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La geometría del renacer: Cuando el alma descubre que es de acero y de luz, por @jgerbasi

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A estas alturas de diciembre de 2025, estoy convencido de que en el departamento de «Asignación de Batallas Celestiales» hubo un error de sistema; una cosa es ser un guerrero y otra muy distinta es que Dios me confunda con un multiverso completo de superpoderes. Me puso la resistencia de Superman y la terquedad de John McClane en Duro de Matar, pero también me obligó a sacar la armadura tecnológica de Iron Man para resolver lo imposible, la fuerza bruta de Hulk para no quebrarme y la agilidad mental de Spider-Man para esquivar los golpes de un año que no dio tregua. Me han dado tanta «fuerza» que ya no sé si soy un autor o un integrante de los Avengers en medio del Endgame, pero al final del día, solo puedo mirar al cielo y sonreír, porque si Él me dio esta carga es porque sabía que, aunque yo dudara, mis hombros aguantarían el peso de toda una saga.

En medio de este entrenamiento intensivo, me dio por mudarme de dimensión y aparecer en una reunión donde estaban los filósofos más grandes de la historia. Me senté a la mesa con Sócrates, quien me recordaba que este año solo me enseñó que «no sabía nada» y que ahí radicaba mi nueva sabiduría; Platón me hablaba de salir de la cueva de mis miedos, mientras Aristóteles me instaba a buscar el equilibrio en medio de la tormenta. Marco Aurelio, con su calma estoica, presidía la mesa rodeado de Séneca y Epicteto, quienes asentían cuando el emperador me soltó que lo más extraño de la vida es que a veces necesitamos ser despojados de todo, hasta del orgullo y de las ilusiones materiales, para descubrir nuestra verdadera esencia. Me hicieron entender que tocar fondo no es el fin, sino la base sólida, el bloque de mármol puro sobre el cual se forja una voluntad inquebrantable que ya no depende de lo externo para ser feliz.

En un rincón de esa reunión, el gran maestro Viktor Frankl me tomó del hombro para profundizar en la lección más vital: me explicó que el sufrimiento no es un vacío, sino un espacio donde el ser humano debe decidir quién quiere ser. Frankl me enseñó que no podemos elegir lo que nos sucede, pero somos los dueños absolutos de la respuesta que damos ante el dolor; que aquel que encuentra un «para qué» vivir, es capaz de soportar casi cualquier «cómo». Su enseñanza me caló hondo: este 2025 no fue un muro, fue un puente hacia un propósito superior que solo se alcanza cuando comprendes que tu libertad interior es lo único que nadie te puede arrebatar. Justo entonces, el viejo profesor de setenta años interrumpió el debate con su reloj de arena, siendo más explícito que nunca. Nos hizo mirar cómo cada grano que cae representa un segundo que muere y que jamás volverá; nos explicó que el cristal de arriba se vacía a una velocidad aterradora mientras nosotros perdemos el tiempo en orgullos absurdos, postergando el perdón a los padres o ese abrazo pendiente a los hijos. El reloj nos grita que la vida no es lo que pasará mañana, sino el rastro de arena que estamos dejando hoy, y que reconciliarnos con nuestra raíz es la única forma de que, cuando caiga el último grano, nuestro reloj no haya estado lleno de vacío, sino de amor entregado.

Al final, toda esta sabiduría humana y heroica se rinde ante la mayor de las verdades: Dios es quien le da sentido a cada pieza de este rompecabezas. Sin Su mano guiando mi «fuerza de superhéroe», este año solo habría sido ruido; pero no estuve solo. Siento el manto de la Virgen María protegiéndome en cada caída y el respaldo de mi incansable ejército de Santos: la intercesión de San Judas Tadeo en lo imposible, la disciplina espiritual del Padre Pío, la guía visionaria de Juan Pablo II, la generosidad de San Nicolás de Bari y la humildad transformadora de San Francisco de Asís, el  misericordioso josé Greorio Hernandez. Y al frente de todos ellos, mi protector mayor, el Arcángel San Miguel, quien con su espada desenvainada me recordó en cada batalla el grito que pone todo en su lugar: «Quis ut Deus?» (¿Quién como Dios?). Esa certeza de que nada es superior al Creador fue mi escudo definitivo. Cierro este ciclo con el corazón lleno, agradeciendo a mis lectores por su paciencia infinita y a los portales que me dieron voz. Espero seguir contando con ustedes en el 2026. Muchas bendiciones para todos, y nunca olviden que si el fuego quema, es porque nos está preparando para resurgir de las cenizas como el Ave Fénix, brillando con una luz que solo conocen aquellos que se atrevieron a renacer.

Vamos por más…

José Ignacio Gerbasi @jgerbasi

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