En política, las sociedades no siempre cambian de idea: a veces cambian de conversación. Eso es exactamente lo que ocurrió en Venezuela. Durante un cuarto de siglo, el chavismo-madurismo logró imponer un marco narrativo en el que la polarización era método, la resignación era cultura y el miedo era política pública. Pero en noviembre de 2025, ese país dejó de hablar en voz baja. Y lo que dice ahora no deja espacio para matices: nueve de cada diez venezolanos rechazan al régimen, a sus líderes y al mundo que construyeron.
Antonio de la Cruz
La última encuesta nacional lo confirma con una claridad casi brutal. En democracia, 90% nunca piensa igual sobre nada. En dictadura, solo ocurre cuando la población deja de temer. Y cuando eso sucede, la ventana de lo políticamente posible se desplaza como una compuerta liberada.
Lo que cambió no fue solo la opinión pública: cambió la arquitectura moral de la nación.
De la obediencia al descrédito: el derrumbe del relato chavista
Durante años, muchos venezolanos dudaban en decir lo que sabían. El régimen era percibido como corrupto, abusivo y violento, pero decirlo podía costar empleo, libertad o vida. En 2025, esa muralla psicológica ha caído.
Un dato lo sintetiza todo: 90,89% del país afirma que el régimen de Nicolás Maduro es una organización narcoterrorista. No un gobierno autoritario, ni un desvío del socialismo; un cártel político-militar que se apoderó del Estado.
Esto no es un giro ideológico: es un veredicto. Cuando una sociedad coloca a su élite dirigente fuera de la categoría de “adversarios” y dentro de la categoría de “delincuentes”, la política deja de ser negociación posible y se convierte en administración de un final inevitable.
El chavismo-madurismo perdió el derecho de ser discutido.
Estados Unidos vuelve al vecindario y Venezuela abre la puerta
La encuesta revela otro quiebre histórico: 89,09% apoya las acciones de Estados Unidos y del presidente 47, Donald Trump, con relación a Venezuela. En cualquier otro país latinoamericano, este sería un dato escandaloso. En Venezuela, es terapéutico.
La intervención externa, antes considerada un tabú, pasó de ser un planteamiento marginal a convertirse en una opción discutida abiertamente. La mitad de la población respalda la extracción directa de Maduro y su círculo de poder, y una quinta parte avala incluso bombardeos focalizados.
Para entender lo que esto significa, conviene recordar que la política exterior latinoamericana tradicionalmente se ha definido por una combinación de orgullo soberano y antiimperialismo ritual. Pero ese credo muere donde nace el hambre. En países donde el Estado deja de proteger, la legitimidad se traslada a quien puede hacerlo.
En Venezuela, el vacío lo ocupa Washington.
El fin del miedo: los venezolanos ya no creen en la guerra civil
En las transiciones latinoamericanas —de Pinochet a Patricio Aylwin Azócar, de los militares brasileños a Fernando Cardoso— el fantasma de la violencia siempre fue un obstáculo, una excusa y, a veces, una profecía. En Venezuela, ese fantasma se esfumó: 93,69% cree que no habrá una guerra civil si el cabellomadurismo cae.
Esto es extraordinario.
Los ciudadanos no solo no temen el colapso: lo anticipan como un carnaval cívico. 89,36% dice que el día después será una fiesta nacional. Un país que espera celebrar no es un país que teme; es un país que decidió avanzar.
El miedo ya no disciplina. El régimen perdió su último instrumento.
La restitución moral: Edmundo González y María Corina Machado
Las transiciones se miden tanto en legitimidad institucional como en legitimidad simbólica. Y las urnas del 28 de julio de 2024 —a pesar de haber sido negadas por el narcorrégimen— dejaron una onda expansiva que no se disipó.
Hoy, 90,08% reconoce a Edmundo González como presidente legítimo del país. Y 84,49% celebra el Premio Nobel de la Paz otorgado a María Corina Machado.
La dinámica es clara: Venezuela redefinió la frontera entre lo aceptable y lo repudiable. El cabellomadurismo quedó fuera; la oposición democrática quedó dentro. El marco de lo políticamente posible se movió por completo: la compuerta se cerró sobre el régimen y se abrió para sus adversarios. En una nación que tenía dos relatos compitiendo por la verdad, solo uno sobrevivió.
La transición como única política posible
El dato más contundente no es político; es emocional. 81,97% siente esperanza por las noticias recientes sobre el país. La esperanza es más que un sentimiento: es una orden social. Indica que la transición no es una opción; es una expectativa.
Y en política, lo esperado se vuelve inevitable.
El país ya no debate si el chavismo-madurismo caerá, sino cómo, cuándo y bajo qué términos será sustituido. Y lo hace con una claridad que evoca los momentos decisivos de las transiciones ibéricas y del Cono Sur en los años setenta: el consenso es tan amplio que la negociación dejó de definir la salida y pasó a limitarse a los detalles.
Un país que decidió moverse
En su narrativa sobre el colapso del Imperio Romano, el historiador Edward Gibbon escribió que las civilizaciones no mueren por suicidio, sino por asesinato. En Venezuela, el asesinato no fue un acto puntual sino una erosión lenta, química, devastadora.
Pero lo decisivo no fue el deterioro institucional: fue el despertar colectivo.
La encuesta de noviembre de 2025 demuestra que Venezuela no está esperando el cambio; lo está exigiendo. El marco de lo políticamente posible no se desplazó poco a poco: se vino abajo sobre el régimen y abrió un pasillo amplio, luminoso y urgente hacia la transición.
En un país donde nueve de cada diez ciudadanos piensan lo mismo, la política deja de ser aritmética y se convierte en geología: la placa tectónica de la opinión pública está empujando hacia un nuevo orden.
La pregunta ya no es si el cabellomadurismo caerá. La pregunta es cuál será la forma institucional, internacional y moral que adoptará lo que venga después.
Y esa respuesta —como siempre en América Latina— dependerá de la capacidad de sus líderes para convertir una victoria social en una arquitectura de Estado.
Lo que es seguro es esto: la historia venezolana ya cerró un capítulo. Y lo que viene, guste o no, será una refundación.



