Existe una crítica recurrente hacia María Corina Machado: que es demasiado rígida, que no está particularmente interesada en adaptarse a las realidades diplomáticas que rodean la crisis política de Venezuela y que no se inclina especialmente hacia el compromiso.
Por: Pedro Garmendia – Caracas Chronicles
El argumento es sencillo. Se supone que momentos como este requieren flexibilidad, negociación y disposición para adaptarse. Desde esa perspectiva, su estilo puede parecer poco apropiado para la situación.
Pero esa interpretación es, en el mejor de los casos, incompleta. Presupone un nivel de intransigencia que no siempre se refleja en su actuación real, especialmente en sus relaciones con actores internacionales. Más importante aún, presupone que Venezuela está atravesando una transición política convencional, cuyo principal desafío es gestionar una redistribución ordenada del poder.
Eso no es exactamente lo que está sucediendo.
Porque en las crisis nacionales más profundas, la cuestión no radica solo en cómo cambia el poder de manos, sino en si el país aún se percibe a sí mismo como una comunidad política funcional. Y en esos momentos, la tensión no se da simplemente entre rigidez y pragmatismo, sino entre adaptación y el riesgo de dilución política.
Esta tensión no es nueva. Durante la Segunda Guerra Mundial, Charles de Gaulle era visto por sus aliados como arrogante, inflexible y prácticamente imposible de tratar. Franklin D. Roosevelt lo tachó de diva que «se creía Francia». Winston Churchill, con más reticencia, lo llamó «la cruz más pesada que tengo que cargar», y ambos lidiaron con lo que consideraban su negativa a comportarse como el líder de un país derrotado.
Preservar la idea de Francia como nación, incluso en la derrota, requería cierta obstinación política, que inevitablemente generaba fricciones con los aliados centrados en la gestión de la guerra.
Entre Churchill y Roosevelt, trazaron el retrato de un hombre demasiado rígido, demasiado orgulloso, demasiado autoproclamado para ser útil, y sin embargo demasiado indispensable simbólicamente como para ignorarlo.
Al fin y al cabo, De Gaulle no contaba con un ejército real al principio, ni con territorio, ni con un aparato estatal que lo respaldara. Sin embargo, insistía en hablar y actuar como si Francia aún existiera como una fuerza política soberana.
Desde fuera, esa postura a menudo parecía irrazonable, incluso contraproducente. Desde la perspectiva francesa, era otra cosa. De Gaulle comprendió que si el líder que decía representar a Francia comenzaba a comportarse principalmente como un actor dependiente, el propio país corría el riesgo de ser visto de esa manera. Preservar la idea de Francia como nación, incluso en la derrota, requería cierta tenacidad política, que inevitablemente generaba fricciones con los aliados centrados en la gestión de la guerra. Al mismo tiempo, De Gaulle se cuidaba de expresar gratitud por el apoyo del que dependía Francia, aun cuando se resistía a ser definido por él. El reto no era rechazar las alianzas, sino evitar ser políticamente reducido por ellas. Fue precisamente ese equilibrio, difícil y a menudo incómodo, lo que más tarde le permitió reaparecer no solo como figura política, sino como la encarnación del resurgimiento de Francia.
En la historia política existe una larga tradición de lo que los franceses denominan el «hombre providencial» : la idea de que, en momentos de grave crisis nacional, ciertas figuras llegan a encarnar algo más que un programa político. Se las considera, a veces con reticencia, imprescindibles para la resolución de la crisis. A Charles de Gaulle se le solía describir en esos términos, no porque buscara cultivar esa imagen, sino porque el colapso del Estado francés creó un vacío que solo una figura con ese tipo de autoridad simbólica podía llenar.
En un contexto muy diferente, el papel de María Corina Machado en este capítulo más reciente de la historia de Venezuela ha adquirido un tono similar. No como una líder política convencional, sino como una figura sobre la que se han proyectado expectativas más amplias respecto a la recuperación nacional. Esto no resuelve los desafíos prácticos del momento, pero sí complica la suposición de que simplemente se la puede tratar como un actor más dentro del proceso.
