Cuenta la leyenda que cuando Alejandro Magno llegó a la ciudad de Gordio, los habitantes le mostraron, desafiantes, un carro atado con un nudo muy intrincado. Una antigua profecía sostenía que quien deshiciera el nudo gordiano se apoderaría de toda Asia. Como Alejandro estaba dispuesto a conquistar el mundo, fue seducido por el reto del nudo pero no se inclinó por desatarlo. En cambio, desenvainó su espada y cortó el nudo de un tajo. Desde entonces, la historia sirve como metáfora de la resolución de un asunto complejo mediante un atajo implementado por la fuerza o producto del pensamiento lateral o de una inteligencia que supera a la media. O todas estas cosas juntas.
Por: Karina Mariani – La Gaceta de la Iberosfera
Durante décadas, Occidente eligió esquivar los nudos gordianos relativos a la política internacional. Las razones podrían ser muchas, pereza, cobardía, complicidad o simplemente la mismísima imbecilidad que tan a menudo se manifiesta en ámbitos diplomáticos. Hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, las naciones triunfantes establecieron instituciones destinadas a garantizar un futuro de paz, justicia y decencia que impidiera una nueva barbarie. Alrededor de esas instituciones se configuró «el orden internacional basado en reglas», sostenido en una serie de acuerdos entre las naciones que funcionó parcialmente, pero que a su vez, permitió el desarrollo de otra feroz guerra, la conocida como «fría» que fue una trampa al solitario que se hicieron las grandes potencias, fingiendo respetar el orden basado en reglas, mientras proseguían sangrientas disputas en sus patios traseros a la espera de ver cómo se desarrollaba la carrera nuclear que podría haber asegurado la destrucción mutua.
Fue gracias a esta segunda variable, la eventual destrucción mutua, que se mantuvo el statu quo, y no tanto por la convicción mundial del orden basado en reglas. Pero, gracias a ese statu quo, se produjo el ascenso del Eje antioccidental formado por China, Rusia e Irán y sus satélites. Durante los primeros años, las instituciones de la posguerra lograron resistir los embates totalitarios, pero en los últimos años este Eje las ha pervertido y la corrupción, la manipulación y la arbitrariedad manifiestas han generado un colapso económico, funcional y de credibilidad de las mismas.
Actualmente, en los organismos internacionales que regentean el «derecho internacional» los líderes elegidos democráticamente están igualados jurídicamente y en desventaja numérica frente a dictadores, muchos de los cuales manejan diestramente tribunales internacionales, las instancias de investigación, la redacción de informes y otros resortes de la burocracia que debía custodiar el «orden basado en reglas» y el «derecho internacional». Así, frente a Estados fallidos ocupados por el terrorismo islamita (como Somalia que en estos momentos preside el Consejo de Seguridad de ONU), frente a países con elecciones fraudulentas, frente a dictaduras que masacran a sus pueblos, etc, estas instituciones resultaron totalmente impotentes.
Su arquitectura legal está rota y obsoleta. Mientras China reescribe los derechos humanos desde dentro del propio Consejo de la ONU y bloquea a las ONG críticas, el purismo jurídico occidental llega al absurdo de calificar como «ilegal» una operación quirúrgica contra terroristas de Hezbolá (el caso de los beepers), pero es incapaz de frenar a gobiernos que financian el terror, lapidan mujeres o avalan el matrimonio infantil. Hoy, el derecho internacional no es un faro civilizatorio, sino el aparato burocrático y legal del Eje antioccidental.
Al igual que los habitantes de Gordio hicieron con Alejandro, a Donald Trump la diplomacia nacional e internacional le planteó el sinnúmero de impedimentos para actuar frente a lo que su Administración considera malo o contrario a sus intereses. Dado que las consecuencias de cualquier acción eran todas malas, mejor no hacer nada…y disimular poniendo algunas sanciones. Así actuó el conglomerado de mandatarios occidentales durante mucho tiempo, hecho que anabolizó al Eje antioccidental que creció exponencialmente en todos los continentes y en el interior de todas las sociedades.
Entonces Trump optó por otro camino. Desoyendo a los predicadores del inmovilismo, el aislacionismo y el alarmismo, atacó letalmente al programa nuclear de Irán sin bajas propias, rápidamente y sin meterse en una guerra. Luego realizó la extracción quirúrgica de Nicolás Maduro en minutos, también sin bajas y sin guerra. En ambos casos cortó el nudo gordiano y salió ganando.
Con estas dos acciones cambió en instantes la realidad del planeta y ridiculizó los «prudentes» cuyas advertencias ya son papel mojado, porque describen un mundo que no existe más, afortunadamente. Tras la captura del dictador venezolano Nicolás Maduro, el mundo debe afrontar la verdad sobre una dictadura que por duración y crueldad representa uno de los mayores escándalos de depravación de la historia. Ya nadie puede negar que existían los presos políticos torturados, la absoluta infiltración de la dictadura cubana, el robo descomunal del patrimonio de los venezolanos depositado en multimillonarias cuentas en Suiza. Gracias a Trump, quienes miraban las atrocidades del régimen chavista y se encogían de hombros se transformaron en auténticos enemigos de una sociedad justa y están reaccionando como fieras enjauladas, defendiendo lo indefendible.
