Por @melania0880
Hay ciudades que se visitan. Y hay ciudades que, de repente, se convierten en otra cosa.
𝐀𝐲𝐞𝐫, 𝐌𝐚𝐝𝐫𝐢𝐝 𝐟𝐮𝐞 𝐕𝐞𝐧𝐞𝐳𝐮𝐞𝐥𝐚.
Desde que llegué en la mañana a Puerta del Sol, algo ya se movía en el ambiente. Eran apenas las 10:30, los equipos se instalaban, los coordinadores iban y venían, y ya había gente. No mucha, pero suficiente para sentirlo: esa energía conocida que no es ruido ni silencio. 𝐄𝐬 𝐢𝐥𝐮𝐬𝐢𝐨́𝐧.
Horas después, en un encuentro más cercano, ver a @MariaCorinaYA de frente confirma algo: no es solo lo que dice, es cómo está. Cómo se acerca, cómo abraza, cómo se detiene, especialmente con los niños. Lo de los niños no es un detalle menor: los mira distinto, les sonríe distinto, los sostiene como si en ese gesto también estuviera el país que quiere reconstruir.
De ahí salimos con el tiempo justo, cruzando una ciudad que decidió arder bajo un sol implacable. El calor era pesado, incómodo, de esos que agotan antes de llegar. Pero nada preparaba para lo que venía.
Sol no estaba lleno. Estaba desbordado.
No era solo la plaza: eran las calles laterales, los accesos, cada rincón tomado por gente. Se habla de más de 350.000 personas, pero la cifra se queda corta cuando intentas atravesarla. Llegar a nuestro punto fue, literalmente, una odisea. Y aun así, nadie se quejaba.
La gente estaba de pie, bajo un calor insoportable, apretada, muchas veces sin ver bien la tarima. Algunos distinguían una pantalla lejana. Otros, ni eso. Pero ahí estaban. Porque no se trataba de ver, sino de estar.
Había venezolanos de todas partes: Galicia, Valencia, Barcelona, Alicante, Tenerife, Murcia, Madrid. También gente de Italia, Austria, Suecia, Francia. Y, como siempre, cubanos acompañando, entendiendo lo que significa sostener la esperanza cuando parece imposible.
Pero lo más impresionante no era de dónde venían. Era cómo estaban. Caras de emoción, sonrisas con nostalgia, ojos brillando… y otros llenos de lágrimas.
En medio de todo, algo era evidente: no había diferencias. Políticos, periodistas, creadores, gente conocida… daba igual. Todo eso se diluía. Nadie era más que nadie. No había jerarquías ni distancias. No existía el “yo soy” frente al “tú eres”.
Éramos todos lo mismo: venezolanos. Y eso, aunque suene simple, hoy es raro.
También fue un día de encuentros. De esos que no se planean pero importan. Personas que se acercaban a saludar, a dar un beso, a decir “te sigo”, “te leo”, “gracias”. Gente de redes, de lejos, gente que uno reconoce sin haber visto nunca. Me habría gustado detenerme más, hablar con todos, abrazarlos con calma. No fue posible. Era demasiado. Pero queda la sensación de que nos volveremos a encontrar, aquí o donde toque.
𝐘 𝐥𝐥𝐞𝐠𝐨́ 𝐞𝐥 𝐦𝐨𝐦𝐞𝐧𝐭𝐨.
Cuando María Corina sube a la tarima, lo primero que hace no es hablar. Pide espacio, pide a su seguridad que se aparten un poco, porque quiere ver a la gente. A todos. Ese gesto dice más que cualquier consigna.
Después vinieron las palabras. Y con ellas, algo imposible de fingir. La emoción se volvió colectiva. Mirabas a un lado y alguien lloraba. Al otro, también. Hombres, mujeres, jóvenes, mayores. Sin edad, sin filtro. Solo una sensación compartida: estar viviendo algo esperado durante mucho tiempo.
“Vamos a volver”, se repetía. Y por un momento, no sonaba a deseo, sino a certeza.
Eso es lo que cuesta explicar a quien no es venezolano. No sabemos sentir a medias. Somos intensos, cercanos, ruidosos, sí… pero profundamente humanos.
Y ayer, Madrid se vivió así. #𝐀L𝐚V𝐞𝐧𝐞𝐳𝐨𝐥𝐚𝐧𝐚.
Con calor, caos, desorden, abrazos, lágrimas… y también con algo que durante años ha sido difícil sostener: 𝐅𝐄.
Porque, más allá de cifras o discursos, lo que pasó en Sol fue un recordatorio de quiénes somos, de todo lo que hemos resistido y, sobre todo, de que todavía contra todo pronóstico, 𝐬𝐞𝐠𝐮𝐢𝐦𝐨𝐬 𝐜𝐫𝐞𝐲𝐞𝐧𝐝𝐨.


