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En Venezuela, ahora la FAN vive su duelo. Arrastran el ala, buscando un líder que no consiguen

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Por Alberto Ray

El 3 de enero, los Estados Unidos no solo se llevaron a Maduro y a Cilia a Nueva York; con esa operación derrotaron a una FANB que, desde hacía un buen tiempo, ya había sido vencida desde adentro por la corrupción, la delincuencia organizada y la ideología chavista.

Esa misma FANB nunca entendió que la noche del 28 de julio de 2024 tuvo la gran oportunidad de enderezar su curso, cuando su jefe, Vladimir Padrino, desconoció los
resultados electorales. Pero allí dentro nadie se atrevió a retarlo. No estuvieron a la altura de millones de venezolanos que salieron cívicamente a cambiar un régimen. Pensaron que pasarían agachados ante el mayor y más demostrado fracaso de la revolución chavista en 25 años.

Luego, el 9 de enero de 2025, cuando María Corina Machado salió a la calle a dejar en evidencia la ilegitimidad de Maduro, pudieron haber corregido el rumbo y detenido la burda juramentación de un presidente falso, pero tampoco lo hicieron. Los acobardó la represión interna: aquellos que tenían la fuerza de las armas de la república terminaron sometidos por un grupito de torturadores. Era el fin de la FANB y el triunfo del modelo destructivo al
que Chávez tanto se había dedicado: dinamitar la institución.

Durante ese largo y oscuro 2025, esos despojos de FAN intentaron convencer a Maduro, tímidamente, de que dejara el poder, pero ya no tenían cómo. Ya no eran ni Fuerza ni Armada. Ya era demasiado tarde.

Cuando comenzó la presión de afuera hacia adentro por parte de Donald Trump, se asustaron, pero se autoconvencieron de que nada ocurriría. Los cubanos y los rusos, tan acostumbrados a las guerras psicológicas, le recomendaron a Maduro que aguantara porque nada pasaría. Padrino, pocos días antes, les dijo a sus generales que todo era «humo». Y efectivamente, humo fue lo que vieron y respiraron los caraqueños esa inolvidable madrugada del 3 de enero, cuando la historia cambió.

Desde entonces, la FAN ya no cuenta como palanca para mover absolutamente nada en el país. Ellos, que odian visceralmente a Delcy y a su hermano, se los impusieron y hasta le regalaron un bastón de mando. La dramática paradoja: quien no tiene mando tampoco puede otorgarlo. Delcy es para esa FAN el enrostramiento de la desmoralización y la derrota.

Ahora la FAN vive su duelo. Arrastran el ala, buscando un líder que no consiguen, y necesitan desesperadamente salir del hoyo para transformarse en la fuerza que un país libre y democrático necesita. Mientras Delcy siga allí de interina, no podrán hacerlo, porque ella es el símbolo de la derrota y la traición. Les tocará esperar. Mientras tanto, lo mejor que nos puede ocurrir a los venezolanos es que, de allí dentro, emerja alguien decente que
los conduzca en la dirección correcta, que los convoque a una reflexión y a un cambio profundo, y que pida ayuda a los Estados Unidos, que están más que dispuestos a
colaborar.

Los tiempos de las armas rusas, los misiles S-300, los Sukhoi y las lanchas iraníes
pasaron. Los sistemas de espionaje de la era soviética y las plataformas tecnológicas multimillonarias de la DGCIM ya no sirven para absolutamente nada. Toda esa chatarra tendrá que venderse e invertir lo poco que den en la construcción de una FAN de verdad. Dejaremos algunas piezas para el museo que haremos, para que cada miembro de las nuevas Fuerzas Armadas tenga presente y jamás olvide la derrota, el fracaso y cómo entregaron a una nación entera.

Más temprano que tarde, el país será convocado a una nueva elección. Probablemente —aunque lo dudo— esa FAN debería colaborar. Sería una ocasión única para comenzar a demostrar que han entendido la costosísima lección.

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