos arrinconados por los recién llegados, los europeos demostraremos en breve que el destino es implacable con los pueblos débiles y escasos.

Ya lo dijo aquella vieja cuarteta:

«Vinieron los sarracenos

y nos molieron a palos, 

que Dios ayuda a los malos

cuando son más que los buenos».

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