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Ormuz: la soga de los ayatolás

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Por Ignacio Foncillas

Trump todavía no ha ganado la guerra, pero quizá sí el reloj. Irán ha hecho una apuesta desesperada: cerrar Ormuz para asustar al mundo. Pero puede haber cometido el error fatal de cerrar también su propia salida

De nuevo, todos mirando a Ormuz con cara de pánico. No es para menos. Mas de 850 millones de barriles de petróleo han dejado de fluir desde el inicio de las hostilidades. Cuando Irán decide convertirlo en rehén, no está cerrando una carretera regional; está poniendo una pistola sobre la sien energética de Asia, Europa y buena parte de Occidente.

Pero lo más relevante no es el número exacto de barriles retenidos, sino el hecho político: por primera vez desde el 1987, el régimen iraní ha decidido jugar abiertamente la carta del chantaje marítimo. Y, como suele ocurrir con las malas jugadas de póker, puede que haya enseñado más cartas de las que le convenía.

Los esfuerzos de Pakistán, Omán, Qatar y otros actores regionales han logrado un alto el fuego precario. Pero no han logrado lo esencial: reabrir Ormuz en condiciones normales. La tregua no es paz. Es una pausa nerviosa, llena de amenazas, drones, lanchas rápidas, petroleros detenidos, comunicados contradictorios y diplomáticos sonriendo para la foto mientras los generales mueven piezas en la sombra.

El alto el fuego que le regaló aire a Trump

Paradójicamente, este alto el fuego le ha dado a Trump una pequeña victoria política. Al declarar concluida la Operación Epic Fury, la Casa Blanca intenta presentar la fase estrictamente militar como cerrada y el bloqueo naval como una herramienta de presión posterior, no como una guerra abierta indefinida. Esa distinción no es académica: en Washington, las palabras no sólo describen la realidad; muchas veces la fabrican jurídicamente.

La cuestión constitucional no es menor. La War Powers Resolution nació tras Vietnam para limitar la capacidad del presidente de involucrar a Estados Unidos en hostilidades sin autorización del Congreso. Fue aprobada en 1973, sobre el veto de Nixon, precisamente para reequilibrar el poder entre el Ejecutivo y el Legislativo. Pero desde entonces todos los presidentes han buscado fórmulas para esquivarla, reinterpretarla o cumplirla «sin reconocerla».

Trump no inventa esa tradición. Simplemente la ejecuta con menos vergüenza estética. Y aquí, como tantas veces, conviene distinguir entre el fondo y las formas. El fondo es discutible, pero tiene lógica: si la operación militar se declara terminada, la Casa Blanca puede argumentar que ya no está «haciendo la guerra», sino aplicando presión naval y sancionadora para forzar una negociación. Las formas, como siempre con Trump, son las de un vendedor de casino.

Aun así, el resultado táctico es real. Mientras no haya bajas estadounidenses, el votante medio americano no se levanta por la mañana pensando en la interpretación exacta de la War Powers Resolution. Los demócratas ladrarán sobre el coste de la guerra —se habla ya de decenas de miles de millones—, pero Trump responderá que eso es calderilla comparado con el despilfarro federal, los fraudes sociales en bastiones demócratas y la factura infinita del Estado administrativo.

Además, las recientes primarias de Indiana han vuelto a demostrar una realidad que incomoda a la prensa zurda: la base MAGA sigue siendo extraordinariamente leal a Trump. Los candidatos respaldados por Trump ganaron la mayoría de las primarias republicanas estatales frente a legisladores que habían desafiado sus planes de redistribución electoral. En la selva republicana, desafiar al jefe sigue saliendo caro.

Irán no tiene elecciones; tiene facturas

Pero la diferencia fundamental entre Washington y Teherán es esta: Trump tiene un calendario electoral; Irán tiene una cuenta atrás económica.

En Estados Unidos, el límite político son las midterms de noviembre. Si los republicanos pierden el Congreso, Trump verá sus últimos dos años convertidos en una guerra de trincheras legislativa y judicial. Ese es su reloj. Incómodo, sí. Pero democrático.

