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Editorial @morfemapress: Lo que espera Venezuela en 2026

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Estas líneas se escriben del exilio que no distingue geografías, el destierro venezolano hace tiempo dejó de ser una cuestión de fronteras para convertirse en un estado del alma. A veces, la distancia se mide en kilómetros, otras, en la soledad de una habitación, donde la ausencia de quienes partieron pesa más que cualquier océano. Hay noches de silencio que recordamos, como plegaria laica, por qué seguimos creyendo. La esperanza, en medio de la devastación, no es ingenuidad; es la forma más pura de resistencia.

Se respira hondo, cargando el peso de años que se han incrustado en el pecho como cicatrices de una guerra no declarada. Duele cada noticia que confirma la ruina, cada preso político, cada despedida que se siente definitiva, cada familia fracturada por la necesidad de sobrevivir. Lástima observar a los viejos envejecer en soledad, esperando una llamada para conocer a sus nietos. Duele ver a una generación crecer sin saber a qué sabe un golfeado, no conocer el azul de nuestras playas, sin entender por qué la voz se quiebra cuando se pronuncia la palabra «país».

Pero con la certeza de quien ha visto el fondo del abismo y ha decidido no quedarse allí; este dolor no es el final de la historia. Y si lo fuera, que venga otra dolencia, porque la rendición no está en nuestro código genético.

El 2026 será la reconstrucción del alma nacional, se vislumbra con una claridad que asusta por su realismo. No como utopía inalcanzable, sino como tarea pendiente e impostergable. El respeto absoluto a los Derechos Humanos, una justicia sin dueños, despojada de caprichos, donde la ley no se inclina ante quien grita más fuerte ni ante quien se cree eterno. Se ven escuelas cuyo único objetivo sea enseñar a pensar, a cuestionar, a crear ciudadanos libres, y no a fabricar súbditos obedientes de una ideología. Visualizo una Contraloría independiente que controle de verdad, una Fiscalía que fiscalice sin mirar filiación o carnet, y un poder electoral higiénico, que cuenta votos con frialdad matemática, sin miedo ni favores, mostrando las actas porque en democracia la verdad no se esconde, se evidencia.

Percibo a todos regresando, cargados de lecciones aprendidas a la fuerza, no a reclamar lo perdido, sino a construir lo que no tuvimos. Una república de ciudadanos, una Venezuela vacunada contra el caudillismo, donde ningún «hombre fuerte» pueda volver a secuestrar el destino de millones. Una nación donde «nunca más» deje de ser una frase retórica para convertirse en el artículo primero, tácito e inviolable, de nuestra convivencia.

Sera diferente, el costo ha sido demasiado alto. Sabremos que la indiferencia es complicidad y la defensa de las instituciones no es tarea de políticos, sino deber de cada ciudadano. Serán de hierro, y la transparencia norma, la memoria el antídoto contra la amnesia histórica que nos hizo vulnerables a los encantadores de serpientes.

Venezuela será libre y democrática. No por arte de magia, sino por la terquedad maravillosa de la ciudadanía. Y cuando nos reencontremos en el terruño, la reconstruiremos ladrillo a ladrillo, con la paciencia del artesano y la pasión del que recupera su hogar.

¿Falta poco o mucho? La verdad, es imposible saberlo. Los tiempos de la historia no siempre coinciden con nuestras urgencias. ¿Duele? Muchísimo. ¿Vamos a lograrlo? Si, con el corazón y el alma, con lo que fuimos, somos y seremos.

Nos vemos pronto en Venezuela, tenemos una cita con la república, la promesa de un país posible, y el retorno a la decencia.

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