La entrevista con Armando Martini Pietri en Venezuela Late comenzó mirando hacia Washington, pero terminó, inevitablemente, en Venezuela. No podía ser de otra manera. La noche venía marcada por el sobresalto del atentado contra la vida del presidente Donald Trump durante la cena de corresponsales de la Casa Blanca, un hecho que abrió una pregunta inevitable: ¿qué habría pasado con Venezuela si ese atentado hubiese tenido otro desenlace? La respuesta de Martini fue inmediata y sin zonas grises: rechazo absoluto a toda forma de violencia. No hubo cálculo político que justificara el horror. No hubo simpatía, causa o ideología capaz de matizar lo esencial: la violencia no conduce a ninguna parte.
Por: Elizabeth Sánchez Vegas – Venezuela Late
Esa primera reflexión fue el marco de toda la conversación. Venezuela, Irán, Cuba, China, Rusia, la OTAN, la seguridad hemisférica, los equilibrios de poder y el futuro democrático venezolano aparecieron de inmediato como piezas de un tablero más grande. Martini fue prudente: nadie puede saber qué habría ocurrido si Trump faltara del escenario. Pero sí dejó claro que, mientras esos conflictos sigan abiertos, el presidente norteamericano tendrá que moverse con más restricciones, con mayor protección y con plena conciencia de que sobre él no solo se proyectan pasiones internas de Estados Unidos, sino también los intereses de actores internacionales que miran con atención cada uno de sus pasos.
Pero Venezuela no podía quedarse mirando únicamente hacia afuera. La frase que atravesó la noche fue una advertencia suya, casi una campana de fondo: “Cuidado con la furia de un pueblo paciente.” En 2026, esa paciencia venezolana ya no es una abstracción. Está hecha de protestas reivindicativas, de trabajadores que reclaman salarios, de familiares que mantienen vigilias por los presos políticos, de ciudadanos que siguen pidiendo elecciones, de comunidades agotadas por la falta de agua, por las fallas eléctricas, por los servicios destruidos y por una frustración que se acumula como vapor dentro de una olla cerrada. Para Martini, cuando esa presión no encuentra cauce institucional, el peligro no es solo el descontento: es la anarquía. Y la anarquía, advirtió, no distingue entre culpables e inocentes; arrastra a todos.
En ese contexto entró uno de los temas más delicados de la semana: la autorización de la OFAC para permitir que fondos venezolanos puedan utilizarse en el pago de los abogados de Nicolás Maduro y Cilia Flores en el proceso judicial que enfrentan en Nueva York. La noticia encendió, con razón, una ola de indignación entre venezolanos que vieron en esa posibilidad una nueva humillación: después de años de saqueo, persecución, ruina institucional y dolor familiar, imaginar que recursos venezolanos terminen pagando la defensa de Maduro y Cilia resulta moralmente insoportable.
Martini no negó esa indignación. La reconoció. Pero pidió ir más allá del primer golpe del estómago. Su lectura fue jurídica y estratégica: si a Maduro se le impide pagar abogados escogidos por él, podría intentar alegar más adelante que el juicio estuvo viciado por falta de defensa adecuada. Y si un juicio de esa magnitud se cae por un tecnicismo procesal, el costo político y moral sería devastador.
Por eso Martini insistió en separar la rabia legítima de la arquitectura legal del proceso. El juicio está radicado en Estados Unidos y se rige por la ley estadounidense, no por la Constitución venezolana ni por las costumbres jurídicas del poder venezolano. En su explicación, la decisión de permitir esos pagos no necesariamente es un favor a Maduro, sino una forma de cerrarle una posible puerta de escape. La paradoja es amarga: el hombre que destruyó el debido proceso en Venezuela puede invocar ahora el debido proceso en Estados Unidos. Pero precisamente por eso, si se le va a juzgar, hay que juzgarlo bien. Sin regalarle el argumento de la indefensión.
Martini usó ejemplos conocidos del sistema norteamericano para explicar algo que muchas veces cuesta aceptar: en un tribunal no siempre basta la verdad moral. También pesan la prueba, el procedimiento, la estrategia, la duda razonable y los errores técnicos. Mencionó el caso de O. J. Simpson y el de Bill Clinton para mostrar cómo juicios de altísimo perfil pueden girar alrededor de definiciones, evidencias, procedimientos y grietas aprovechadas por abogados expertos. Su punto no era comparar los casos en sustancia, sino advertir que un proceso judicial puede tomar caminos inesperados, incluso cuando la opinión pública cree tener una certeza moral.
