Usted mismo lo dijo: «La guerra en Venezuela duró aproximadamente 48 minutos. Ahora hay un espíritu allí que no tenían en muchos años, y las grandes empresas están construyendo plataformas gigantes porque hay mucho petróleo en Venezuela.»
Con todo el respeto que merece el presidente más audaz que ha tenido América en décadas, alguien cercano a usted no le está diciendo la verdad. Y eso tiene consecuencias.
La guerra duró 48 minutos. La dictadura lleva 25 años. Y sigue en pie.
El espíritu que usted describe no es lo que sienten los venezolanos hoy, personas que viven sin luz, sin agua, sin salario digno y sin una fecha electoral en el horizonte. Ese espíritu lo sienten los ejecutivos petroleros en Houston, contando sus contratos. Porque el petróleo puede ser el motor más poderoso de la reconstrucción de Venezuela, pero solo si hay un gobierno legítimo que lo administre. Con el chavismo todavía al mando, el petróleo no es prosperidad para el pueblo venezolano. Es el mismo negocio corrupto de siempre, solo que con una nueva etiqueta y una bandera americana encima.
El mismo aparato que destruyó Venezuela durante 25 años sigue controlando sus instituciones. El Tribunal Supremo ratificó a la magistrada que avaló el fraude electoral de Maduro y nombró vicepresidente a un hombre imputado por golpe de Estado. Delcy Rodríguez, la mano derecha de Maduro durante dos décadas, sigue en Miraflores. No hay elecciones anunciadas. No hay transición real. No hay fecha. Solo petróleo fluyendo hacia Houston mientras el pueblo venezolano sigue esperando la libertad que le prometieron en enero.
Señor Presidente, usted tiene cerca a alguien que puede decirle la verdad sobre lo que realmente está pasando en Venezuela. Alguien por quien el pueblo venezolano votó por millones, votos que el chavismo intentó robar. Escuche esa voz, no a quienes le pintan un panorama color de rosa porque tienen negocios que proteger.
Usted puede pasar a la historia como el hombre que capturó a Maduro, o como el hombre que de verdad liberó a Venezuela. Son dos cosas completamente distintas. La primera la logró en 48 minutos. La segunda requiere dar el paso que sus asesores no quieren que dé: elecciones libres, una transición real, democracia verdadera.
Las midterms se acercan. El electorado hispano en Florida, Texas y Nevada sabe perfectamente lo que está pasando. Tienen familia en Venezuela. Reciben las llamadas. Y esas llamadas no hablan de un nuevo espíritu. Hablan de esperar que alguien cumpla su palabra.