En Irán, el reloj es mucho más brutal. No mide votos. Mide dólares, barriles, repuestos, salarios de funcionarios, subsidios internos y capacidad de pagar a los hombres que sostienen la represión. El bloqueo estadounidense está causando pérdidas diarias gigantescas —algunas estimaciones hablan de hasta 500 millones de dólares diarios— sobre un país cuya infraestructura militar, industrial y energética ya ha sido duramente castigada. La CIA, más prudente que la Casa Blanca, cree que Irán podría resistir entre 90 y 120 días, quizá más, pero esa cifra no desmiente la tesis central: el tiempo no trabaja para los ayatolás.

Y aquí está el punto que muchos analistas europeos, siempre tan finos en la teoría y tan despistados en la realidad, suelen obviar: las dictaduras también necesitan liquidez. La represión interna no se alimenta de consignas revolucionarias. Se alimenta de nóminas, privilegios, gasolina, viviendas, acceso a divisas y miedo. Si no se paga al verdugo, el verdugo empieza a quedarse en casa. O peor: empieza a negociar con el siguiente patrón. !Que se lo digan a Delcy!

Por eso el bloqueo es tan peligroso para el régimen. No porque vaya a provocar una escena de masas tomando el palacio en tres días. Las dictaduras rara vez caen así. Caen cuando sus élites empiezan a calcular que el coste de obedecer supera al coste de traicionar.

La Guardia Revolucionaria enseña los dientes

En ese contexto se entiende mejor la pelea interna del régimen. El presidente Masoud Pezeshkian y los sectores supuestamente «moderados» han intentado abrir la puerta a conversaciones limitadas: no para resolver el problema nuclear de fondo, sino para ganar tiempo, aliviar el bloqueo y negociar alguna fórmula sobre Ormuz. Es la vieja táctica persa: negociar el incendio mientras se compra gasolina en otro barrio.

Pero la Guardia Revolucionaria ha dejado claro quién manda. Ayer mismo vivimos un bochorno que lo dice todo. Pezeshkian afirmó haberse reunido durante dos horas y media con el nuevo líder supremo, Mojtaba Khamenei, que lleva semanas sin aparecer públicamente tras los ataques que mataron a su padre y lo dejaron, según distintas fuentes, herido y aislado y en menos de tres horas el jefe de la Guardia Revolucionaria desmintió la existencia de esa reunión.

Cuando un presidente de la República Islámica es desautorizado públicamente en pocas horas por los Guardianes de la Revolución, ya no estamos hablando de tensiones internas. Estamos hablando de una lucha de poder abierta. Y en ese tipo de luchas, o ganan unos o ganan otros. No hay punto medio.

La simple necesidad de anunciar esa reunión ya revela la anomalía: cuando un presidente tiene que demostrar que ha visto al líder, quizá el líder ya no lidera tanto. La realidad más probable es que Irán esté funcionando como una junta militar-teocrática, con el IRGC como poder decisivo y el aparato civil como decorado institucional.

La trampa de las provocaciones

Esto explica las provocaciones de los últimos días. Para la Guardia Revolucionaria, volver a las hostilidades cinéticas no es necesariamente un fracaso. Puede ser una necesidad política.

Mientras haya guerra abierta, los generales mandan. Mientras hablen los misiles, los políticos callan. Mientras Estados Unidos bombardea, cualquier disidente interno puede ser acusado de traición. La guerra, para el IRGC, no es sólo un conflicto exterior; es un mecanismo de control doméstico.

Trump, de momento, no ha caído del todo en la trampa. Ha respondido con presión naval, golpes limitados y una retórica suficientemente ambigua como para mantener la amenaza sin comprometerse todavía a una nueva escalada total. Pero Trump es Trump. La paciencia no es su principal virtud. Es una variable táctica. Si después de su visita a China concluye que Teherán está jugando al retraso indefinido, no sería sorprendente que volviera a abrir la caja de los juguetes militares.

Los árabes han tomado nota

Otro error estratégico del régimen iraní ha sido lanzar su intimidación contra sus vecinos árabes. Durante años, muchos países del Golfo han mantenido una relación ambigua con Teherán: miedo, pragmatismo, negocios, canales discretos, bancos complacientes y una cierta tolerancia hacia el blanqueo de petróleo sancionado. Esa época puede estar terminando.