Allí apareció una de las ideas más importantes de la noche: el juicio de Maduro en Nueva York no puede secuestrar la agenda venezolana. Una corte puede procesar a un hombre; no necesariamente reconstruye una república. Un expediente penal puede condenar delitos; no sustituye la recuperación institucional, la soberanía popular ni el derecho de los venezolanos a elegir su destino. Venezuela no puede quedarse hipnotizada por cada moción, cada audiencia o cada maniobra de la defensa. La batalla sigue siendo política, institucional y, sobre todo, electoral.
La conversación avanzó entonces hacia las tres fases: estabilización, recuperación y transición. Martini rechazó la idea de que se trate de compartimientos cerrados, uno detrás de otro, como vagones perfectamente alineados. Para él, esas fases se mueven con proximidad, a veces en paralelo, a veces superpuestas. No puede haber estabilización social sin algún alivio económico; no puede haber recuperación verdadera sin horizonte político; no puede haber transición sin elecciones. La estabilidad perfecta no existe, dijo, porque toda sociedad democrática contiene conflicto, diferencias y tensión. Pero sí debe existir una ruta.
Y en esa ruta, la ciudadanía importa. Martini sostuvo que los venezolanos tienen herramientas para adelantar los tiempos si ejercen presión cívica, pacífica y razonable. La luna de miel de los primeros meses ya terminó. Si la sociedad venezolana expresa de forma clara su deseo de libertad plena, democracia plena y legitimación electoral, el plan puede ajustar sus tiempos. Para él, los planes serios, los empresariales y los políticos, siempre tienen flexibilidad, margen de corrección, plan B. De allí su énfasis en que el proceso debe terminar “impepinablemente” en elecciones. Lo que más angustia hoy no es solo la espera, sino la ausencia de una fecha cierta.
Uno de los momentos más reveladores fue su lectura de Donald Trump. Martini no lo presentó como un político convencional, sino como un empresario que piensa en activos, costos, riesgos y retorno. Habló de Trump como alguien que vio en Venezuela una especie de “toma hostil” de una empresa mal administrada: petróleo, oro, minerales, gas, recursos estratégicos manejados por gente que, según sus palabras, además de arruinar el país, se lo robó. Desde esa mirada, Trump no actúa como una ONG ni como un redentor sentimental. Actúa con una lógica dura: identifica un activo, calcula el costo de intervenir, despliega presión y luego busca recuperar lo invertido.
Esa lectura no disminuye la importancia de la causa venezolana, pero sí obliga a mirarla sin ingenuidad. Martini fue claro: Trump puede ayudar a Venezuela, pero sus motivaciones no son puramente románticas ni exclusivamente democráticas. Hay petróleo, hay seguridad, hay costo para el contribuyente estadounidense, hay barcos, destructores, presencia militar, cálculo geopolítico y necesidad de resultado. En su frase más cruda, Trump “se está cobrando lo que invirtió”. Y esa afirmación, lejos de ser cínica, coloca a Venezuela ante una verdad incómoda: podemos beneficiarnos de una estrategia estadounidense, pero no debemos olvidar que los intereses de Washington no siempre son idénticos a los anhelos venezolanos.
Esa tensión reapareció cuando se habló de Delcy Rodríguez y de las declaraciones del congresista Carlos Giménez. La pregunta era si sus advertencias tenían verdadero peso o si eran apenas retórica de Florida. Martini respondió mirando desde dónde habla Giménez: no solo desde una representación política del sur de Florida, sino desde espacios vinculados a la seguridad nacional y las fuerzas armadas. Por eso, para él, la advertencia contra Delcy no debe leerse únicamente en clave venezolana o partidista.
Martini fue más allá de la frase. Según su lectura, un actor con ese tipo de responsabilidades no mira solamente si Delcy incomoda o agrada, si Trump la usa o si Diosdado conserva poder. Mira otra cosa: Hezbollah, ELN, Hamás, células terroristas, presencia de grupos armados, seguridad del hemisferio. Ese punto cambia la dimensión del problema. Venezuela no aparece solo como una crisis democrática o como un drama humanitario, sino como un territorio atravesado por amenazas transnacionales. Cuando Giménez habla, Martini entiende que no está mirando únicamente el reparto del poder en Miraflores, sino el riesgo estratégico que ciertas redes instaladas en Venezuela representan para la región.
