Entré al salón y lo primero que me golpeó no fue ninguna ponencia ni ningún dato. Fue la gente. Caras conocidas de mi época del colegio: fiestas, MUNes, partidos de básquet, clubes playeros de Naiguatá. Ahora estaban ahí, con tarjetas de presentación, hablando de crédito, de márgenes, de talento humano, de operaciones cambiarias. En algún punto, del cual no pude darme cuenta porque no estaba en Caracas, mi generación comenzó a formar parte del tejido empresarial del país.
Por: Andrés Chacón Korsun – Ecosistemag
Tenía un lustro sin venir a Caracas. Estos últimos días conocí en persona a Yummy, a Cashea, al Pago Móvil, a Ridery. También conocí a los famosos helados de yogurt griego (ya quedan pocas islas griegas para robarles los nombres), los tacos en Chacao y la fiebre por las focaccias. Descubrí, en aquel salón de caras conocidas, que la antigua sede regional Procter & Gamble ahora había sido renombrada como Caracas Campus y servía como espacio multiusos para startups y empresas privadas. Mi última visita a Caracas había sido muy breve y en un contexto duro, durante las secuelas de la pandemia, y por ende esta es la primera vez que disfruto mi ciudad a plenitud como un adulto. Eso tiene su peso.
El Foro de Perspectivas Empresariales organizado por AJE, la Asociación de Jóvenes Empresarios de Venezuela, no es un evento menor. Reunir en un mismo panel a líderes de empresas que han sobrevivido décadas de lo que solo puede describirse como condiciones extremas, dice algo sobre el momento que atraviesa el país. No es optimismo fácil. Es algo más parecido a una apuesta deliberada, calculada, hecha por gente que conoce bien los riesgos o –en palabras de Zonia Bezara de Atencio, fundadora de la empresa de envíos Zoom– “cuando expandir las alas y cuando guardarlas”.
Una empresa no es un negocio
En el foro, llevado a cabo el 19 de mayo, Lorenzo Mendoza –presidenta de Empresas Polar– habló primero, y desde el arranque dejó en claro que no tenía intención de darle a nadie lo que esperaba escuchar.
La distinción que propuso suena simple pero tiene más peso del que parece: hacer negocio y hacer empresa no son la misma cosa. El primero es un ejercicio financiero, cortoplacista por naturaleza. El segundo es una apuesta de largo plazo que depende, sobre todo, de generar confianza. No con los clientes primero, sino con la gente adentro.
Lorenzo tampoco es fan del discurso de la pasión, mantra emprendedor que insiste en que tienes que amar lo que haces para tener éxito. Su postura es más exigente y, en el fondo, más honesta: tienes que ser bueno. Saber que eres bueno. Desarrollar tu idea desde el conocimiento, no desde el entusiasmo. El entusiasmo se agota. La competencia, si la cultivas, no. «No busques rentabilidad”, dice, “Lo que estás haciendo tiene que tener potencial de ser rentable”.
La diferencia no es semántica. Buscar rentabilidad como objetivo primario te empuja hacia las decisiones de corto plazo que destruyen empresas. Construir algo que merece ser rentable, algo excelente, algo en lo que la gente confíe es lo que produce resultados que duran. El capital, dijo, aparece rápido cuando la idea es poderosa.
Sobre inteligencia artificial, Lorenzo se mostró más abierto de lo que yo esperaba y más cauteloso de lo que podría parecer. Está habilitando herramientas de AI dentro de Polar, pero no de forma centralizada ni obligatoria: la idea es que cada quien la adopte a su manera, que el proceso sea orgánico; “descentralizado, democrático”. Está, en sus propias palabras, “anonadado” por la velocidad con la que avanza. Pero eso no lo paraliza. Lo que sí lo paraliza, o más bien lo que rechaza con claridad, son los atajos. “No traicionen sus principios”, repitió más de una vez, “No busquen atajos. El talento cuesta. No free lunch.”
Una nota al margen que no pude evitar: sobre el work-life balance, Lorenzo fue enfático en su escepticismo. Sacrificio, trabajo sostenido, compromiso total. Hay algo un poco de otra época en eso, sí, un tanto boomer. Pero también hay algo de honestidad brutal en negarse a vender la fantasía de que construir algo grande es compatible con no sacrificar nada.
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