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El Helicoide: El Country Club de las cárceles y «Hotel VIP» según el traidor Kico Bautista

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Por Elizabeth Sánchez Vega

En un acto de cinismo periodístico que roza lo criminal, Francisco «Kiko» Bautista, el otrora «defensor» de la libertad de expresión en Venezuela, ha descendido a nuevos abismos de parcialidad al minimizar las atrocidades en El Helicoide, el infame centro de torturas del régimen de Nicolás Maduro.

En su programa «Kicosis» en Globovisión, esa cadena que pasó de bastión opositor a megáfono chavista tras su venta en 2013 a Raúl Gorrín, el magnate corrupto y lavador de dinero del narco-régimen, quien fue capturado el 4 de febrero de 2026 por el FBI gracias a la traición de Delcy Rodríguez, exponiendo su red de sobornos y blanqueo, Bautista tuvo el descaro de calificar a El Helicoide como el «country club de las cárceles» o un «hotel», dudando de testimonios de torturas mientras su invitado intentaba relatar horrores como esposamientos prolongados, que él descartó como no constitutivos de tortura.

Este episodio, capturado en un video viral en X el 7 de febrero de 2026, no es solo una metedura de pata: es una traición brutal a la ética periodística, un lavado de cara deliberado a un régimen narco-terrorista responsable de crímenes contra la humanidad.

Recordemos el pasado de Bautista, porque su hipocresía es tan evidente como repulsiva. En 2013, cuando Globovisión aún era un faro para la oposición, Bautista fue despedido por transmitir un discurso de Henrique Capriles, el candidato antichavista.

En ese momento, él mismo denunció que la nueva directiva pro-gobierno lo obligaba a «equilibrar» la cobertura, lo que equivalía a censurar voces disidentes. Bautista clamaba por una prensa libre, argumentando que Globovisión debía dar voz a los silenciados por el oficialismo.

Sus colegas renunciaron en masa en solidaridad, protestando contra la censura impuesta por los nuevos dueños alineados con Maduro. Pero, ¿qué pasó? Años después, Bautista reaparece como anfitrión estrella en la misma Globovisión, ahora un engranaje de la maquinaria propagandística chavista bajo el mando de Raúl Gorrín, ese parásito del régimen que acumuló fortunas ilícitas a costa de la miseria venezolana y que hoy se pudre en una celda real, no en un «country club».

Entrevistas complacientes con figuras como Nicolás Maduro Guerra revelan sus ‘sentimientos expuestos’, un burdo envoltorio para el servilismo hacia el régimen, incluso admitiendo afectos familiares que lo exponen como un «ratacrán» infiltrado. ¿Por cuántas monedas vendió su alma?

Globovisión, bajo control chavista, ha sido acusada de diseminar encuestas manipuladas para desacreditar a la oposición, como durante las fraudulentas elecciones de 2024, y Bautista ha callado ante detenciones injustas de colegas como Roland Carreño, evitando preguntas incómodas en entrevistas con Maduro.

Su negación de las torturas en El Helicoide es cómplice. Informes de Human Rights Watch, la ONU y el Departamento de Estado de EE.UU. documentan sistemáticamente cómo este antiguo centro comercial convertido en prisión es un epicentro de abusos: choques eléctricos, asfixia con bolsas plásticas, aislamiento prolongado, violaciones sexuales y denegación de atención médica.

La Misión de Determinación de Hechos de la ONU ha calificado estos actos como crímenes contra la humanidad, orquestados por el SEBIN bajo órdenes directas de Maduro. Bautista, al dudar de estos testimonios y glosar El Helicoide como un «resort», no solo miente: blanquea un sistema que ha destruido vidas, familias y generaciones enteras, mientras él se pavonea en un canal que hoy naufraga en la irrelevancia,

Esta parcialidad no es accidental; es estructural. Bautista encarna el periodismo venal que el chavismo ha cultivado: uno que ignora la crisis humanitaria, millones huyendo del hambre y la represión, para enfocarse en narrativas oficialistas.

Su ‘equilibrio’ no es más que una coartada para la autocensura, un velo sobre el narco-régimen que ha convertido a Venezuela en un Estado fallido, aliado a cárteles y terroristas. Al defender implícitamente estas barbaries, Bautista no es solo un mal periodista: es un engranaje en la maquinaria de la opresión, un traidor a su propia historia y a los miles de víctimas que claman justicia.

Su alma desguazada por el servilismo lo convierte en un recoge-latas moral, un sapo que salta de la oposición al chavismo por conveniencia; no merece el aire de una señal pública, sino el olvido eterno de una nación que lucha por su libertad post-Maduro.

Frente a los mercenarios del micrófono, reivindicamos al periodismo que no se dobla: ese que aún se ejerce con la ética como único norte y el compromiso con las víctimas como única lealtad. Venezuela merece referentes de acero, no marionetas de turno.

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