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Maduro ya no está, pero en Venezuela casi todo sigue igual

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Venezuela puede parecer un lugar de extremos discordantes. Desde que Estados Unidos irrumpió y capturó a su presidente, Nicolás Maduro, en enero, la élite del país con conexiones políticas ha hablado de un renacimiento económico, impulsado por las promesas estadounidenses de “desatar la prosperidad” al tomar el control de la asediada industria petrolera de Venezuela.

Por: Max Bearak – The New York Times

Al mismo tiempo, han sido liberados cientos de presos políticos, muchos de ellos demacrados y traumatizados después de años de condiciones miserables en cárceles insalubres. La mayoría tiene pánico a hablar de sus penurias por miedo a que el gobierno, que en esencia no ha cambiado salvo por la pérdida de Maduro, vuelva por ellos. Cientos más siguen encerrados.

Pero entre los bendecidos y los malditos hay una brecha abismal en la que casi todos los demás venezolanos —profesores, médicos, albañiles, vendedores ambulantes— pasan sus días rebuscando entre los escombros de una economía arrasada. Para este amplio sector de la población, la intervención estadounidense ha cambiado poco hasta ahora y solo ofrece una débil perspectiva de algo mejor.

Hace poco, cuatro profesores de política y economía se reunieron para tomar un café alrededor de una mesa de plástico en el campus donde imparten clases, la Universidad Central de Venezuela, en la capital, Caracas. Relataron cómo una espiral económica descendente a lo largo de los 13 años de Maduro en el poder los había empujado a la pobreza.

“En los últimos cinco años, la moneda se devaluó tanto que mi salario equivalía a cuatro dólares al mes. Es decir, se me olvidó que tenía un salario”, dijo Pedro García, de 59 años, que ahora dirige un sindicato de profesores jubilados.

Con el tiempo, contó, canceló más clases a fin de vender comida casera a la gente que hacía fila para conseguir combustible subvencionado en una gasolinera cerca de su apartamento. Luego vendió la cama el congelador de su suegra, y su propia bicicleta. Su pensión es una miseria: “No me alcanza para no morir de hambre”, dijo.

Su colega, Carlos Hermoso, economista, se inclinó hacia delante, frunció el ceño y dijo que la promesa de Estados Unidos de reinvertir en el país los ingresos procedentes del petróleo venezolano que vende podría dar la ilusión de “crecimiento”, pero que sería un “espejismo” para la gran mayoría de los venezolanos.

“No puedo creer que esté diciendo esto, pero espero que Estados Unidos convierta a Venezuela en su fábrica para su guerra competitiva con China”, dijo Hermoso, y se esforzó por aclarar que nunca albergaría tal deseo si la situación no fuera tan grave. “Eso sería un paso adelante para nosotros”.

El gobierno del presidente Donald Trump afirma que ha comenzado a enviar millones de dólares procedentes de las ventas de petróleo venezolano al gobierno de Caracas y que se iba a “asegurar de que esos fondos se gasten de forma transparente y en beneficio del pueblo venezolano”.

Sin embargo, tan solo reconstruir la industria petrolera podría costar más de 180.000 millones de dólares y tardar más de una década, según analistas de Rystad Energy, una empresa de investigación, e incluso entonces el país produciría menos que en su apogeo en la década de 1990.

El valor de la moneda venezolana, el bolívar, ha seguido cayendo desde que Maduro fue derrocado, con una disminución de al menos un 36 por ciento desde enero, lo que deja el salario mínimo mensual en el pasmoso nivel de 27 centavos de dólar.

Aunque Estados Unidos ha intervenido en la economía venezolana, no lo ha hecho como para apuntalar las reservas de divisas en efectivo de su banco central como hizo recientemente con Argentina.

El jueves, la líder venezolana, Delcy Rodríguez, anunció que si bien el salario mínimo seguiría siendo el mismo, los trabajadores contarían con bonos por un total de hasta 240 dólares al mes. Estudios independientes muestran que, solo en alimentos, una familia venezolana de cinco necesitaría por lo general 610 dólares al mes.

Las arcas públicas siguen prácticamente vacías, y los servicios básicos como el transporte, la educación y la salud están devastados. Casi ocho millones de venezolanos huyeron a lo largo de los 12 años de Maduro en el poder, y muy pocos han visto suficiente esperanza en su sustituta como para querer regresar.

Una mañana en Caricuao, que en su día se consideró una codiciada zona residencial de Caracas, rodeada de vegetación cerca de un zoológico, la fila para abordar autobuses destartalados se extendía por cientos de personas. Muchos de los autobuses estaban soldados entre sí: una cabina Dodge unida a un chasis Chevrolet.

Lea la nota completa siguiendo este enlace The New YTork Times

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