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El Helicoide: el gulag posmoderno y el colapso del Derecho Internacional

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Algunos edificios no son solo de hormigón. Algunas estructuras esperan, en silencio, a que la historia termine de escribirlas. El Helicoide es una de ellas, no porque quedara inconclusa, sino porque terminó revelando, con brutal claridad, el fracaso moral de una época.

Por: Israel Centeno

Concebido en la década de 1950 como un centro comercial futurista —un proyecto audaz que pretendía mostrar prosperidad y dinamismo económico—, El Helicoide nació como símbolo de modernidad bajo el régimen de Marcos Pérez Jiménez . No se trata de absolver ni condenar a individuos; se trata de interpretar el símbolo. La arquitectura fue diseñada para la circulación, el intercambio y la visibilidad, para un país que buscaba la modernidad.

Luego llegó la democracia. Imperfecta, sí, pero democracia al fin y al cabo. Y con ella, el abandono. El Helicoide quedó a medias: ni terminado ni reimaginado. Un desecho histórico. Un vacío urbano que ya funcionaba como metáfora: promesas que nadie supo, ni eligió, cumplir.

El giro decisivo llegó con el chavismo y su degradación final bajo Hugo Chávez y Nicolás Maduro . La ruina se convirtió en sistema. El edificio pasó de ser una promesa frustrada de modernidad económica a un centro de detención, tortura y aniquilación del alma humana. Allí, el Estado dejó de ser garante de derechos para convertirse en verdugo.

No hablamos de excesos aislados. Hablamos de patrones: celdas inhabitables, humillaciones planificadas, tormento físico y psicológico, deshumanización metódica. Personas reducidas a menos que cosas. Un infierno funcional y burocrático. El horror no como accidente, sino como método.

El siglo XX dio nombre a estos lugares: Gulags , campos de exterminio nazis, espacios donde el poder decidía que ciertos seres humanos eran descartables. El siglo XXI, tan orgulloso de su retórica de derechos humanos, tiene la suya. El Helicoide pertenece a esa tradición. Decir esto no es exageración; es honestidad histórica.

Aquí el símbolo se completa: lo que se construyó para exhibir prosperidad terminó siendo una fábrica de horror. Un gulag posmoderno, envuelto en un lenguaje emancipador, administrado por una ideología que prometía justicia y producía deshumanización.

Pero El Helicoide no solo critica al régimen que lo utilizó. Critica, sobre todo, el incumplimiento del Derecho Internacional. Y la pregunta es ineludible: ¿cómo es posible que ahora se invoque con tanta solemnidad el Derecho Internacional cuando, durante años, se supo que los derechos humanos del pueblo venezolano estaban siendo violados sistemáticamente?

No eran rumores ni denuncias marginales. Era algo conocido. Estaba documentado. Se informó. Y, sin embargo, los mecanismos internacionales no actuaron con la fuerza necesaria. No protegieron a las víctimas. No impusieron límites reales al poder. No lograron detener una caída que pasó de la represión al campo de concentración.

Que no haya confusión: no fue una sola administración extranjera, ni un solo líder, quien “destruyó” el Derecho Internacional. Ese derecho llevaba mucho tiempo deteriorándose. Cuando funciona, lo hace selectivamente, para una parte de la humanidad. Para aquellos considerados, según una narrativa ideológica, como “del lado correcto de la historia”, es decir, alineados con la izquierda del espectro político en ciertos foros internacionales.

En Venezuela, se cometieron abusos a una escala comparable a los de Argentina durante la dictadura. En Argentina, esos crímenes generaron conmoción mundial, memoria, procesos judiciales y condena moral. En Venezuela, no. ¿Por qué? Porque se asumió cínicamente que lo ocurrido allí no contaba de la misma manera: el régimen se definía como de izquierda. Y a la izquierda, como sabemos desde hace décadas, se le perdona lo imperdonable.

Esto no es nuevo. Se remonta a tiempos remotos. A la época de Jean-Paul Sartre , quien apartó la mirada de los gulags soviéticos y permaneció en silencio —si no cómplice— durante los primeros años del nazismo, siguiendo la línea política del momento. La ideología ante el hombre. La narrativa ante la víctima.

El resultado, entonces, no debería sorprender a nadie. Cuando el Derecho Internacional falla sistemáticamente, cuando se convierte en un catálogo de informes sin consecuencias, el punto final es la fuerza. El debate sobre una posible destitución de Maduro por tropas estadounidenses —en lugar de una resolución lograda mediante mecanismos legales internacionales— es la consecuencia directa de ese fracaso previo. No es la causa. Es el resultado.

Si los mecanismos internacionales hubieran funcionado cuando debían, no habríamos llegado hasta aquí. El horror no se habría normalizado. Un lugar como El Helicoide no habría funcionado durante años. La realidad no se habría visto empujada a un punto sin retorno.

No te quejes ahora.

No invoquemos con indignación un Derecho Internacional que se dejó morir por omisión, selectividad e hipocresía.

El Helicoide no es solo venezolano. Es universal. Es el espejo incómodo del mundo posmoderno cuando pierde el miedo a Dios y al hombre, cuando la ideología reemplaza a la conciencia moral, cuando la ley se separa de la justicia.

Nombrarlo es un acto de dignidad. Pensarlo detenidamente es una obligación moral. Silenciarlo es repetirlo.

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