El fin de año tiene la virtud de convocar la memoria como quien enciende una lámpara en medio de la penumbra. No para quedarse atrapado en la nostalgia, sino para reconocer en el pasado las raíces que nos sostienen y nos dan fuerza para seguir andando. Recordar de dónde venimos no es una debilidad melancólica: es una fortaleza moral, una reserva espiritual que nos permite mirar el porvenir con esperanza.
En estas fechas regreso, casi sin darme cuenta, a las calles de mi pueblo natal, San Juan de los Morros. Me veo otra vez correteando por los pasillos de la escuela Vicente Peña, con la inocencia intacta y los sueños aún sin nombre. Me escucho pronunciando discursos improvisados en algún recodo del Liceo Juan Germán Roscio; mis primeras entrevistas en Radio Guárico, 1060 am, “La Voz del Llano Venezolano”, dirigida por Jesús Ghersi, sin saber que la palabra, esa herramienta poderosa, terminaría marcando mi destino.
Revuelo en las lecciones caseras, que iban desde tender la cama diariamente, tener listo mi uniforme y hacer mis tareas escolares, como señal de orden, disciplina y responsabilidad. Las enseñanzas de saber decir “buenas noches” o “muchas gracias”, hasta asimilar el significado del trabajo creador que te va moldeando en la vida, como el que cumplía los fines de semana en el mercado municipal de San Juan atendiendo un puesto de verduras, o el de promotor publicitario de Sastrería Santa Rosa.
Las remembranzas de las misas de aguinaldo en la plaza Bolívar, la emoción de escalar las colinas del San Juanote saboreando unas arepitas dulces; las zambullidas en el pozo del Calvario, aquel balneario popular donde el agua era fiesta y alivio. Evoco las largas caminatas hacia Los Baños Termales, o con rumbo a Las Palmas, a Camoruquito o a las faldas imponentes de los Morros de San Juan, testigos silenciosos de tantas ilusiones juveniles.
Regresan también los mandados que hacía para mi mamá o para mis tías América, Carmen y Cointa, en aquellos tiempos del kerosene que luego sería sustituido por las bombonas de gas. Las bodegas de Santana o Gamalier donde se conseguía de todo: tabaco en rama, aguardiente, combustible, frutas, carne, queso de cincho (duro) y los más variados y peculiares dulces. Espacios de encuentro donde la vida se contaba sin prisa.
Cómo olvidar las conversaciones en las esquinas de la avenida Bolívar, al lado del taller de Penso, en la pensión Roma o en la heladería Monte Carlo, donde se confundían acentos y orígenes: inmigrantes llegados de Italia, Portugal, de Siria, del Líbano, de Turquía, de Palestina y de Israel. Discutían con pasión, sí, pero todo terminaba en paz. Era una lección temprana de convivencia, de respeto, de democracia vivida sin discursos grandilocuentes.
Guardo memorizado el asombro colectivo cuando llegó la luz eléctrica y se disipó la oscurana, o la emoción de sentir la presión del agua potable tras la inauguración del embalse de Tierra Blanca. Eran signos claros de progreso, de un país que avanzaba y ofrecía oportunidades. Emocionante y desbordado orgullo sentíamos cuando se establecieron el Instituto Tecnológico en Valle de La Pascua, Calabozo y Altagracia de Orituco y la Universidad Rómulo Gallegos en la capital guariqueña.
Y están, por supuesto, las Navidades: los aguinaldos, mi presencia como tamborero en el grupo Los Gaiteros del Momento, dirigidos por el inolvidable Reyes Waldrop. Los infaltables estrenos del 24 y del 31… ¿cómo hacía mamá para lograrlo? Aún me lo pregunto. Como también recuerdo aquel billete de la Lotería de Oriente, comprado en la agencia el Hit de Oro, que resultó premiado y que convirtió a mi madre en dueña de una suculenta cuenta bancaria, celebrada no con envidia, sino con la sincera alegría de los vecinos.
Era la Venezuela donde el éxito ajeno se festejaba como propio. Donde miles de familias ascendieron socialmente al amparo de la democracia. Yo mismo pasé de vivir en un pueblo a ser gobernador del Distrito Federal y posteriormente alcalde de Caracas. Y, aun así, nunca dejé de sentirme acogido por los vecinos que me hicieron tan caraqueño en Catia, en La Pastora o en Caricuao.
Por eso, al cerrar un año más, no reniego de la memoria. La abrazo. Porque en ella están las vivencias que templaron nuestro carácter y nos recuerdan que sí es posible volver a construir un país de encuentros, de progreso y de esperanza. Saber de dónde venimos nos ayuda a no perder el rumbo hacia donde debemos ir.
Antonioledezma.net


