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“Así paga el diablo a quien bien le sirve”: la traición en el corazón del chavismo

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En la sabiduría popular venezolana e hispánica, pocos refranes capturan con tanta crudeza la ingratitud y la traición como “Así paga el diablo a quien bien le sirve”. De origen folclórico y transmitido de generación en generación, la expresión denuncia cómo quien ofrece lealtad incondicional a una causa oscura suele recibir, como recompensa, el peor de los pagos: el abandono, la puñalada por la espalda o el olvido calculado. Hoy, en la Venezuela de 2026, este refrán adquiere un carácter casi profético para describir la dinámica interna del chavismo.

MFM

Nicolás Maduro, quien gobernó el país durante más de una década tras la muerte de Hugo Chávez, fue capturado en enero de 2026 en una operación que, según múltiples versiones, no habría sido posible sin el concurso —activo o pasivo— de figuras de su propio círculo. Aquellos que le fueron fieles, terminaron siendo parte de una maquinaria que, una vez que el poder cambió de manos, no dudó en sacrificarlos.

Uno de los casos más emblemáticos es el de Tarek El Aissami, el hombre que ocupó cargos de máxima confianza: vicepresidente ejecutivo, ministro de Petróleo y figura clave en el control económico del régimen. Leal a Maduro en épocas de crisis, El Aissami fue detenido en abril de 2024 bajo acusaciones de corrupción en la trama PDVSA-Cripto. Aunque su arresto ocurrió bajo el gobierno de Maduro, su permanencia en prisión —incluso después de los cambios políticos de 2026— y las purgas posteriores ilustran cómo el chavismo devora a sus hijos más útiles cuando ya no sirven al nuevo equilibrio de poder. Quien manejó los hilos petroleros y financieros del régimen terminó tras las rejas, mientras otros reacomodaban sus lealtades.

Más reciente y simbólico aún es el caso de Alex Saab, el empresario colombiano señalado durante años como testaferro y operador financiero clave de Maduro. Saab fue detenido en el pasado, liberado en intercambios y regresó a Venezuela como protegido del régimen. Sin embargo, el 16 de mayo de 2026, el gobierno venezolano —ahora bajo nueva dirección tras la captura de Maduro— lo deportó a Estados Unidos, donde enfrenta cargos graves. Quien movió millones para sostener al chavismo en los momentos más críticos fue entregado sin mayor resistencia, en lo que muchos interpretan como un gesto de “buena voluntad” ante la nueva realidad.

Esta secuencia no es casual. Analistas y voces opositoras la describen como la consolidación de una “máquina de traición” que ha caracterizado al chavismo desde sus inicios: primero con Chávez apartando a figuras como Luis Miquilena, luego con las purgas internas de Maduro, y ahora con la entrega selectiva de antiguos aliados para preservar cuotas de poder o negociar salidas. El refrán cobra vida: el diablo —metáfora de un sistema basado en la lealtad personal y el interés— no conoce gratitud. Solo calcula.

Históricamente, el chavismo se presentó como un movimiento de lealtades eternas (“hasta que la muerte nos separe”, repetían sus militantes). La realidad ha sido otra: una cadena ininterrumpida de traiciones, ajustes de cuentas y sacrificios de quienes, en su momento, fueron indispensables. Como reza el refrán popular, así paga el diablo.

En Venezuela, donde la historia reciente se escribe con sangre, exilio y prisión, este dicho deja de ser folklore para convertirse en crónica política. Quienes sirvieron con devoción al proyecto hoy miran con desconfianza a sus antiguos compañeros. Porque en el chavismo, como bien sabe el refrán, la recompensa final suele ser una celda, un avión rumbo al norte o el olvido.

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