Los sucesos que han rodeado a nuestro excompañero Enrique Márquez, quien se ha proclamado independiente, desde su liberación nos obligan, con el afecto de siempre, a romper un silencio ya insostenible. Hay cosas que duelen más calladas que dichas, y la verdad, aunque incómoda, termina siempre por abrirse paso.
Ante todo, nuestra solidaridad con Enrique frente a la campaña de descrédito. Nunca formaremos parte de ningún fusilamiento moral.
Pero el afecto no exime la discrepancia, ni la lealtad obliga al silencio cómplice.
Los hechos
Centrados en la Gente decidió en 2024 respaldar la aspiración presidencial de Enrique Márquez porque encarnaba la política del partido: defender el voto como instrumento de cambio y la Constitución como ley suprema. En medio de inmensas limitaciones, impulsamos como equipo ese esfuerzo cívico del que él fue principal vocero, y que continuó después del zarpazo electoral del 28 de julio.
El país fue testigo de cómo se agotaron todas las instancias institucionales y se denunció el fraude contra la voluntad mayoritaria. Las más de nueve mil actas que nuestros testigos recogieron en todo el país dan fe de ello. Enrique pagó con injusta prisión la defensa de esa política, que hoy sigue siendo exactamente la misma.
Sin embargo, por razones que nos causan profunda contrariedad, él decidió apartarse de ella.
Tras su liberación, nos evadió sistemáticamente, salvo a un par de incondicionales. Por eso nos sorprendió, como a todo el país, su aparición en Washington. Hubo breves contactos telefónicos donde insistió en que no fue torturado, que fue tratado con respeto, que incluso se le permitía jugar básquet y preparar sus alimentos. Una versión edulcorada de su prisión que nos preocupó.
Luego vino la espiral de contradicciones en su rueda de prensa en el hotel Marriott: ocho días esposado, diez meses de incomunicación absoluta, tres sin ver el sol; sin derecho a la defensa; su respaldo a una ley de reforma petrolera que cuestionamos; remó para la estrategia de ganar tiempo de Delcy Rodríguez, subrayando que no avizora elecciones; equiparó verdugos y víctimas bajo el amparo de que todos somos venezolanos. Y hoy ante la pregunta si aceptaría un cargo en el Gobierno responde que “Tendría que ver el momento, las circunstancias y la oferta, pero lo cierto es que todos tenemos que estar dispuestos a cambiar, a integrarnos, a unirnos por el futuro de nuestro país”. No dudamos de su palabra: dudamos de que sea el mismo hombre con quien compartimos años de lucha. ¿Nos equivocamos? Es muy posible.
Sobre su relación con Zapatero, no especulamos: hablamos con conocimiento directo. Un incondicional de Enrique —hoy su sombra— se ofreció a gestionar la liberación ante el español. Pero quiso imponer una condición desde el primer día: silencio absoluto a cambio de la libertad. Callar a cambio de su vida. Eso, para nosotros, no era gestión: era complicidad. Y lo rechazamos.
Así, con el alma encogida pero la conciencia limpia, iniciamos una lucha pública por su libertad. Una lucha que, duele reconocerlo, no fue suficiente. No estuvimos a la altura que él merecía. Ese fracaso nos habita. Y ese fracaso, quizás, explica el abismo que hoy nos separa.
Porque la libertad, al final, llegó. Pero no llegó por gestiones en la sombra ni por méritos ajenos. Llegó por los sucesos de aquella madrugada del 3 de enero, cuando la fuerza de los hechos —no la de los pactos— truncó el periplo de Maduro y Cilia Flores. Enrique salió por una grieta que abrió la realidad, no por la llave que le ofrecían a cambio de nuestro silencio. Y esa diferencia, aunque a algunos les pese, es la diferencia entre la dignidad y el pacto.
¿Y quién es ese hombre al que hoy Enrique abraza?
Es el mismo que durante años le ha tendido la alfombra roja a Nicolás Maduro en los palacios de Europa mientras aquí caían presos y balas. El mismo que ha prestado su nombre y su investidura para blanquear ante el mundo lo que es irreversible: una dictadura asesina.
Sobre él pesan denuncias de vínculos económicos con el régimen —negocios que prosperan mientras Venezuela se incendia—. Sobre él pesa el escándalo de Plus Ultra, ese rescate sospechoso que apesta a privilegio y a componenda. Pero lo que más pesa, lo que más duele, es su silencio.
Un silencio cómplice ante el 28 de julio, cuando la soberanía popular fue pisoteada. Un silencio de funeral ante la represión que ha llenado de luto este país. Nunca alzó la voz contra la represión. Nunca la alzó por los muertos.