A pesar de que los supuestos «imparciales» sostienen que los cargos contra el tirano Maduro son pocos y livianos, las denuncias son abrumadoras. Según las confesiones del exjefe de inteligencia del régimen “El Pollo” Carvajal y a diversas demandas presentadas en EEUU y en el mundo, la dictadura venezolana era una corporación criminal transnacional dedicada al narcotráfico global y al espionaje contra Occidente, en alianza con Rusia, China y Cuba. A este entramado se incluiría la denunciada de manipulación electoral global mediante la empresa Smartmatic y la infiltración de agentes en suelo norteamericano. Pero pronto se hablará de la acusación más atroz: la ejecución de crímenes de lesa humanidad centrados en la detención, tortura sistemática y abuso sexual de niños y adolescentes tras el fraude de 2024. Quienes sostienen que no hay denuncias por cargos de lesa humanidad, simplemente mienten.
Los «iluminados» nos alertan acerca de que la política de Trump hacia Venezuela tiene poco que ver con las drogas o los DDHH y más con intereses petroleros y de influencia regional. Una combinación de todas estas cosas no quita ni un ápice de beneficios a la extracción de Maduro. Los venezolanos no son ingenuos: saben que no hay rescates gratuitos, pero eso no les impide festejar la caída del tirano y esperanzarse con el fin del chavismo. Todas las tiranías al desmoronarse producen caos e incertidumbre, pero siempre es preferible a las 3 décadas de opresión criminal; minimizar esto es de un paternalismo repugnante. Lo que esconden quienes están resentidos con las “formas” que llevaron a la detención de Maduro es que el sistema internacional que defendían fue incapaz de conseguir resultados y que no tienen ni idea de como solucionarlo ni pueden brindar alternativas.
Luego la, mil veces repetida, narrativa de que el combate a una cruenta dictadura no justifica que se viole el derecho internacional porque esto habilita al imperialismo y la ley del más fuerte, desconoce que esa habilitación estaba de facto, y la ley del más fuerte es justamente lo que describe a una dictadura. Hacerse el distraído con este principio no es ingenuo, es vil.
Con la fetichización del Derecho Internacional pasa algo similar que con el Estado de Bienestar, se presenta como una entidad animada abstracta cuya sola existencia garantiza el triunfo del bien y la bondad, independientemente de quién sea el administrador del mismo y de sus intereses. La remanida invocación de la ONU como si fuera un árbitro justo, cuando está conformada por una nutrida cantidad de países regidos por la ley del más fuerte es también absurda. Al trastocar los cimientos éticos de nuestra civilización, el progresismo ha erigido el derecho internacional como un nuevo dogma: un instrumento de poder absoluto legitimado para evadir la oposición.
La condena a la captura de Maduro bajo el pretexto de defender el “orden global basado en normas” es una falacia cínica. La impunidad de Putin, Xi Jinping, Kim Jong-un o Jamenei demuestra que el derecho internacional ha dejado de ser un dique contra la barbarie para convertirse en el escudo de su perpetuación. Lejos de contener a los tiranos, el sistema actual garantiza su supervivencia: una ONU secuestrada donde Rusia y China paralizan el Consejo de Seguridad y donde una Asamblea dominada por Estados fallidos ignoró en 2025 las masacres de la insurrección iraní y los crímenes en Cuba o Venezuela.
El ataque relámpago que terminó con Maduro preso ha tenido otro efecto, ha generado inquietud en Moscú y Pekín, valedores del tirano sudamericano. Después de todo, a ningún dictador le gusta ver a un socio capturado, para colmo con tanta facilidad. Si Trump busca reafirmar su versión de la Doctrina Monroe, la bautizada “Doctrina Donroe”, la advertencia a las otras potencias para que se mantengan fuera de sus áreas de interés ha sido contundente.
Luego, grandes sectores de la política y de la intelectualidad internacional denuncian cualquier acción tendiente a un “cambio de régimen” como si la implementación de regímenes autoritarios no fueran un cambio de régimen en sí. El cambio de régimen es un objetivo tabú desde experiencias como Irak y Afganistán y del sórdido recuerdo de Vietnam. Pero denunciar la intervención como la antesala del peligro imperial es ocultar que el Eje antioccidental ya viene funcionando así y, si bien es cierto que no es bueno comerse al caníbal, peor es servir a los propios de cena para que el caníbal no se ofenda.
Poner ejemplos traumáticos cuidadosamente seleccionados es una vieja táctica de la izquierda: mezclar peras con merluzas citando fracasos pasados mientras se ignoran los aciertos históricos. Por eso invocan selectivamente los citados fantasmas mientras ocultan deliberadamente los éxitos de reconstrucción como Alemania o Japón, utilizando el miedo al futuro como la coartada perfecta para tolerar la barbarie presente.
Ocurre que Trump ha enfurecido a sus críticos al llevar a cabo una demostración de fuerza que sólo pueden permitirse las grandes potencias, con la que ha mejorado al mundo. Ha burlado al nudo, demostrando que el orden basado en normas era una ilusión y recordándoles que han vivido equivocados, ya que para lo único que había servido en estos años fue para limitar la capacidad de las víctimas de defenderse o de ser defendidas.
Si la liberación de los presos políticos venezolanos es producto de una previa “violación del derecho internacional”, flaco favor le hacen al concepto mismo del “derecho internacional”, demostrando la nefasta herramienta en que se ha convertido. Culpar a Trump de esta degradación es miopía pura. Esa falsa equivalencia moral entre Washington y Caracas, sumada al miedo a la acción decisiva, es lo que convierte a estos defensores del status quo en los mejores aliados de la tiranía. La supuesta defensa de la legalidad internacional no puede servir de guardia pretoriana de los dictadores.


