Morfema Press

Es lo que es

El lujo que las tiranías no conceden, por @ArmandoMartini

Comparte en

Winston Churchill observó, con su habitual economía de crueldad, que la democracia es el peor sistema de gobierno, con excepción de todos los demás. Lo que el estadista omitió es que la democracia también es frágil y lo único que exige como condición es que sus ciudadanos sepan organizarse para defenderla. Una tiranía solo necesita que no lo hagan. El chavismo no precisó conquistar; le bastó con que los venezolanos no pudieran ponerse de acuerdo.

Venezuela lleva décadas siendo laboratorio donde esa asimetría se perfeccionó hasta hacerse casi científica. El chavismo comprendió lo que tantos tardaron en ver. No era ineludible ganar el amor del pueblo, suficiente con impedir que actuara junto. La represión fue instrumento visible; el caos, la herramienta real.

«Una idea paralizó a la oposición venezolana y a la comunidad internacional, la ilusoria convicción de que las sociedades transitan —sin obstáculos— del autoritarismo a la libertad». Error.

Observadores internacionales, analistas bienintencionados y opositores entusiastas compartieron una misma fe laica; que la historia tiene inercia propia, que los pueblos agraviados tarde o temprano se sacuden el yugo, que basta con acumular suficiente indignación para que el cambio llegue solo; como el autobús que siempre termina apareciendo si uno espera con suficiente convicción en la parada. La historia, no les devolvió el favor.

El camino de la dictadura a la democracia no es lineal ni mecánico. Es una construcción frágil y quebradiza, sembrada de inconvenientes y estorbos. El chavismo lo entendió. Por eso no se limitó a reprimir; desorganizó y fragmentó el tejido social hasta hacer irreconocible la acción colectiva, remplazándola por supervivencia individual. Y logró lo que ningún régimen confesaría como estrategia oficial, convertir el caos en gobernabilidad.

Sin embargo, los sistemas perfectos tienen una debilidad congénita, funcionan hasta que dejan de hacerlo. La resignación —el veneno silencioso que anestesió a una sociedad vibrante— comenzó a ceder. No de golpe, ni por decreto, sino como ceden las cosas que importan, por la secuencia de irreversibilidades que, vistas en perspectiva, resultan ser el inicio de algo.

Aquí conviene, no obstante, un momento de honestidad incómoda, el tipo de pudor que los optimistas suelen posponer para mejor ocasión. El brío social, el arrojo ciudadano, no edifica democracia por sí solo. Puede disiparse —peor aún, dilapidarse— tan rápido como apareció. La historia está sobrada de movimientos que derribaron tiranos y luego naufragaron en la desorganización, confundieron la euforia con la victoria y descubrieron que son distintas.

«El camino del impulso a la dirección no es un detalle minúsculo. Es la bisagra entre la rebelión y la transición».

Es en ese punto, en esa articulación, donde el regreso de María Corina Machado adquiere un significado que trasciende su figura. No porque ella inicie el proceso —sería injusto ignorar el trabajo ciudadano y la abnegación colectiva de años—, sino porque lo transforma. Introduce guía, inspiración, coordinación, donde antes había propulsión. Aporta referencia en torno a la cual una sociedad desperdigada puede comenzar a construir algo que se parezca a un proyecto común. Convierte lo espontáneo en estructurado. Lo efímero en sostenido.

¿Significa que la vía está despejada? No. El régimen conserva recursos, armas y fragmentos del aparato estatal. El caos como estrategia no ha desaparecido, ha perdido parte de su eficacia porque la sociedad ha dejado de jugar ese juego. Pero el verdadero desafío está en traducir el arrojo social en orden democrático, sin caer en los atajos autoritarios que, con irritante frecuencia, se presentan como soluciones expeditas.

Lo que está en juego no es un cambio de gobierno. Es algo transcendental, demostrar que Venezuela puede salir del laberinto del caos inducido y construir un orden desde abajo, con dirección clara, pero sin la tentación del hombre fuerte que siempre acecha a las transiciones exhaustas.

La figura de María Corina puede ser el ancla, el punto de gravedad en torno al cual se articule ese proceso. Pero la construcción del puente no es responsabilidad de una persona. Es de una sociedad que decida, con plena conciencia de lo que implica, que el orden que viene no será el de la opresión renovada, sino el de la libertad posible.

El impulso está. La dirección, también. Resta el acto más difícil, el que ninguna euforia puede sustituir; organizarse, estructurarse, construir instituciones antes de que el infame régimen opresor contraataque con más caos o su variante sofisticada, la cooptación.

Churchill dijo: “El precio de la grandeza es la responsabilidad”. Venezuela lleva décadas pagando sin recibir dignidad. Quizás esta sea, en mucho tiempo, la oportunidad de invertir el orden de los factores. Y en ese sentido —solo en ese sentido—, la palabra alcanzable ha dejado de sonar a ingenuidad. Suena, con toda la cautela que el análisis permite, a estrategia.

@ArmandoMartini

WP Twitter Auto Publish Powered By : XYZScripts.com
Scroll to Top