Hay países donde la cotidianidad transcurre con la discreta normalidad de lo funcional. Venezuela, con su característica originalidad, decidió explorar posibilidades. Cada jornada es una prueba de ingenio y negociación con el caos. Una competencia cuyo premio es llegar a la noche con algo en el estómago y la luz encendida. O sin ella, que también se aprende.
El servicio público no es un sistema, es una promesa filosófica. El agua aparece como un milagro, sin aviso ni garantía de repetición. La electricidad interrumpe su ausencia, para recordar que todavía existe. El gas llega con suerte, si conoces al que conoce al camionero y, a su vez, a alguien en Pdvsa. Por cierto, una vez reconocida por su excelencia, hoy administra su desplome.
La infraestructura no colapsó de repente, se deshizo con paciencia, como si el objetivo del Estado fuera enseñar a no necesitarla.
En los hospitales se practica medicina de vanguardia, de improvisación creativa. No es que falten recursos; faltan todos, con una exhaustividad de reconocimiento. El médico diagnostica y emite un récipe que es, en realidad, una lista de misiones imposibles. Hay que recorrer farmacias, bachaqueros y grupos de WhatsApp, para conseguir una aspirina. El doctor prescribe, la familia resuelve, el Estado observa. Y, en ese reparto de funciones, se consuma uno de los abandonos más prolijos que se pueda recordar.
La escasez de alimentos dejó de ser noticia. Comer no es un acto cotidiano, sino de estrategia. Se planifica, raciona, sustituye y florece la creatividad. La dieta no responde a criterios nutricionales, sino a lo que haya, cuándo haya y a precio de especulación. El cuerpo, pragmático, se adapta antes que la dignidad. Pero con el tiempo, también aprende a negociar.
La educación resiste con heroicidad. Maestros devengan minucias, pero se presentan al aula por vocación. No tienen tiza, pupitres, libros, lápiz, ni motivos económicos. Muchos se fueron y los que se quedaron sostienen con voluntad lo que debería sostenerse con presupuesto. Un modelo educativo singular; funciona a pesar del sistema, no gracias a él.
Un lamentable panorama que ha producido consecuencia que sociólogos llaman deterioro moral. En la sala de espera de cualquier oficina pública, quien paga de más pasa primero; práctica que el Gobierno llama corrupción cuando es ejercida por la oposición y gestión eficiente cuando la ejerce el oficialismo. En la cola del mercado, quien conoce al empleado se lleva lo que encuentra. No hay indignación, hay aprendizaje. El venezolano aprendió a resolver, verbo que en el diccionario de la Real Academia Española significa encontrar solución a un problema y en Venezuela sortear, esquivar, sobornar, intercambiar, conseguir por vías que es mejor no detallar.
La ética, sometida a presión sin pausa, no se rompió de golpe, se flexibilizó, y en la elegancia de la flexibilidad se perdió el marco común que permite a la sociedad funcionar, sin que la interacción sea transacción y cada ciudadano amenaza potencial.
El resultado es un país fatigado que va más allá del cansancio físico. No solo por el esfuerzo de conseguir lo básico, sino el desgaste psicológico de desconfiar de todo y de todos; vecino, funcionario, militares, policías y con razones sobradas para cada uno. Venezuela tiene hoy la peculiaridad de ser un país donde la paranoia es respuesta racional al entorno.
Mientras tanto, el discurso oficial describe un país paralelo. El de las alocuciones presidenciales; donde Venezuela avanza, crece, supera bloqueos imperiales, cosecha victorias revolucionarias y vive un socialismo próspero que los venezolanos, por razones misteriosas, no logran percibir. En las pantallas los indicadores suben; en las calles la miseria no tiene fin. La distancia entre ambos mundos ya no escandaliza. Eso dice más que cualquier estadística desaparecida con el mismo sigilo que se robaron la nación.
Lo inquietante no es la magnitud del desastre, es la capacidad para adaptarse. La costumbre de subsistir, que en los primeros años de crisis fue resistencia y dignidad, se ha ido convirtiendo en aceptación. Millones se fueron, huyeron, la mayor diáspora de la historia latinoamericana en tiempos de paz, si es que lo que vive Venezuela puede llamarse paz. Los que se quedaron aprendieron a esperar menos, a exigir menos, a imaginar menos.
Ese es el daño difícil de reparar. No la falta de servicios públicos y de futuro, sino la erosión de la expectativa. Cuando una sociedad renuncia a creer que merece algo mejor, el deterioro deja de ser crisis y se convierte en clima. En la temperatura normal de las cosas.
Entonces Venezuela funciona, en cierto modo. El agua llega a veces, la luz regresa eventualmente, la comida se consigue como sea, la escuela abre algunos días, el hospital atiende como puede. Nada es suficiente, pero tolerable, y en esa peligrosa zona intermedia, donde lo inaceptable se volvió cotidiano, justo allí, es donde se asienta la victoria del fracaso.
No es el colapso lo que define a Venezuela, es su incomprensible capacidad para acostumbrarse. Winston Churchill, de haber nacido en esta Tierra de Gracia, habría exclamado: los venezolanos nunca se rinden, aunque probablemente lo habría dicho desde el exilio.
@ArmandoMartini