El cierre de Ormuz y los ataques o amenazas contra instalaciones energéticas del Golfo han empujado a varios países del GCC hacia Washington. En el caso de Emiratos, incluso hacia una coordinación más clara con Israel. Irán ha conseguido lo que décadas de diplomacia americana no lograban del todo: recordar a los árabes que el enemigo común no está en Tel Aviv, sino en Teherán.

Esto puede tener consecuencias duraderas. Al régimen iraní le resultará cada vez más difícil usar los circuitos bancarios, comerciales y energéticos de Qatar, Emiratos o Arabia Saudí para esquivar sanciones. Puede que China siga comprando. Puede que existan rutas grises. Puede que el contrabando sobreviva. Pero el coste sube, los intermediarios se asustan y cada operación se vuelve más cara, más lenta y más vulnerable.

En una dictadura extractiva, la eficiencia del saqueo importa. Y ahora saquear se ha vuelto más difícil.

China, Europa y los clientes del petróleo ajeno

Aqui llega la pregunta incómoda: ¿por qué los principales damnificados por el cierre de Ormuz no actúan con más contundencia?

China es el caso más evidente. Pekín ha sido durante años el gran comprador del crudo iraní sancionado. Sus refinerías independientes, las famosas «teteras», se han beneficiado de descuentos sustanciales comprando petróleo de países bajo sanción, incluido Irán. Ahora empiezan a notar el golpe: las importaciones energéticas chinas cayeron de forma significativa en abril por la disrupción de Ormuz, aunque los inventarios le dan a Pekín cierto colchón temporal.

China puede forzar la mano de los ayatolás. Tiene capacidad económica, diplomática y comercial para hacerlo. Pero Pekín no actúa como una potencia responsable del orden internacional. Actúa como lo que es: una potencia revisionista que se beneficia del orden cuando le conviene y lo sabotea cuando puede. Mientras sus reservas aguanten y el coste no sea insoportable, preferirá ver cómo Estados Unidos se desgasta en el Golfo.

Más difícil de comprender es la pasividad europea, japonesa y surcoreana. Una vez superada la rabieta inicial por no haber sido consultados antes de la guerra, la realidad es evidente: todos dependen de la energía que pasa por esa zona. Si tanto se aferran al derecho internacional que dicen venerar, el intento iraní de imponer peajes, controles y restricciones en Ormuz es una violación flagrante del principio de libre navegación.

Aquí Europa tenía una oportunidad perfecta: desplegar armadas, escoltar buques, exigir reapertura del paso y presentarlo no como apoyo a Trump, sino como defensa del derecho internacional y de sus propios intereses. Pero Europa, como siempre, prefiere indignarse en comunicados y esperar que otro ponga los portaaviones.

Bruselas ha convertido la impotencia en una forma de virtud moral. Y así le va.

El espejo de Ormuz

Ormuz es mucho más que un estrecho. Es un espejo. Muestra a un Irán mucho más frágil de lo que aparenta. Muestra a una Guardia Revolucionaria dispuesta a incendiar la región para conservar el poder. Muestra a Trump usando el tiempo, la presión económica y la ambigüedad militar con más disciplina de la que sus críticos quieren reconocer. Y muestra, una vez más, a Europa refugiada en su catecismo legalista mientras espera que la marina americana le proteja el desayuno energético.

La gran pregunta no es si Trump tiene razón en todo. No la tiene. Su estilo es vulgar, su ego es nuclear y su proceso de decisión a veces parece escrito por un guionista con déficit de atención. La pregunta es otra: ¿quién tiene más margen para equivocarse?

Trump puede aguantar semanas de bloqueo sin bajas americanas. Puede vender dureza a su base. Puede culpar a Irán del precio del petróleo. Puede sentarse con China y usar Ormuz como otra pieza en el tablero de la hegemonía. Teherán, en cambio, necesita exportar, pagar, reprimir, importar componentes, sostener lealtades y evitar que sus élites concluyan que el régimen se ha convertido en un activo tóxico.

En política, como en los mercados, la solvencia se mide por la capacidad de resistir una llamada de margen. Irán ha hecho una apuesta desesperada: cerrar Ormuz para asustar al mundo. Pero puede haber cometido el error fatal de cerrar también su propia salida.

Y ahí está el punch final: los ayatolás querían convertir el Estrecho de Ormuz en una horca para Occidente. Quizá terminen descubriendo que la cuerda estaba atada a su propio cuello.

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