Más recientemente, Volodymyr Zelenskyy se ha enfrentado a una tensión similar. La supervivencia de Ucrania depende en gran medida del apoyo occidental, especialmente de Estados Unidos, pero su relación con Washington, sobre todo bajo el mandato de Donald Trump, ha estado marcada a menudo por una tensión visible. En ocasiones, Zelensky ha tenido que absorber las críticas públicas, ajustar su tono e incluso mostrarse deferente de maneras que, desde fuera, pueden resultar incómodas. Pero eso es solo una parte del panorama. También se ha esmerado en expresar constantemente su gratitud por el apoyo estadounidense, reconociendo que ha sido esencial para la defensa de Ucrania, incluso mientras sigue presionando para obtener más ayuda y afirmando el valor estratégico del país. El resultado no es una simple postura de desafío o sumisión, sino algo más complejo: una negociación constante entre dependencia y dignidad.
Machado opera dentro de esa misma tensión. La crisis política de Venezuela suele plantearse como un problema de negociación, susceptible de resolverse mediante concesiones calibradas, mediación internacional y una normalización gradual. Sin embargo, este planteamiento omite algo más fundamental. Para gran parte del país, la cuestión no radica simplemente en cómo se redistribuye el poder, sino en si el resultado refleja el mandato democrático ya expresado. En ese contexto, un estilo de liderazgo que desde fuera parece inflexible podría estar respondiendo, de hecho, a una limitación completamente distinta: la necesidad de mantener la idea de que Venezuela no ha aceptado su situación política como definitiva.
Los procesos políticos pueden negociarse, estructurarse e incluso recibir apoyo externo, pero no pueden estabilizarse por completo sin la sensación de que reflejan la voluntad de la sociedad que pretenden reordenar.
Si la trayectoria de De Gaulle nos deja alguna lección, no es simplemente que los líderes difíciles pueden resultar indispensables, sino que los sistemas políticos construidos en torno a figuras que carecen de legitimidad tienden a ser frágiles. Con el tiempo, los sistemas que intentan eludir a quienes encarnan el mandato político de un país suelen volver a ellos, no por preferencia, sino por necesidad.
Algo de esa dinámica comienza a manifestarse en Venezuela. Los acontecimientos de principios de enero generaron la sensación, aunque fugaz, de que finalmente podría abrirse paso una oportunidad política. Esa expectativa no se ha materializado de forma generalizada, y la brecha entre la anticipación y el resultado comienza a generar una frustración visible. En cambio, emerge una configuración más ambigua, una transición que apunta hacia el cambio sin convencer del todo de que este se haya producido.
En ese contexto, la cuestión no es si María Corina Machado se siente cómoda dentro del proceso, sino si un proceso que se desarrolle sin ella puede lograr un amplio respaldo social. La tendencia a verla principalmente como una fuerza desestabilizadora conlleva el riesgo de pasar por alto un punto más fundamental. En momentos como este, los líderes que gozan de legitimidad política suelen ser aquellos a quienes los sistemas tienen dificultades para integrar, incluso cuando resulta cada vez más difícil excluirlos. Winston Churchill, quien en su momento había encontrado a De Gaulle exasperante, lo reconocería más tarde: «Aquí había un hombre que, aunque no fue elegido, aunque ni siquiera fue aceptado por todos los franceses, representaba a Francia… Era el espíritu de Francia».
Esa puede ser la incómoda realidad de momentos como este. Los procesos políticos pueden negociarse, estructurarse e incluso recibir apoyo externo, pero no pueden estabilizarse por completo sin la sensación de que reflejan la voluntad de la sociedad que pretenden reordenar. La dificultad reside en que las figuras que encarnan esa voluntad rara vez son las más fáciles de integrar.
Son, en la mayoría de los casos, quienes insisten en hablar como si el país que representan aún no hubiera aceptado su situación como definitiva.

