La pregunta incómoda que flota en la «transición» venezolana, cuando un gobierno es tutelado, ¿de quién son los presos políticos? Resulta que hay una situación meritoria de un psiquiatra, reclusos heredados y cautivos recientes, en una relación de poder en la que nadie firma el acta de divorcio, pero todos duermen en camas separadas.
Es fascinante el juego semántico. Trump levanta sanciones, la Casa Blanca habla de «diálogo constructivo», y en Caracas algunos presos salen, otros continúan sin esperanza y algunos entran por la puerta de atrás. Es como el vecino que asegura dejó de fumar mientras esconde el cenicero debajo del sofá. Técnicamente no miente, solo omite.
Entonces tenemos el inventario. Están los presos, que llevan años pudriéndose en las mazmorras del régimen, testigos silenciosos de la era dorada de la represión descarada. Incómodos para el régimen porque son evidencia viviente de su brutalidad, y para Washington porque reconocerlos implicaría admitir que negociaron con carceleros mientras predicaban derechos humanos. Qué dilema más conmovedor.
Y están los detenidos recientes, que siguen sumando; especialmente interesantes porque ocurren en la era del «entendimiento» y la «cooperación». ¿De quién son estos? ¿Son presos hechos por inercia revolucionaria, o con permiso tácito de Washington que prefiere ignorar mientras bombea petróleo?
La tutelación es un arte. No es ocupación -qué vulgaridad- ni es invasión -qué exageración-. Es ese punto medio donde un imperio te dice «hazlo tú solito» mientras sostiene tu mano y guía cada movimiento. Y en ese baile de máscaras, los presos políticos se convierten en moneda de cambio, fichas en una partida de póker donde todos hacen trampa, pero nadie abandona la mesa.
Lo más grotesco es la hipocresía compartida. El régimen chavista grita soberanía mientras recibe instrucciones sobre a quién liberar y cuándo. Washington predica democracia mientras negocia con autócratas qué nivel de represión es «aceptable» a cambio de barriles de crudo. Y en el medio, los presos -viejos y nuevos- descubren que su libertad no depende de la justicia sino de qué tan urgente esté el precio del petróleo.
¿Recuerdan cuando liberaron reclusos como «gesto de buena voluntad»? Qué generosidad, soltar a gente que nunca debió estar presa, como si fuera un favor y no una obligación básica de cualquier Estado que pretenda llamarse civilizado. Es como si tu secuestrador te soltara un dedo y esperara una medalla por humanitario.
Esta cohabitación forzada crea una categoría de preso político; de conveniencia geopolítica. Ese que puede quedarse si el acuerdo lo requiere, o salir si el pacto lo exige. Su libertad no depende de inocencia o culpabilidad -conceptos pasados de moda- sino de cuán útil es su encarcelamiento para los términos del trato.
Diosdado sigue siendo Diosdado, Delsy sigue siendo Delsy, pero ahora bajo franquicia autorizada. Son el gerente local de una operación más grande. Y Trump -o quien esté en la Casa Blanca- es el socio silencioso que prefiere no aparecer, pero cobra su comisión.
En una administración tutelada, los presos políticos son de todos y de nadie. De Miraflores cuando conviene alardear dureza revolucionaria. De Washington cuando interesa negociar concesiones. Fantasmas burocráticos en un limbo donde la responsabilidad se diluye, visibles al principio, invisibles al final, pero ahí, endulzando el trago amargo de la complicidad.
Y mientras los intelectuales chavistas y los «expertos» en Washington debaten sobre transiciones, diálogo y realpolitik, los presos -heredados y fabricados- permanecen tras las rejas. Al final, en una relación de tutelaje, lo único que se comparte equitativamente es la falta de vergüenza.
Los presos políticos de una gerencia tutelada son huérfanos con demasiados padres. Los reclaman cuando conviene, los niegan cuando estorban. Son el hijo no reconocido de una pareja disfuncional que se odia, pero ni de coñas se separa porque el negocio es demasiado bueno.
Qué chula familia se formó. Lástima que los únicos gilipollas que pagan la cuota alimentaria son los que están del lado equivocado de las rejas.
Guillermo De La Vega
Asesor político, consultor y analista español