También se habló de María Corina Machado. Martini fue respetuoso, confiado y optimista, pero no mesiánico. Dijo creer que María Corina va a dirigir los destinos del país y que lo hará con coherencia, valentía, sensatez y prudencia. Pero también insistió en una idea esencial: Venezuela no puede recaer en la cultura del Mesías. Ningún liderazgo, por fuerte que sea, puede sustituir a la ciudadanía. María Corina no se ha vendido como salvadora solitaria; al contrario, ha insistido en que necesita a los venezolanos. La libertad no será una concesión vertical ni un acto de delegación. Tendrá que ser una construcción compartida.
En la conversación apareció además una metáfora doméstica que terminó siendo política: la lavadora. En Venezuela, dijo Martini, solemos remendar, jurungar, poner cinta, medio arreglar, sobrevivir con el aparato dañado porque no hay recursos para sustituirlo. En Estados Unidos, en cambio, se mira la garantía, se llama al técnico, se calcula el costo y, si hace falta, se cambia la máquina. La imagen provocó sonrisas, pero encerraba una verdad incómoda: Venezuela no puede seguir reparando con remaches una república rota. Hay momentos en que no basta con arreglar piezas; hay que cambiar la forma de pensar, leer las instrucciones y asumir que algunas estructuras no se salvan con remiendos.
Ese cambio cultural incluye un riesgo moral y ético enorme. Martini advirtió que una transición puede contaminarse si se rodea de malas compañías, oportunistas, infiltrados o personajes que vienen de las zonas más oscuras del poder y pretenden reciclarse como administradores del futuro. Hizo, sin embargo, una distinción importante: no todo chavista es criminal, corrupto o represor. Puede haber personas que creyeron honestamente en una idea política y que no participaron en delitos, torturas ni violaciones de derechos humanos. Pero otra cosa muy distinta es permitir que quienes vivieron de la basura moral del sistema se presenten mañana como arquitectos de la reconstrucción.
Por eso Martini recordó una regla de la política: hay que sumar, sí, pero existen sumas que restan. Esa frase resume uno de los dilemas más delicados de toda transición. Venezuela necesitará amplitud, inteligencia, acuerdos y capacidad de incluir. Pero no puede confundir amplitud con impunidad, ni pragmatismo con blanqueo, ni reconciliación con desmemoria. La reconstrucción nacional no puede ser el gran salón de reciclaje de quienes ayudaron a destruir la casa.
Cuando se le preguntó por los escenarios más peligrosos, Martini fue especialmente duro con la normalización autoritaria aceptada por cansancio. No le preocupa solo el conflicto abierto. Le preocupa esa adaptación lenta, casi resignada, a lo inaceptable. La posibilidad de que la sociedad, agotada por años de abuso, termine acostumbrándose a migajas de estabilidad, a pequeños alivios o a la sensación de estar “menos mal”, como si eso equivaliera a libertad. Su advertencia fue brutal: cuando una sociedad normaliza comer porquería, la porquería termina sabiendo bien. Venezuela no puede permitir que la mejoría parcial se convierta en renuncia a la democracia plena.
Hacia el final, la conversación volvió al papel de las redes, de los espacios ciudadanos y de quienes comunican. Allí Martini dejó una recomendación que vale como mandato ético: no mentir, no fabricar falsas expectativas, no inflar esperanzas artificiales que luego se convierten en frustración. La política debe recuperar ética, moral y verdad. En una época donde tantos buscan viralidad, aplauso o consuelo inmediato, esa advertencia tiene peso. Decir la verdad, aunque duela, es mucho más útil que alimentar fantasías que después dejan al país más cansado y más vulnerable.
La entrevista con Armando Martini Pietri no fue cómoda, y precisamente por eso fue valiosa. Nos obligó a mirar el juicio de Maduro sin ingenuidad, la estrategia de Trump sin romanticismo, la presión ciudadana sin irresponsabilidad, la transición sin maquillaje y la esperanza sin mentira.
Armando Martini habló como escribe: con franqueza, con ironía, con orden y con una lucidez que no busca agradar sino despertar. Su optimismo es exigente: confía en el futuro de excelencia que Venezuela merece, pero sabe que no llegará por inercia ni por milagro.
Después de escucharlo en Venezuela Late, queda una certeza: Venezuela no necesita solo un cambio de nombres, sino recuperar su columna moral. Y eso exige verdad, memoria y una ciudadanía que ya no acepte que otros le administren su destino.


