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El Cuarto de Guerra de una nación, por José Ignacio Gerbasi (@jgerbasi)

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}Hay momentos en la historia de los pueblos donde la esperanza deja de ser un simple sentimiento y se convierte en la única estrategia de supervivencia. Hoy, Venezuela no vive una crisis meramente institucional o política; atraviesa una prueba profunda del espíritu humano, un reencuentro colectivo con la certeza de que el bien siempre, de manera inevitable, prevalecerá sobre el mal. Más allá de nuestras diferencias doctrinales, existe un hilo invisible que nos une en el deseo de justicia, paz y libertad.

Es en este contexto de búsqueda interior donde la película War Room (Cuarto de Guerra) cobra una relevancia universal. Aunque formalmente se presenta como un largometraje de drama cristiano, su mensaje trasciende cualquier frontera teológica. No importa si eres católico, cristiano evangélico, judío, musulmán, agnóstico o ateo; esta historia es, en su esencia más pura, una lección magistral sobre el poder de creer, sobre la disciplina de la fe y la necesidad de entender que no podemos desgastar nuestras vidas peleando las batallas equivocadas. Hasta el más escéptico encontrará en ella un espejo de resiliencia: la enseñanza de que para vencer la oscuridad exterior, primero debemos construir un espacio de paz y claridad en nuestro propio corazón. Como bien decía el personaje de la sabia señorita Clara: “No se puede ganar una batalla espiritual con armas terrenales”.

En Venezuela, el mal ha intentado imponer su agenda de desesperanza a través de la caradura, la desfachatez de la mentira sistemática y la crueldad que desgarra a las familias. El doloroso y reciente caso de Carmen Teresa Navas —la madre de 82 años que partió de este mundo con el corazón roto por la tristeza— y de su hijo, el preso político Víctor Hugo Quero Navas, fallecido en cautiverio bajo el silencio y el engaño del poder, nos sacude hasta lo más profundo. Sin embargo, su memoria no nos convoca al odio, sino a una determinación aún mayor. Nos recuerda que, frente a un oponente que no juega limpio, la verdadera fortaleza no radica en imitar su violencia, sino en elevar nuestra postura.

María Corina Machado, junto a su equipo y sus aliados nacionales e internacionales, lo ha definido con valentía: esta es una lucha del bien contra el mal. Su liderazgo nos invita a asumir la máxima de la película: “No te corresponde a ti pelear esta batalla. Esta batalla le pertenece al Señor. Tu trabajo es quitarte del camino, dejar de pelear en tus propias fuerzas y dejar que Él haga lo que solo Él puede hacer”. Y quiero que quede muy claro: cuando decimos «quitarte del camino», bajo ninguna circunstancia estamos pidiendo que bajemos los brazos o dejemos la lucha. Al contrario; significa que vaciemos el corazón de amargura para llenarlo de estrategia, que sigamos haciendo el trabajo impecable que nos marca la líder en la tierra, con la absoluta convicción de que nosotros ponemos la constancia y la acción, mientras que Dios se encargará del resto, desatando la fuerza invisible que destruirá las cadenas.

Hoy, la esperanza en Venezuela es un hecho realista porque miles de ciudadanos, desde sus hogares, sus calles y sus trincheras cívicas, están buscando y encontrando su propio «cuarto de guerra». Lo encuentran en la oración unánime, en la solidaridad con el vecino, en el trabajo pacífico y organizado, y en la convicción inquebrantable de que el destino de nuestra nación ya está sellado por la luz. Los laboratorios del miedo no pueden descifrar la fuerza de un pueblo que ha decidido sanar y resistir desde el alma. Ninguna estructura de opresión tiene el poder de detener el amanecer. La paz se acerca, empujada por millones de manos y sostenida por la justicia divina que jamás olvida el clamor de los justos. Mantengamos la mirada firme y el corazón encendido, porque cuando el bien se moviliza, la victoria es absoluta e inevitable.

Vamos por más..

@jgerbasi

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