Por Federico Hernández Aguilar
El mundo padece una dramática escasez de carácter. Las grandes personalidades de otros tiempos hoy prácticamente han desaparecido. La política internacional es un yermo: los principios de antaño se han olvidado; los grandes ideales, engavetado. No hay un Churchill, un Lincoln, un Adenauer. Pero abundan, eso sí, los líderes fanfarrones, los discursos jactanciosos, la bravuconería ridícula.
Nicolás Maduro llegó a convencerse a sí mismo de que jamás rendiría cuentas. Pero entre una hora y la siguiente, su sueño de poder ilimitado se transformó en una pesadilla de realismo. De repente, los ejércitos de aduladores, las multitudinarias manifestaciones en la plaza pública se evaporaron delante de sus ojos.
En paralelo, a otros “hombres fuertes” –en La Habana y en Managua– les temblaron las rodillas. Tantos años culpando al “imperio” desembocaron, de pronto, en conmovedores llamados a la concordia vecinal. El nicaragüense Daniel Ortega, que entre neblinas de conciencia recuerda sus días revolucionarios cuando toma un micrófono, ahora debe ser silenciado delante de la televisión estatal por su paranoica esposa, que teme verse en la cárcel igual que Cilia Flores, la primera dama venezolana caída en desgracia.
Apenas quedan ecos, en Cuba, de la antigua verborrea de Fidel contra Estados Unidos. Ayer, la Fiscalía Federal de la Florida presentó una acusación penal contra el nonagenario Raúl, por el derribo de dos avionetas civiles cuando aún era el flamante jefe de las Fuerzas Armadas cubanas. ¡Estallido de nervios! Hasta el mismísimo director de la Agencia Central de Inteligencia –la tan execrada CIA– es recibido con apretones de manos en La Habana.
Si Maduro, Díaz-Canel y Ortega dejaron de ser fuertes de la noche a la mañana, otros líderes han necesitado enfrascarse en guerras estúpidas para darse cuenta de su debilidad
Nadie sabe qué mensaje llevó consigo John Ratcliffe, pero su visita oficial a Cuba es una humillación en toda regla. Si se levantara de la tumba, Fidel no reconocería el país que moldeó durante casi medio siglo. ¡El orgullo de sus herederos no le sobrevivió ni siquiera diez años! Tanto sufrimiento, tantas muertes, tanta represión…, para venir a contemplar cómo se derrumba una revolución que prometió el paraíso e instaló un infierno.
Pero si Maduro, Díaz-Canel y Ortega dejaron de ser fuertes de la noche a la mañana, otros líderes han necesitado enfrascarse en guerras estúpidas para darse cuenta de su debilidad. Vladimir Putin estaba tan seguro de su victoria en Ucrania que hace cuatro años, según informes internos, declaró a la cúpula militar rusa que tomaría Kiev en cuestión de horas. A mayo de 2026, aquellas horas se han alargado ya por cincuenta meses, superando el tiempo que la Unión Soviética combatió a los nazis durante la Segunda Guerra Mundial.
Gracias al embrollo ucraniano, el desgaste político de Putin ha sido el peor de su autoritaria carrera. Las encuestas independientes arrojan saldos de aprobación en rojo, con el agravante del cansancio popular ante la guerra y la creciente incomodidad que generan las injustificables restricciones a internet. Incluso el fastuoso desfile militar del 9 de mayo –fecha en que se conmemora la decisiva victoria soviética sobre Hitler– se vio amenazado por el vuelo de drones sobre Moscú. Estar tan lejos del triunfo en Kiev es lo más parecido a una gran derrota, y nunca se había percibido a un Putin tan débil y encogido.
En cuanto al poderoso Donald Trump, que hasta hace poco se creía inmune a los tropiezos, ahora cuenta también con su propia guerra desastrosa. Irán le ha supuesto el revés más evidente en su avasallador camino hacia la hegemonía global, a tal punto que ha tenido que volar a China para encontrarse con la única persona que puede ayudarle a poner orden en su desorden: Xi Jinping. El resistente régimen chiita, por su lado, se frota las manos de puro gusto. Un periódico oficial en Teherán tituló: “Trump visita China a la sombra del fracaso y el estancamiento”. Y es verdad.
Donald Trump, que hasta hace poco se creía inmune a los tropiezos, ahora cuenta también con su propia guerra desastrosa
El presidente estadounidense, además, ha lucido exhausto en Pekín. Al caminar pesadamente por las calles de la gran urbe china, parecía que varios fardos le doblaban la espalda: una crisis económica resultado de su locura arancelaria –el Peterson Institute for International Economics calcula que la política comercial de la Casa Blanca ha supuesto un coste de 1.600 dólares anuales a cada hogar estadounidense–, una deuda pública que el año pasado alcanzó el 124% del PIB, con un horrible pago de intereses que ya supera el billón de dólares (equivalente al 20% del total de ingresos anuales); números de aprobación tan bajos que le convierten en uno de los mandatarios más impopulares de la historia americana, y una política exterior tan errónea que el aislamiento producido le ha terminado arrojando en brazos de su principal adversario económico y tecnológico.
Xi Jinping, sin embargo, tampoco es invulnerable. La fuerza del control comunista es también la fuente de sus principales debilidades en materia económica. China sigue sin recuperarse de los efectos calamitosos de la pandemia, insiste en la concentración estatal de las decisiones productivas, carece de motores propios para consolidar su revolución tecnológica y sigue dependiendo de EE UU y Europa para crecer.
Nadie, pues, es tan vigoroso como para imponer su voluntad al resto del planeta, por mucho que lo vocifere. El que se cree fuerte, en realidad, es más débil de lo que piensa, y el que a primera vista parece débil, en la práctica, tiene más fortaleza de la que admitirían sus adversarios.


