Aquel estallido de la madera contra el cuero no fue un simple sonido; fue el rugido de una nación contenida que encontró en el diamante su libertad más pura. Ayer, bajo las luces que parecían estrellas conspirando a nuestro favor, cada batazo fue un relámpago de identidad que rasgó la noche, una parábola de esperanza que voló más allá de las bardas para recordarnos quiénes somos. Vimos a nuestros hombres correr las bases como quien corre hacia el abrazo de una madre, con una urgencia que no nacía del marcador, sino de un hambre antigua de gloria y de justicia emocional. Cada base robada fue un acto de audacia, un paso firme en la reconquista de nuestra alegría, demostrando que cuando el talento se funde con el propósito, lo imposible se rinde ante la voluntad.
Este triunfo no es un accidente del destino, sino la cosecha de una siembra que comenzó en marzo de 1961. En aquel entonces, la visión de hombres extraordinarios entendió que, para construir una nación, primero había que edificar el alma de sus niños. Bajo la premisa de que «es necesario saber de béisbol, pero más importante es saber de niños», se gestó un movimiento que transformaría el tejido social de Venezuela
Esta epopeya contemporánea no comenzó ayer con el primer lanzamiento, sino en el lejano marzo de 1961, cuando la visión de hombres monumentales decidió que el destino de un país se jugaba en la mirada de sus niños. Fue entonces cuando Luis “el Mono” Zuloaga, José Del Vecchio y Jose “Chepino” Gerbasi “ y otros grandes como Héctor Hernández Carabaño y el Padre Fernando Moreta sembraron la semilla de Los Criollitos de Venezuela , entendiendo con una sabiduría casi mística que, si bien es necesario saber de béisbol, es infinitamente más importante saber de niños. trazó el mapa de lo que hoy somos. Ellos no fundaron una liga; edificaron un santuario donde el deporte se convirtió en un arma contundente contra la sombra y en la más enaltecedora de las enseñanzas para la vida del hombre.
El país que ayer vimos vibrar es el país que necesitamos y el que, en esencia, ya somos cuando nos miramos en el espejo de nuestra propia nobleza. Es la Venezuela que entiende que su mayor triunfo no es un trofeo de cristal, sino la formación de buenos ciudadanos a través del esfuerzo organizado. Es el eco del compromiso de esos pioneros que, como mi padre José “Chepino “Gerbasi, creyeron que la salud física y mental de nuestra juventud era la base real de cualquier soberanía. Cada jugada magistral de ayer fue un tributo a ese voluntariado incansable que ha vencido obstáculos y ha fortalecido a la familia venezolana por décadas.
Sentir ese orgullo que humedece los ojos es reconocer que somos hijos de una estirpe de soñadores que no se detuvieron ante nada. La selección nacional es hoy el fruto de esa siembra de 1961, la prueba viviente de que la disciplina y la nobleza representan la victoria más alta del espíritu humano. Somos el país que se levanta con bríos envidiables, el que juega con el corazón en la mano y el que sabe, desde hace más de sesenta años, que el verdadero diamante está en el alma de cada niño que sueña con un bate en el hombro. Ayer ganamos un clásico mundial , pero lo más importante hoy confirmamos que el sueño de esos grandes venezolanos sigue vivo, latiendo en cada rincón donde un niño aprenda que, antes que un atleta, está llamado a ser un hombre de bien
Vamos por más…
@jgerbasi
Nota del autor :
La verdadera gloria de este triunfo histórico se ve hoy empañada por la suspensión de clases, una medida populista que hiere el futuro de una Venezuela en crisis que lo que urge es rigor y trabajo, no pausas injustificadas. El país que soñamos se edifica con pupitres llenos, donde la hazaña de ayer se explique no como un azar, sino como la cosecha de una siembra de valores que inició en marzo de 1961 gracias a la visión de hombres como mi padre, Jose «Chepino» Gerbasi, junto a Luis Zuloaga y José Del Vecchio. Ellos no buscaron el asueto, sino formar buenos ciudadanos a través del deporte organizado , convencidos de que la nobleza en la disciplina representa la más enaltecedora de las enseñanzas para la vida del hombre. En lugar de vaciar las aulas, el verdadero júbilo habría sido honrar esa vocación de servicio que, de forma privada y apolítica, ha fortalecido a la familia venezolana, enseñando a nuestros hijos que para alcanzar las «Grandes Ligas» de la vida, el único camino es el compromiso ininterrumpido con el conocimiento y la educación


