La verdadera riqueza de una nación no se mide por la profundidad de sus pozos petroleros ni por la magnitud de sus reservas de oro, sino por la solidez inquebrantable de la arquitectura moral de sus ciudadanos. A menudo caemos en la seducción del conocimiento técnico y el brillo de los títulos académicos, creyendo que la suma de habilidades especializadas nos conducirá automáticamente hacia el progreso, pero la historia y la filosofía nos advierten que un edificio construido sobre arena movediza está condenado al colapso, por muy sofisticados que sean sus materiales. El desarrollo real es una conquista del espíritu antes que una victoria de la ingeniería; es un proceso que nace en el aula de clases pero que solo fructifica cuando el conocimiento se somete al rigor de la ética y la dignidad. Sin embargo, lo que hoy presenciamos en el escenario público es la antítesis de este ideal: un desfile de sombras que, bajo el rótulo de una «oposición», se sentó recientemente en sus curul es a espaldas de un país que no los reconoce.
Cabe preguntarse, con la lucidez del que ya no se deja engañar, a quién representan realmente estos actores de reparto en el teatro de la ignominia. Mientras el ciudadano de a pie lucha por su integridad, estos personajes negocian con los restos del naufragio, demostrando que poseen más grilletes en la conciencia que los que alguna vez existieron en nuestras cárceles. Si observamos el milagro del Japón tras la devastación de la Segunda Guerra Mundial, comprendemos que su ascenso no fue el resultado de pactos de pasillo ni de la astucia de líderes sin principios. Aquel pueblo, rodeado de ruinas, entendió que para reconstruir la nación primero debían reconstruir al individuo a través de una disciplina sagrada y una integridad que no conoce de subastas. Japón no se levantó desde sus fábricas, se levantó desde la conciencia de ciudadanos que despreciaban la mentira. En cambio, en nuestra geografía, vemos con dolor cómo quienes dicen representarnos llevan en la cabeza la ignorancia más peligrosa: esa que cree que el beneficio personal justifica la entrega de la libertad colectiva.
En este contexto de traiciones vestidas de diplomacia, la historia nos ofrece una imagen poderosa que debe quemar en nuestra memoria. El 14 de febrero de 1936, frente a las mansas aguas que rodean el Castillo San Felipe en Puerto Cabello, el poeta y líder Andrés Eloy Blanco protagonizó un acto que quedó grabado en el ADN de nuestra historia. Al ver cómo los «grillos» —aquellos pesados grilletes de hierro que martirizaron a los presos de la dictadura— eran arrojados al fondo del mar, el eco de su caída no solo marcó el fin de una era de opresión física, sino que lanzó un desafío que aún hoy, casi un siglo después, resuena en el vacío de nuestra crisis: hemos liberado los pies, pero ¿cuándo liberaremos la cabeza? Esos mismos grillos que Andrés Eloy lanzó al mar parecen haber sido rescatados por esta clase política que ayer, con una sonrisa cómplice, volvió a encadenar el futuro del país a una mesa de intereses mezquinos.
La reconstrucción espiritual de Venezuela exige que vayamos a la escuela a quitarle a nuestro pueblo los «grillos» y los vicios en la cabeza, porque la ignorancia del alma es el camino de la servidumbre. No basta con acumular cartones universitarios si no somos capaces de distinguir lo correcto de lo conveniente; esa incapacidad es la que permite que figuras sin mérito ni palabra empeñada pretendan decidir nuestro destino. La erosión de nuestros valores esenciales ha sido tan profunda que hemos confundido el diálogo con la capitulación y la política con el mercadeo. Pero la verdadera misión es la integridad como valor supremo, habitada por el respeto a la propiedad, la responsabilidad individual y el éxito ganado con sudor, no con favores.
Si queremos conquistar la libertad, primero debemos demoler esa gran escuela de la viveza criolla que ha convertido a la política en un refugio para quienes tienen la cabeza llena de cadenas. Venezuela no necesita más técnicos en traición, sino ciudadanos cuya palabra sea un contrato inviolable. Al final del día, el desarrollo de un país no es un destino técnico, es un destino moral que solo alcanzaremos cuando los grillos invisibles de la ambición y la mentira descansen, finalmente, en el mismo fondo marino donde el poeta lanzó el hierro de la tiranía hace casi cien años. Solo una educación que forje hombres libres de espíritu podrá barrer a los que hoy pretenden vendernos el espejismo de una paz sin dignidad.
Cada hogar y cada aula en una gran escuela de valores donde la palabra de un hombre o una mujer sea su firma más confiable. El venezolano del futuro no puede ser solo alguien que sepa manejar una herramienta o administrar un recurso; debe ser alguien que entienda que el mérito es la única vía digna de ascenso y que la libertad se conquista cada día a través de la responsabilidad. Solo cuando logremos esta integridad apoteósica, cuando el honor pese más que el oro en la balanza de nuestra conciencia, estaremos realmente en el camino de convertirnos en la potencia que soñamos. Al final del día, el desarrollo de un país no es un destino técnico, es un destino moral que se labra con la voluntad de ser mejores no por lo que tenemos, sino por lo que somos capaces de entregar a la historia.
Vamos por más…
@jgerbasi


