La Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos acaba de declarar a Europa como un aliado poco fiable. La causa la ha explicado muy bien Donald Trump y es el mismo argumento que ya expuso su vicepresidente, J.D. Vance, ante las caras de los propios mandatarios europeos: las principales naciones de nuestro continente (Francia, Reino Unido, Alemania) se han embarcado en un proceso de sustitución poblacional que significa también una profunda modificación desde el punto de vista civilizacional. Por decirlo de modo mucho más claro: no hay certidumbre de que, de aquí a veinte años, una Francia o una Inglaterra con una proporción de población musulmana superior al 30 o al 40 por ciento vaya a sentirse solidaria con la defensa de una cosa que aún se llama «Occidente» y que los mencionados sectores de población desprecian e incluso odian. En esas condiciones, es obligado decir que Washington tiene razón: Europa es un socio poco fiable.
Por: José Javier Esparza – La Gaceta de la Iberosfera
La reacción en la cúpula del poder europeo ha sido, como es habitual, hostil, jactanciosa y petulante. Ha hablado Antonio Costa, que es el presidente del Consejo Europeo, o sea, la asamblea de los veintisiete jefes de Estado y de Gobierno de la UE. Y ha dicho así: «Estados Unidos ya no cree en el multilateralismo, en el orden internacional basado en normas ni en el cambio climático. Tenemos diferencias en nuestra visión del mundo. Ciertamente, esta estrategia sigue hablando de Europa como un aliado. Eso es positivo. Pero (…) los aliados no amenazan con interferir en la vida democrática o en las decisiones políticas internas de esos aliados». Bajo su aparente inanidad, en la parrafada de Costa hay auténticas perlas. En la jerga del poder, «multilateralismo» y «orden internacional basado en reglas» son palabras fetiche para designar la imposición del orden globalista. La última fórmula, por cierto, es cosecha de John Inckeberry, en quien Alexandre del Valle ve uno de los más conspicuos ideólogos del globalismo como expresión de la hegemonía mundial anglosajona. Y eso, efectivamente, con Trump ha dejado de ser doctrina de Estado en los EEUU. En otro orden de cosas, es casi conmovedor que a estas alturas siga habiendo alguien que invoca el «cambio climático» como fe, según hace Costa. Pero, sobre todo, pasma el cuajo del portugués (porque es portugués) a la hora de hablar de «vida democrática». ¿Democracia? ¿A qué pueblo europeo se le ha permitido votar las políticas de inmigración, por ejemplo? Todd tiene razón: Europa ya no es una democracia liberal, es una oligarquía liberal.
En todo caso, digan lo que digan nuestros euroligarcas, la realidad se impone simplemente por los hechos. En el mismo momento en que el mundo conocía la Estrategia de Seguridad norteamericana, el alcalde de Londres, el musulmán de origen pakistaní Sadiq Khan, protagonizaba un incomodísimo episodio al verse en la tesitura de tener que cantar «ha nacido un rey, el niño Dios» en una celebración navideña popular. Subrayo: popular. Hace sólo treinta años, nadie habría dudado de que el pueblo inglés era cristiano. Hoy, ya no. Hoy ese pueblo ha cambiado. Y ha cambiado precisamente porque los políticos europeos llevan más de un cuarto de siglo desmantelando la identidad social y cultural de nuestras naciones. ¿De verdad se extrañan de que Washington, hoy, desconfíe de ellos como aliados militares? En una guerra se mata y se muere para defender lo que uno es y a los que son como uno. Las dos únicas naciones con poder nuclear son Gran Bretaña y Francia. Ambas poseen numerosísimas minorías musulmanas abiertamente hostiles a la identidad cultural europea. ¿En qué manos pueden caer mañana esas armas? Si usted fuera Trump, también desconfiaría.
Una nota final: en los últimos meses viene hablándose mucho en los círculos mejor informados de un espeluznante análisis de David Betz, profesor de Guerra en el Mundo Moderno en el Departamento de Estudios Bélicos del King’s College de Londres. Betz dice que la principal amenaza para la seguridad de las naciones occidentales, hoy, no es externa, sino interna: una guerra civil. ¿Por qué? Porque estamos viviendo «una combinación de sociedades culturalmente fracturadas, estancamiento económico, extralimitación de las élites y un colapso de la confianza pública en la capacidad de la política convencional para resolver problemas». (David Betz, “Civil War Comes to the West”, Military Strategy, vol. 9, n.º 1, 2024). Ojo porque, en lo que parece una invitación a las elites para que se lancen a una represión desatada, Betz añade “la comprensión por parte de grupos anti statu quo de estrategias plausibles de ataque basadas en la disrupción de sistemas de infraestructuras críticas vulnerables”. Es decir, que el problema no serían esas elites sin límites que nos han llevado a la fractura cultural, el estancamiento económico y la ruina política, sino los que protestan contra todo eso. ¿Tal vez así se entiende mejor ese súbito interés de nuestros gobiernos por aumentar los presupuestos de guerra? ¿Están pensando en una guerra civil?
Sí, nos llevan a la guerra. Y no será contra Rusia, sino contra nuestros propios pueblos. Sacar a esa gente del poder empieza a ser cuestión de supervivencia… continental.


