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El conflicto Trump-Maduro estalla: las palabras quedaron atrás

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Por Antonio de la Cruz

Cuando los Estados Unidos enviaron el portaaviones más grande del mundo —el USS Gerald R. Ford— al Caribe, no estaban inaugurando una nueva crisis. Estaban reconociendo una vieja: la sensación de que Venezuela ya no es un país en colapso, sino un vacío estratégico que potencias rivales han ocupado mientras Washington miraba hacia otra parte. El gobierno del presidente estadounidense, Donald Trump, lo dejó claro al advertir recientemente que el espacio aéreo venezolano debe considerarse “cerrado”. Caracas respondió como siempre lo hace cuando se siente arrinconada: denunciando “pretensiones coloniales”.

La diplomacia del siglo XXI ya no necesita cañones, pero Trump los envió igual.

La pregunta no es qué significa un portaaviones en aguas tropicales. La pregunta es por qué está ahí. Y, más aún, por qué Caracas reaccionó exactamente como Washington esperaba.

Porque, aunque parezca un episodio más del interminable drama bolivariano, lo que ocurre hoy en el Caribe no es una sobreactuación militar. Es el choque inevitable entre dos actores atrapados en lógicas estratégicas incompatibles. Y si uno observa con cuidado —con las lentes de la psicología política, la teoría de juegos y la semiótica del poder—, el desenlace aparece menos incierto de lo que parece.

Este es un conflicto donde uno juega ajedrez y el otro juega ruleta rusa.

La sicología del riesgo: Caracas actúa desde el miedo, Washington desde el cálculo

Desde que el Departamento de Estado catalogó al Cartel de los Soles como organización terrorista extranjera (FTO), el narcorrégimen de Maduro quedó atrapado en un dominio psicológico de pérdidas. En ese espacio mental, todo actor político se comporta como un sobreviviente: arriesga más, reacciona más, pierde más.

La advertencia de la FAA sobre el espacio aéreo venezolano —sin detalles públicos, pero con sobrentendidos militares— golpeó precisamente allí. Caracas respondió no con diplomacia, sino con gritos de resistencia: “hostil, unilateral, arbitrario”. Es la reacción clásica de quien siente que el terreno se hunde bajo sus pies.

En cambio, Washington actúa desde un lugar muy distinto: el riesgo calculado. El despliegue militar no llegó de golpe, sino por oleadas:

  • primero un submarino,
  • luego un buque adicional,
  • después miles de tropas,
  • y finalmente el Gerald R. Ford a distancia de ataque.

No es improvisación: es secuenciación.

Caracas reacciona; Washington escalona. Caracas niega; Washington condiciona. Caracas denuncia; Washington amenaza y abre la puerta al mismo tiempo.

Esa asimetría no es accidental: es estructural.

El pasillo sin salida del narcorrégimen

El presidente Trump usa un lenguaje que parece simple, pero está cargado de estrategia: “Maduro puede escoger el camino fácil o el difícil.”

En términos de teoría de juegos secuenciales, Estados Unidos movió primero al violar el equilibrio previo enviando activos militares mayores. Caracas reaccionó de forma obligada —discurso duro, rechazo frontal— porque no puede mostrarse débil ante su propia base ni ante sus padrinos en Moscú o Teherán.

Pero ese movimiento reactivo ata sus manos para la siguiente fase.

En este escenario, Maduro tiene tres opciones posibles:

  1. Escalar militarmente (imposible sin suicidio político)
  2. Negociar (admitiendo debilidad interna)
  3. Ganar tiempo (que solo devuelve al nodo inicial, pero en peor posición)

La retroinducción —el método de leer el juego desde el final hacia el inicio— revela algo incómodo:

Todas las rutas llevan al mismo desenlace: pérdida de poder para el régimen.
Lo único que cambia es el costo.

No es que Washington haya encerrado a Maduro. Es Maduro quien se dejó rodear siguiendo el guion de su propia narrativa.

La estructura profunda del conflicto: quién define la realidad

La semiótica ayuda a entender lo que la política oculta bajo discursos.

Este no es un conflicto entre dos países.

Este es un conflicto entre dos cuadrantes de significado:

  • Control vs. Descontrol
  • Legitimidad vs. Ilegitimidad

Estados Unidos reclama el control de la seguridad hemisférica y la legitimidad del orden internacional. Venezuela intenta sostener un relato de soberanía, pero lo hace desde una posición semántica debilitada: un país que niega elecciones, alberga redes de tráfico ilícito y depende militarmente de potencias externas ya no define su propia historia. La narrativa de Caracas ya no organiza el mundo: solo reacciona ante él.

Por eso la acusación de “colonialismo” suena hueca. No porque el Caribe no tenga memoria de imperios, sino porque el narcorrégimen de Maduro no tiene cómo sostener el rol del antiimperio cuando sus aliados son precisamente potencias extrarregionales.

En el cuadrado semiologico, Venezuela quedó atrapada en el polo del colapso ilegítimo. Y Washington se autoasignó el polo del control legítimo.

La gramática del conflicto ya está escrita.

La conclusión que nadie quiere decir en voz alta

En la superficie, Venezuela y Estados Unidos discuten por declaraciones, advertencias aéreas y movimientos de flotas. Pero en el fondo, el conflicto es más simple y decisivo:

Maduro actúa para no perder lo que ya perdió.
Trump opera para recuperar lo que Estados Unidos dejó escapar.

Ambos avanzan hacia un punto de choque, pero solo uno define el ritmo. Y en este juego secuencial, cuando un actor controla las fases y el otro solo reacciona, el desenlace rara vez es simétrico.

El Caribe, una vez más, es el tablero donde se mide el pulso del poder global. No porque Washington quiera demostrar fuerza, sino porque durante demasiado tiempo permitió que otros la ocuparan en su lugar.

Y en política internacional, los vacíos no se discuten: se llenan.

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