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Bocetando el mañana: La ingeniería de lo imposible, por José Ignacio Gerbasi (@jgerbasi)

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Venezuela aún aguarda bajo un cielo que a ratos parece de plomo, pero en el aire ya se respira una tensión distinta: la de algo grande que está por nacer. En una pausa necesaria, lejos del ruido de las consignas, dos visionarios conversan. Son seres humanos, de esos que sienten el frío de la incertidumbre y el peso de las ojeras, pero cuyas almas operan en una frecuencia que el resto apenas empieza a sintonizar.

Walt Disney, con el rastro de cansancio de quien ha levantado imperios desde la nada y un lápiz gastado tras la oreja, observa a María Corina. Ella, con la mirada firme pero los pies cansados de tanto andar los caminos de una tierra que sufre, le devuelve la sonrisa.

—Sabe, María Corina —dice Walt, rascándose la sien como quien busca una idea en el aire—, la gente suele confundir la imaginación con la fantasía. La fantasía es un escape; la imaginación es el plano arquitectónico para construir una realidad nueva. Yo empecé con un ratón en una hoja de papel mientras el mundo se caía a pedazos en la Gran Depresión. Veo en sus ojos esa misma terquedad. Usted no solo está soñando con esta Venezuela; usted la está «diseñando» mientras los demás, con miedo, solo ven las ruinas del presente.

María Corina asiente, sintiendo el peso de la responsabilidad sobre sus hombros, consciente de que es una mujer de carne y hueso enfrentando muros de acero.

—Es que la esperanza, Walt, no es sentarse a esperar el milagro, es tener la audacia de fabricarlo. Para nosotros, en este momento de oscuridad, la visión de futuro es nuestra única muralla contra el desánimo. No basta con desear el cambio; hay que rediseñar el espíritu ciudadano desde el Zulia hasta el Esequibo, aquí mismo, bajo esta sombra. Estamos convirtiendo el «imposible» en nuestro combustible diario.

Se detienen frente a una estructura que hoy es símbolo de abandono, pero que en sus mentes ya brilla como un centro de innovación. Walt se ajusta la corbata, reconociendo en ella la soledad del líder.

—Me dijeron que un parque en un pantano era una locura —comenta Disney con una chispa humana y pícara—. Me llamaron loco mil veces. Pero los pioneros estamos dispuestos a fracasar diez veces con tal de acertar la que cambiará la historia. Usted ha caminado sola mucho tiempo, hablando de valores cuando el mundo se conformaba con el «pragmatismo» de la derrota. Esa es nuestra marca: preferir la verdad solitaria a la mentira acompañada. Usted, como yo lo hice en su día, está transformando el mundo con un propósito.

—La confianza es lo más difícil de reconstruir, Walt —responde ella, y por un segundo se le nota en la voz el peso de tantos años de lucha—. Al igual que en tus historias, el héroe venezolano está enfrentando sus miedos más profundos para descubrir que su fuerza reside en su dignidad intacta. Muchos preguntan: «¿Cómo lo lograremos?». Y yo les digo: hay que creerlo primero para poder verlo después. No vamos solo a levantar edificios; vamos a levantar la fe de un pueblo en sí mismo.

Walt saca un pequeño bloc de notas. Sus manos, que también han temblado ante el riesgo, trazan líneas rápidas. Mira a María Corina a los ojos.

—Dígame, de humano a humana… ¿cuál es el momento más difícil de este «guion» que está escribiendo en tiempo real?

—Cuando intentan robarnos la capacidad de proyectar un mañana —contesta ella con una firmeza que conmueve—. Un pueblo que no imagina su futuro está condenado a repetir su pasado. Por eso no me detengo. Quiero que cada venezolano sea el autor de su propia película, no un extra en el drama de otros. El secreto es que la libertad que viene depende de la claridad de nuestro propósito hoy, justo ahora que todavía duele.

Walt asiente, viendo en ella esa chispa que no se apaga con la persecución ni con el tiempo.

—Eso es lo que hace que un sueño perdure. No es la tecnología, es el corazón que late dentro. Usted le está devolviendo el «corazón» a Venezuela antes de que la primera piedra sea colocada. Hay que seguir caminando hacia adelante, abriendo puertas, porque la curiosidad y la libertad son las que nos abrirán los caminos más brillantes.

Disney le entrega un boceto rápido: un mapa de Venezuela que, al mirarlo de cerca, parece el rostro de un niño sonriendo bajo un sol que ya asoma.

—El dibujo ya tiene vida en el alma de la gente —dice Walt con un guiño—. No deje nunca de ser la directora de esta gran obra, incluso cuando el camino se ponga difícil.

María Corina lo observa alejarse, sintiendo de nuevo la urgencia del presente, pero con la certeza absoluta de que Venezuela ya no es un dibujo lejano, sino una realidad que ella y todo un pueblo están escribiendo, trazo a trazo, con la tinta indeleble de la libertad que ya se siente llegar.

Vamos por más… 

@jgerbasi

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