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Entre principios y experiencia: el momento de madurez del liderazgo democrático, por Héctor Urgelles Fox

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En los últimos días han circulado en redes sociales múltiples críticas a acciones —y también a omisiones— del equipo que acompaña a María Corina Machado. Algunas observaciones parten de hechos concretos; otras responden al nerviosismo natural de una etapa decisiva; y no faltan las que buscan sembrar dudas en medio de un proceso que exige serenidad y cohesión.

Hace un tiempo escuché a un miembro del comando reconocer algo que me pareció valiente: los errores que ese equipo comete son errores legítimos. ¿Qué significa eso? Que en muchos casos no nacen de la mala fe ni del cálculo mezquino, sino de la inexperiencia política de buena parte de sus integrantes. Muchos no provienen de la vieja estructura partidista; vienen de la sociedad civil. Son profesionales, activistas, ciudadanos que dieron un paso al frente movidos por principios y valores, no por carrera política.

Eso tiene una enorme virtud: la autenticidad. Pero también implica un desafío. La política, especialmente en contextos autoritarios, no se mueve únicamente por convicciones morales; también requiere cálculo estratégico, lectura fina del tablero y decisiones pragmáticas que, sin traicionar los principios, permitan avanzar en escenarios complejos.

Actuar solo desde la pureza puede ser admirable, pero conducir procesos exige además ponderación, tiempos, silencios y acuerdos. No siempre se trata de tener razón; a veces se trata de saber cuándo, cómo y con quién avanzar.

Y el tablero se está moviendo.

La salida de dirigentes políticos, los reacomodos internos y, más recientemente, el gesto público del presidente Donald Trump al saludar con beneplácito en el discurso del Estado de la Unión a un venezolano recién excarcelado, Enrique Márquez, han generado una ola de hipótesis, inferencias y cálculos sobre el rol que distintos actores podrían jugar en las próximas etapas.

En paralelo, la estrategia internacional que encabezan figuras como Marco Rubio ha sido descrita en fases: estabilización, recuperación, culminando con elecciones libres. Cada una de ellas demanda interlocutores sólidos, capaces de tender puentes, generar confianza y administrar expectativas.
Es allí donde surge un punto fundamental.

Dentro del equipo que acompaña a María Corina existe una figura con experiencia política probada, con conocimiento del lado humano de la política y con la capacidad de sentarse tanto con quienes piensan igual como con quienes discrepan profundamente. Me refiero a Henry Alviárez.

Recién liberado tras casi dos años de secuestro por parte del régimen, Henry no solo trae consigo la legitimidad moral de quien resistió la prisión política; trae también madurez, templanza y oficio. Pero hay algo más: escuchar a Henry es, en buena medida, escuchar a María Corina. Desde los inicios de su organización política, él ha sido una de las personas más cercanas a su liderazgo, uno de sus colaboradores de mayor confianza en la construcción estratégica del movimiento. Esa cercanía le otorga no solo conocimiento interno del proceso, sino también autoridad política y coherencia en la conducción.

Su voz no es una voz aislada; está alineada con la visión de la líder que encabeza esta etapa histórica. Por eso su papel resulta especialmente relevante en un momento donde se requiere experiencia para articular, negociar y consolidar apoyos sin desdibujar el rumbo.

No se trata de desplazar a nadie ni de crear rivalidades internas. Al contrario, se trata de complementar el buen trabajo que vienen realizando diversos sectores y liderazgos dentro de este proceso democrático, incluidos aquellos conocidos como “las guacamayas”, quienes resistieron el asedio en la Embajada de Argentina en Caracas y cuyo testimonio se convirtió en símbolo de firmeza frente al régimen. Ese esfuerzo colectivo ha sido parte esencial del avance alcanzado hasta ahora y debe continuar fortaleciéndose. Se trata de sumar capacidades, no de sustituirlas.

Se trata de madurar como movimiento. De integrar convicción y experiencia. De sumar ética y estrategia.

En una fase donde la estabilización puede dar paso a la recuperación y, más adelante, a la transición, el rol que pueda desempeñar Henry en la interrelación con otras organizaciones y actores nacionales e internacionales puede marcar una diferencia sustantiva. Su capacidad de diálogo, su experiencia acumulada y su comprensión de los equilibrios necesarios podrían ayudar a complementar el ímpetu principista del equipo con la dosis de pragmatismo estratégico que toda conducción requiere.

Si algo ha demostrado la historia reciente es que la democracia no se recupera solo con indignación, ni únicamente con pureza doctrinaria. Se recupera con liderazgo, cohesión, inteligencia política y capacidad de leer correctamente el momento.

Hoy más que nunca, el objetivo central sigue intacto: rescatar la democracia y volver a vivir en libertad. Si el liderazgo logra combinar la fuerza moral que lo impulsó desde la sociedad civil con la experiencia política de figuras como Henry Alviárez, el proceso no solo ganará equilibrio, sino también eficacia.

Y en política, cuando los principios se encuentran con la experiencia, los pueblos avanzan.

Por: Héctor Urgelles Fox
@urgellesbaruta

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