Gustavo Petro con un lenguaje que recuerda al fallecido Hugo Chávez ha avistado los «vientos de la muerte» que soplan desde el norte y desde el sur, en clara referencia a Donald Trump, a la motosierra de Javier Milei y a la muy reciente victoria de José Antonio Kast. Petro debería poner su atención en Colombia porque en medio año le tocará entregar el poder. El discurso de la izquierda advierte en líneas generales, de Madrid a Bogotá, de Santiago a Caracas, del peligro que se acerca sin detenerse a examinar cuánto han empujado a la gente hacia la acera contraria a la que ellos ocupan.

En Miraflores también estaría gobernando la derecha o centroderecha si no se hubiera producido el fraude electoral del 28J. La ola rosa, o más roja en algunas latitudes, llega a su fin con la sucesión de derrotas en Argentina, Ecuador, Bolivia, también en Honduras. En Chile, el arribo de Gabriel Boric al poder tuvo un epicentro distinto, el estallido social de 2019, que por su fuerza y magnitud -a punto estuvo de tumbar al gobierno de Sebastián Piñera- intentó también un proyecto refundacional que fracasó muy pronto, el 4 de septiembre de 2022, cuando los chilenos fueron a votar el proyecto de constitución presentado, que fue rechazado en un porcentaje muy parecido al que el domingo le dio la victoria a Kast: 62/38 en el primer caso, 59/41 en la elección de la segunda vuelta presidencial.

¿Será solo culpa de los ciudadanos que se elijan mandatarios que rápidamente son etiquetados como extrema derecha? Trump se impuso en Estados Unidos con menos votos de los que obtuvo en la derrota de 2020 -que él niega- contra Joe Biden, ¿habrá sido entonces responsabilidad de la debacle demócrata? ¿Qué le está pasando a los gobiernos de izquierda en el mundo que, contrario a lo que dicen proponerse, alimentan el caudal de adhesiones a sus contrarios? Está sucediendo también en España, donde Pedro Sánchez y el Psoe pierden simpatías mientras suben el Partido Popular y Vox, el coco que el líder socialista menciona a cada paso para justificar su negativa a convocar elecciones, rodeado de escándalos de corrupción y sin tener mayoría parlamentaria para aprobar desde hace tres años la Ley de presupuesto.
Lo deseable sería que América Latina, que se ha ido quedando a la cola en lo que va de este siglo, eligiera gobiernos responsables, con los pies en la tierra, con capacidad y habilidad para crear consensos que permitan reformar en sucesivos procesos lo que que haya que reformar, en concreto una orientación económica que favorezca la inversión, promocione al sector privado, que cree trabajo y riqueza; que se respete la separación de poderes, que se combata la corrupción y se rescate la educación, deficiente de arriba a abajo en la región, con muy contadas excepciones
Los gobiernos de derecha tienen ahora el timón. Kast, que asumirá en marzo, promete gobernar con todos. Nadie dice lo contrario cuando gana. Hasta Chávez lo prometió en sus primeritos discursos. No vivimos buenos tiempos para el consenso y el diálogo, y así nos va: la pobreza sigue en lugar prioritario de las urgencias, la inestabilidad política es un patrón recurrente, persisten tres tiranías inamovibles en la región, y surgen líderes, a cada tanto, que desprecian el comportamiento democrático. Pero hay naciones y gobiernos que actúan de otra manera y avanzan. Sin aspavientos, pasito a pasito. No estaría mal imitarlos. Basta con una buena dosis de sensatez.


