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Delcy Rodríguez: La arquitecta del colapso que hoy promete el milagro

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Ayer, Delcy Rodríguez le habló a Venezuela, pero el país no escuchó un informe de gestión; escuchó un lanzamiento de campaña. Con un tono que pretendía ser técnico, moderado y quirúrgicamente prudente, Rodríguez desplegó un léxico de «recuperación», «crecimiento» y «sostenibilidad» que poco tiene que ver con la estridencia histórica del chavismo. Sin embargo, en política, lo que se calla suele ser más elocuente que lo que se grita.

Por: Federico Black – Contexto

Lo más revelador de su discurso no fueron sus promesas, sino sus ausencias.

Rodríguez prácticamente borró a Nicolás Maduro de la narrativa. No hubo una defensa apasionada ni una reivindicación de su figura; apenas menciones periféricas. No es un descuido, sino un cálculo frío. Con Maduro bajo el peso de la justicia estadounidense y ella ejerciendo un poder bajo la mirada —inevitable y vigilada— de Washington, cualquier intento de rescatar la imagen del presidente sería un lastre político inviable. Por eso, en lugar de defenderlo, decidió sustituirlo.

La ruptura no es frontal, sino a través de una memoria selectiva. Al desplazar a Maduro, Rodríguez invoca la sombra de Hugo Chávez como un refugio emocional. Su referencia es el año 2012, una época de bonanza que hoy utiliza como estándar dorado, recordando que la economía actual es apenas un fragmento de lo que fue entonces.

Pero esa nostalgia es una trampa estadística.

En 2012, el barril de crudo Brent promediaba los 111,67 dólares. Venezuela nadaba en la mayor entrada de divisas de su historia y el problema jamás fue la escasez de recursos, sino el destino que se les dio. Aquel periodo no sentó las bases de una economía sana; por el contrario, cementó un modelo dependiente, corrupto y asfixiado por controles que terminaron por aniquilar el aparato productivo. Fue, en blanco y negro, el prólogo del colapso actual.

Y hay un detalle que la vicepresidenta parece omitir: ella no es una recién llegada intentando ordenar el caos. Ella es el caos con memoria.

Delcy Rodríguez no puede eludir su responsabilidad porque su firma está estampada en cada etapa del desastre. No es una técnica que aterrizó ayer para salvar el barco; es una tripulante de primera clase que ha pasado por todas las oficinas del poder durante más de dos décadas.

Su trayectoria es el mapa de la debacle. Desde sus inicios en 2003 en la Coordinación de la Vicepresidencia, pasando por la Dirección de Asuntos Internacionales de Energía y Minas, hasta llegar al Despacho de la Presidencia en 2006. Fue la voz del sistema como Ministra de Comunicación y el rostro del aislamiento como Canciller entre 2014 y 2017. Luego, presidió la Asamblea Nacional Constituyente y, desde 2018, se consolidó como la mano derecha del sistema desde la Vicepresidencia Ejecutiva.

En los últimos años, su control ha sido absoluto. Ha manejado simultáneamente los hilos de la Economía, las Finanzas y, recientemente, el corazón del país: el Petróleo y los Hidrocarburos. Si la economía venezolana es hoy una fracción de lo que fue, es bajo su supervisión directa. Por eso, cuando habla del desastre como un factor externo o como una herencia recibida, olvida que ella misma fue la arquitecta y ejecutora de las políticas que vaciaron las arcas públicas.

Hoy, el chavismo que ella encarna ha pasado por un proceso de rebranding forzado. El rojo perdió protagonismo, el «socialismo» se ha quedado sin voz y en su lugar aparecen conceptos como inversión, productividad y activos estratégicos. No se trata de una conversión ideológica, sino de una adaptación de especie: no están desmantelando el sistema, están intentando hacerlo funcional para que los mismos de siempre sigan en el poder.

Este giro tiene una intención electoral inmediata. En una sociedad tan golpeada como la venezolana, cualquier leve señal de mejoría genera una expectativa desproporcionada. Rodríguez apuesta a construir una narrativa de recuperación que exige, como requisito obligatorio, la amnesia colectiva.

Su propuesta requiere que el país olvide la persecución, el cierre de los espacios democráticos y el deterioro terminal de los servicios públicos. Exige olvidar que millones de venezolanos cruzaron fronteras a pie solo para poder sobrevivir. Pero, sobre todo, exige olvidar quiénes sostenían el timón mientras el barco se hundía.

Delcy Rodríguez no es una outsider. Es el sistema mismo intentando reciclarse ante la mirada de un país que exige respuestas, no solo promesas. El problema no es que hoy proponga cambios; el problema es que lo hace fingiendo que no tiene pasado. Pero en política, los cargos no solo otorgan poder, también acumulan facturas. Y en el caso de la vicepresidenta, su historial de dos décadas no es un detalle biográfico; es la prueba irrefutable de que nadie puede ser, al mismo tiempo, el autor del incendio y el jefe de los bomberos. Gobernar es administrar el presente, sí, pero también es responder por lo que se hizo. Y ese es un balance que Delcy Rodríguez aún no ha entregado.

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