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Lealtad a la hora de las decisiones, por @ArmandoMartini

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Quien ha visto la cara del estruendo, fuera o dentro del oficialismo y sobrevivido sus tormentas, conoce una ley no escrita pero inquebrantable: las alineaciones que ayer se juraban eternas, se transmutan a la primera descarga. Una reflexión cruda, dolorosa en su exactitud, pero encierra una verdad que pocos se atreven a confesar en voz alta. Revela la soledad del liderazgo donde la lealtad auténtica y probada se ha vuelto excentricidad ridícula y el oportunismo la norma habitual.

Los enemigos no desaparecen, mutan, se reubican y disfrazan. Cuando se lucha contra la tiranía y al girar la cabeza se descubre que antiguos antagonistas marchan al lado, colaborando, sonriendo, no se debe sospechar de ellos, sino del camino que se ha elegido. Venezuela observó atónita cómo adversarios se deleitaban de la armonía sobornada y encubridora, ocupando espacios en diferentes instancias de la burocracia oficial, con la excusa superficial de los espacios vacíos, que favorecidos por la tracalería mutua disfrutaron obscenidades indebidas. No son aliados; son desertores con mercadotecnia, mercenarios frente a convicciones.

El estadista jamás deposita su confianza en la voluble variable de los intereses. No se rodea de quienes se arriman apenas cambia la marea. Aquellos que ayer adversaban y hoy recogen con gratitud fingida las migajas del banquete, llaman a esta desfachatez «realismo político». Falso. Es una brújula rota, una desorientación estratégica profunda que, en la cima del mando, es el preludio inexorable del desastre. El espejismo de las alianzas y valor de la cicatriz o cuando el oportunismo se disfraza de realismo.

En la Venezuela actual, decoro y dignidad termina en el exilio o la cárcel. Cuando el combatiente busca a sus compañeros de trinchera y solo distingue un puñado de rostros, no está frente a una tragedia personal, sino ante la miseria de la condición humana.

La fidelidad es un metal precioso que se purifica en el fuego, no una masa maleable que se expande a conveniencia. Quienes inician el camino por convicción son siempre pocos; los que se suman por cálculo son legión. La cuestión no es lamentar la escasez de los primeros, sino reconocer que su valor no reside en la aritmética, sino en la crudeza de su advertencia. El leal verdadero, precisamente por serlo, será crítico y un censor fiel, vale infinitamente más que diez cortesanos aduladores.

La prueba de fuego es, irremediablemente, el fuego. Venezuela ha vivido repetidos «momentos decisivos». Cada fecha histórica ha sido un crisol donde se funden o quiebran los espinazos morales. Se conocen estrategas de salón desmoronarse a la primera ocurrencia de sacrificio, amenaza o inminencia, y a ciudadanos indefensos, anónimos, mantener la resistencia cívica con la monumentalidad de su ejemplo.

Quien en tiempos de tregua premia la lealtad crítica y no confunde fidelidad con sumisión, acumula un capital moral inquebrantable que en la hora extrema se traduce en mujeres y hombres que cubren las espaldas por convicción. Pero quien rodea su mesa de asentidores, alacranes que saltan talanqueras según el botín y llama «equipo» a una comparsa de medradores a la caza de su cuota, descubrirá en la hora cero que está dramáticamente solo. El oportunista no busca la gloria, sino la bala que vaya en dirección contraria o la primera posibilidad de fuga.

La política exige sumar voluntades, sí, pero es suicida confundir alianza táctica con lealtad íntima. Podemos aliarnos con antiguos enemigos para derrotar un mal común, pero con los ojos bien abiertos. Cuando llegue la hora de la verdad, no escudriñe a los que exhiben medallas recién lustradas ni a quienes se unieron al ver encuestas favorables. Busque a quien lleva en el pecho las cicatrices de la persecución, al que perdió su patrimonio por no rendir la bandera. Esos son los aliados genuinos, los demás son simples reclutas de la fortuna.

Si en el fragor de la batalla, tras un fraude o la represión feroz, descubre que solo le rodean desertores y negociadores de pasillo, y apenas divisa a sus viejos fieles, pregúntese qué atajos morales lo llevaron a ese pantano. En la forja de los leales, el fuego es el único juez. 

Venezuela no será rescatada por tránsfugas, aduladores y quienes se suben al carro del vencedor en el último minuto, sino por esos tercos, incómodos y valientes que estuvieron cuando no había nada que ganar y todo por perder.

@ArmandoMartini

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