Ese es el hombre al que hoy algunos aplauden. Ese es el hombre al que Enrique, según parece, ha decidido llamar ‘amigo’ que no niega a diferencia del desprecio por quienes lo acompañamos. Nosotros no podemos coincidir. No por cálculo, sino por dignidad. Porque legitimar a quien legitima al verdugo es, sencillamente, volverse parte de su séquito.
El 12 de enero, el incondicional proponente difundió un comunicado con nuestros símbolos agradeciendo «muy especialmente» a Zapatero. Nuestro director nacional de Estrategia, José Luis Farías, aclaró sin ruido que el texto no fue discutido ni aprobado por el partido. La respuesta fue un comunicado falso: que Farías había sido expulsado hace un año «por razones políticas, éticas y morales». Desmentimos sin estrépito, pero con pena de ver hasta dónde se llega cuando se pierde el rumbo.
Enrique llamó luego a otro director nacional para objetar todos nuestros comunicados: el que exigía libertad para los presos políticos, el que convocaba a la movilización, el que rechazaba la ley petrolera antinacional y las licencias OFAC, el que demandaba aumento salarial. Y nos informó, causando estupor en nosotros, que había dicho al Gobierno que no tenía nada que ver con esos comunicados, que eran «asunto de ellos». Todos, absolutamente todos, fueron objetados por Enrique. Y mientras, con desazón, supimos de sus movimientos aquí, en República Dominicana y Panamá, siempre con Zapatero de fondo y gente de la falsa oposición. Una relación que el propio Enrique se encargó de confirmar en su rueda de prensa y en otras declaraciones.
Todo esto ocurre cuando los acontecimientos han sacudido nuestra frágil República. Desde aquella madrugada del 3 de enero, cuando la fuerza truncó el periplo de Nicolás Maduro y Cilia Flores, el país asiste a un nuevo capítulo de su agonía. Un gobierno de factura dudosa que Enrique llama a apoyar, un gobierno que tuerce voluntades, compra conciencias, viste de democracia el despojo. Muchos que callaban hoy ensayan gestos de estadista; otros, cuyas máscaras nunca creímos, las vemos caer.
Y advertimos que la moderación no es el cielo de las virtudes, aunque la invoquen como si lo fuera. Se nos vende como templanza, pero a menudo no es más que el miedo a moverse de la esquina del interés personal. Y el pragmatismo, esa coartada de los que confunden el rumbo con el viento que sopla, tampoco es inteligencia: es la renuncia a pensar antes de actuar.
Nuestra posición
Hemos edificado nuestra acción sobre una convicción: oposición sin tregua a un régimen que lleva veintiséis años sumiendo a Venezuela en la penumbra. Veintiséis años de pobreza, represión, industria en escombros, instituciones quebradas, despotismo destructor de la República.
Nos aferramos a la Constitución como faro —aunque urgida de revisión, vía Constituyente, para reinstitucionalizar el país—.
Rechazamos a todos los que han contribuido a la devastación. Sus nombres sobran: los venezolanos los conocen. Nombrarlos sería concederles legitimidad.
Hay una inmensa mayoría que impulsa el cambio y una minoría que se aferra al poder con una rémora que finge oposición. Por eso la unidad no puede ser manto de impunidad. La tolerancia termina donde empieza la complicidad con el desastre. Quienes se han lucrado con la ruina no pueden reclamar un lugar en la reconstrucción.
Solo la unión de los que creemos en la República impulsará los cambios profundos por medio de un gran Acuerdo Nacional. Pero sobre cimientos éticos y basados en el interés nacional, no sobre el pragmatismo cínico de quienes miran hacia otro lado cuando pasa lista de los culpables. La historia sabrá distinguir.
Quienes integramos Centrados en la Gente conocemos la veracidad de estas palabras. Los hechos hablan solos, y el corazón, cuando habla con verdad, no necesita testigos.
Lo dejamos aquí, con la tranquilidad de quien cumple un deber hondo. Quien quiera escuchar, que escuche. Quien prefiera mirar hacia otro lado, que lo haga en paz. Pero al menos quede constancia: en medio de la vorágine, hubo quienes intentaron mantener la claridad, el afecto y la memoria.
Y eso, para nosotros, lo es todo.
¡Por un salario justo y la restitución integral de los derechos laborales! ¡Sin elecciones no hay democracia; sin democracia no hay soberanía popular!¡Cronograma electoral ya!
Dirección Nacional de CENTRADOS en la GENTE
Venezuela 09 de marzo de 2026.


