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Sánchez imita a Delcy con el odio

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Sánchez es ahora «Mr. Hodio», su nueva ley para perseguir a los mensajeros del odio. El chavismo, etapa Maduro, promulgó esa misma ley en 2017, prometiendo 20 años de cárcel a los promotores del odio contra ellos. Dios los cría, se vuelven censores, y ellos se juntan. Se les olvidó «Prohibido, prohibir» de aquel Mayo 68.

Por: Carlos Pérez-Ariza – El Nacional

Ahora que esta presidenta temporal, solo elegida por Trump/CIA, parece ablandarse, su colega en el progresismo de Puebla se endurece. No contento con ser el jefe del único gobierno social-comunista de Europa y controlar casi todo el espacio mediático, Sánchez ha copiado a sus camaradas chavistas declarando a los mensajeros del odio como delincuentes de las redes sociales.

La prensa en libertad siempre molesta. En España, una democracia europea consolidada, tenemos un gobierno que controla todo lo que puede, dejando poco espacio mediático al que disienta. Las compensaciones caen en cascada sobre los medios amables. Acorralan a los que molestan o expanden críticas contra él y sus obedientes ministros, que él llama «odio». Ese control empezó por la televisión pública TVE, que han convertido en una plataforma de propaganda e información subjetiva sobre Sánchez y su administración. Cada medio privado, analógico o digital, se ubica en parcelas definidas por la ideología a la que sirven, que es de la que cobran.

Mr. Hodio es el nuevo inquisidor del reino. Sánchez, un fiel seguidor de los modos del chavismo, acaba de copiar esa forma arbitraria de medir el odio que publiquen sus ‘enemigos’. El odio como delito, medirá la persecución del firmante. ¿Cómo, quién medirá el nivel de odio al gobierno? Ellos mismos, un tribunal írrito con su dedo acusador, señalando a los enemigos de la patria progresista del presidente de la Internacional Socialista y alto comisario de Puebla. La censura encuentra nuevas formas de ejercerse, aunque bebe de fuentes antiguas y tenebrosas.

La información en Venezuela sigue bajo vigilancia del chavismo actual, que representan los hermanos Rodríguez: Delcy y Jorge. Fieles neobolcheviques, no tienen costumbre de aceptar críticas. Los medios tradicionales han sido intervenidos o cerrados, como este diario El Nacional, fundador del sentido democrático del periodismo, como ese legendario cuarto poder, perro guardián de la verdad.

La información digital es fácil de prohibir, mediante barreras tecnológicas para que los venezolanos de dentro no puedan acceder. Ayudados por empresas extranjeras concesionarias, como Telefónica de España. Los canales de información de uso común en el mundo, tales como Facebook, X, TikTok, Youtube, entre otros, están controlados por el narcoestado chavista. Bloquean herramientas de acceso, como VPN y DNS. Hoy, los algoritmos no son inocentes ni imparciales.

A esta fecha nada permite confiar en que este nuevo gobierno, que es el mismo de antes, vaya a levantar la férrea censura de prensa. Dirigen una muy dudosa senda a la transición, en la que se podría creer si dejan renacer la plena libertad de expresión, que fue garantía de la democracia venezolana, que ellos calcinaron. Estos chavistas no han llegado a tener una prensa oficial, como aquel Pravda (La verdad) bolchevique o el Granma cubano, al colonizar a los medios existentes, no han necesitado más.

Con la libertad de expresión hay que estar a favor o en contra, no hay términos medios. En estos casos que sufrimos han funcionado dos sistemas: la compra o expropiación del medio y la autocensura –que engendra las amenazas y el miedo–. En vez de un medio oficial, tienen muchos controlados donde no se publicará nada adverso al gobierno. Hay una diferencia notable. En España se señala, persigue a los periodistas sin encarcelarlos aún. En Venezuela, hoy siguen tras las rejas dos docenas de colegas. En ambos casos, la libertad de expresión está en grave peligro de extinción en España y extirpada en Venezuela. Se recuerda a Martin Luther King: “La libertad nunca se concede voluntariamente; debe ser conquistada por los oprimidos”.

La polarización de la prensa es un fenómeno antiguo. El Watergate que ventiló The Washington Post en los setenta habría cogido otro sendero si aquel diario no hubiera sido prodemócrata. Eso ha ido a más. En Estados Unidos y aquí en España, se puede distinguir en qué bloque ideológico se sitúa cada diario. Hay que leer la misma noticia en dos, tres o cuatro publicaciones para ver cómo cada uno titula, sesgadamente, a un lado u otro.

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