Por Marcelo Duclos
Desde su red social, el empresario e innovador cayó en uno de los vicios de los talentosos tecnológicos: el pesimismo con respecto al trabajo futuro y el delirio del “salario universal”
Cuando decimos “desde su red social” no hacemos referencia a su cuenta, en este caso de X. Hablamos de su red social, literalmente, como es ahora para Elon Musk la plataforma anteriormente llamada Twitter. Allí, en una de sus publicaciones que se viralizan (todas), el talentoso megaempresario dijo una estupidez, digna de un joven militante trotskista del Partido Obrero. Porque sí, hasta los genios (en algunos ámbitos, ya que nadie lo es en todos) pueden decir una boludez en las áreas que no son de su experticia. Por eso, algo inteligente para hacer es dedicarse a hablar (con seriedad) de los temas que se manejan.
Musk puede haber hecho un gran aporte al inicio del gobierno de Donald Trump en materia de eficiencia del Estado, pero evidentemente sabe poco de política monetaria y no aprendió nada sobre una de las principales lecciones históricas de la economía: la absoluta imprevisibilidad del futuro.
Lo que dijo el empresario admirado por todos nosotros es que, en el futuro, la inteligencia artificial dejará a muchas personas sin empleo. Esto, como enunciado pesimista. Luego, como para “que no panda el cúnico”, como decía el Chapulín Colorado, agregó que la modernización será tan fuerte, que la multiplicación de los bienes y servicios permitirá un ingreso universal gubernamental emitido por el Estado, que no generará inflación. Aunque se trate de uno de los ídolos de la “derecha” actual (por simplificar el término), lo cierto es que, conceptualmente, de su apreciación se desprenden todas las tesis marxistas. Por ejemplo, proyectar en estático lo que es dinámico, el escenario pesimista que requiere intervención y, sobre todo, la subestimación de las personas que necesitarán el cheque del Estado para poder vivir.
Empecemos por esta cuestión monetaria, que viene generando resultados poco felices, producto de las conclusiones de, incluso economistas de mercado, como Milton Friedman. Existe la creencia (luego de tantos dislates inflacionarios) de que si la expansión monetaria es igual o inferior a la demanda de dinero, el efecto es “neutro”. O sea, que se puede emitir y expandir hasta determinado punto la base monetaria. Esto tiene que ver con el hecho de que cuando se emite sin demanda de dinero, el resultado es la depreciación de la moneda y el aumento de precios. Sin embargo, esta neutralidad es una estafa como la inflación misma. Sobre este tema se expiden solamente economistas como Javier Milei, Alberto Benegas Lynch (h) y Jesús Huerta de Soto, entre pocos austríacos más.
Pero si la emisión y la expansión monetaria igualan o no superan a la demanda y a la multiplicación de bienes y servicios, aunque los precios no aumenten hubo otra especie de robo. Es que, si la misma no hubiese tenido lugar, cada unidad monetaria de cada trabajador hubiese pasado a comprar más bienes y servicios que antes. Muchos economistas, que admiten la única raíz del problema inflacionario, no dicen nada cuando los precios se mantienen, pero se suprime el escenario alternativo del aumento del poder adquisitivo de cada unidad monetaria.
Yendo al otro asunto, Elon Musk –que vaticina que la IA eliminará muchas de las fuentes laborales de la actualidad– acepta esa innovación como una variable, pero deja fija otra cuestión: que los recursos se liberarán para nuevas o diferentes actividades demandadas. Cuando aparecieron los autos, algunos habrán pensado que los herreros de caballos se quedarían desempleados por siempre. Lo mismo que los fabricantes de velas ante la irrupción de la electricidad. Pero la historia mostró que siempre lo que vino después (en un esquema de mercado abierto, innovación y competencia) ha demandado muchas más fuentes de trabajo que lo que se eliminaba.
En 1946, Henry Hazlitt ya describió esta situación en Economía en una lección haciendo referencia a lo que calificó como “el odio a las máquinas”. En 20 años se cumplirá un siglo de aquel clásico, cuando la preocupación no era la IA, sino las máquinas que hoy son obsoletas. Elon Musk podría comprar el libro, ya que le resultaría de mucha utilidad.


