Por Elizabeth Sánchez Vegas
Hay una frase que se ha vuelto refugio, excusa y anestesia al mismo tiempo: “Ese discurso no es para nosotros; cuando el presidente Trump habla, les habla a los americanos”. La repiten venezolanos y americanos por igual, y no son pocos los observadores en otras latitudes que la hacen suya cuando les resulta conveniente. Suena razonable, casi prudente. Pero en 2026, cuando la información no reconoce aduanas y un solo pronunciamiento desde la Casa Blanca se multiplica en segundos por Caracas, Maracaibo, Miami, Bogotá o Madrid, esa idea ya no describe la realidad: la encubre. Se ha convertido en la coartada intelectual más cómoda para no llamar las cosas por su nombre, para suavizar el agravio, diluir responsabilidades y mantener anestesiada a una opinión pública que ya ha recibido demasiados golpes.
Basta observar cómo reacciona el mundo entero cada vez que habla un presidente de Estados Unidos. Ningún gobierno serio, ningún mercado con criterio propio, ninguna cancillería entrenada ni inversionista que ponga dinero real actúa como si se tratara de un asunto íntimo y doméstico, herméticamente encerrado entre las fronteras norteamericanas. Todos entienden lo mismo: cuando habla ese centro de poder, emite señales que viajan hacia afuera tanto como hacia adentro. A los aliados, a los adversarios, a los mercados, a los regímenes que respiran gracias a licencias y alivios de sanciones, a las oposiciones que esperan definiciones claras y, sobre todo, a los pueblos cuya suerte se negocia, se instrumentaliza o se discute en ese mismo tablero. A veces el destinatario formal es uno; el destinatario real son diez.
En el caso de Venezuela, la excusa se vuelve todavía más torpe, casi insultante. No estamos ante una república remota sin vínculos con la política exterior estadounidense. Hablamos de un país atravesado durante años por sanciones, licencias petroleras, flujos migratorios masivos, reconocimientos diplomáticos, presiones hemisféricas y cálculos de seguridad continental. La interconexión no es una consigna teórica: es una condición estructural. Lo que se dice en Washington reverbera de inmediato en el dólar que se mueve en la calle, en las remesas que sostienen a familias enteras, en las licencias que aprietan o aflojan el suministro de combustible y medicinas, en el clima de represión que sube o baja según cambie el viento geopolítico y en el futuro que millones de migrantes leen entre líneas cada vez que cambia el tono desde la Casa Blanca.
Los hechos recientes lo dejan claro. Reuters informó esta semana que American Airlines prevé reanudar vuelos entre Miami y Caracas tras la aprobación del Departamento de Transporte de Estados Unidos y el levantamiento de la prohibición de 2019, una decisión adoptada después de la orientación del presidente Trump. Del mismo modo, la nueva ley minera venezolana fue aprobada en un contexto de flexibilización de restricciones por parte de Washington y de apoyo estadounidense a esa apertura. Se podrá discutir si esas decisiones son prudentes, cínicas o peligrosas; lo que ya no se puede sostener seriamente es que el mensaje “era para otros” y que Venezuela no estaba en la sala. Venezuela estaba en la decisión, en la consecuencia y, como casi siempre, en la factura.
La frase “ese discurso no es para nosotros” cumple una función política muy precisa: neutralizar el efecto del mensaje cuando ese mensaje altera intereses, incomoda negocios o rompe monopolios de interpretación. La repiten algunos por cálculo puro, otros por comodidad intelectual y no pocos por lealtades selectivas, tanto en el oficialismo como en ciertos sectores de la oposición y también entre analistas y políticos estadounidenses. Lo curioso y lo obsceno es que muchos de los mismos que la pronuncian en público terminan invocando esos mismos discursos cuando les conviene.
Y es allí donde duele de verdad. Porque mientras unos repiten “eso es solo para los americanos”, la sociedad civil venezolana es la que recibe el golpe más directo: la que ve cómo desde Washington se elogia la “estabilidad” y la “buena disposición” de figuras del chavismo que han administrado el desastre durante años. Al final, los que pagan el precio no son los que negocian en despachos o viajan a Washington: son las familias que luchan día a día, los migrantes que ven su futuro tambalearse y la sociedad civil que carga con el peso de decisiones tomadas sobre su cabeza.
La historia, vista con rigor y sin romanticismos, lo confirma una y otra vez. Desde la Doctrina Monroe hasta la Guerra Fría, pasando por las políticas hemisféricas más recientes, los presidentes estadounidenses jamás han hablado únicamente para consumo interno. Cuando Reagan señaló el Muro de Berlín como una afrenta moral, no pensaba solo en Iowa; enviaba un mensaje a Moscú y, por extensión, a todos los regímenes que vivían del miedo y el control. Cuando Obama modificó la relación con Cuba, el eco no se quedó confinado a La Habana: se sintió también en Caracas y en Managua. La interdependencia no es una moda; es la forma en que funciona el poder en un mundo donde las fronteras discursivas son un espejismo. Como advertía Brookings, la diplomacia pública en la era digital dejó de hablarle a un solo destinatario: la tecnología multiplica voces y expone los mensajes a audiencias múltiples al mismo tiempo.
Por eso irrita tanto esa frase trillada. Porque ya no describe nada: solo sirve para infantilizar políticamente a quienes la escuchan y la repiten. Equivale a pedirle a Venezuela que no mire lo que sí la afecta, que no traduzca las señales, que no ate cabos, que no desconfíe con inteligencia. Como si a los venezolanos solo les correspondiera obedecer los efectos, pero nunca interpretar las causas. Como si la soberanía pudiera usarse de coartada para taparse los oídos en medio de una alarma. La crisis venezolana dejó hace tiempo de ser un problema encerrado dentro de sus fronteras: exportó migración forzada, desestabilización regional, crimen organizado y alianzas que rebasan con creces el plano nacional. Cuando un Estado convierte su tragedia en un problema continental, la respuesta internacional deja de ser un capricho ajeno; pasa a formar parte del campo legítimo de reacción de las democracias.
Venezuela no necesita más frases tranquilizantes ni más tutores emocionales que administren el desastre con maquillaje verbal. Necesita una conversación adulta. Y esa conversación empieza por renunciar a las coartadas que tanto daño nos han hecho. La interconectividad es irreversible. Los mensajes desde Washington, como los de cualquier líder con capacidad real de influir en el equilibrio internacional, no tienen fronteras discursivas. Negarlo es una forma elegante de encubrir la inacción o, peor aún, de proteger un statu quo que ha resultado rentable para demasiados actores y devastador para el país.
La presión internacional, incluida la verbal, ha sido uno de los pocos frenos frente a la normalización del horror. No basta, desde luego. Pero decir que “no va con nosotros” es insultar la inteligencia de un pueblo que ha pagado en carne propia las consecuencias de cada decisión tomada lejos de sus fronteras. El discurso sí es para nosotros, porque Venezuela forma parte de ese tablero desde hace años.
Después de tanto sufrimiento, el pueblo venezolano merece algo mejor que excusas cómodas. Es hora de enfrentar con lucidez que los mensajes de Washington nos alcanzan, nos moldean y a veces nos duelen. Solo cuando dejemos de negarlos podremos exigir que el mundo nos trate con el respeto que corresponde a una nación que ha resistido con dignidad.


