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Corto y Picante: “El Zapatero de Trump” Por José Luis Farías

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No sorprende, pero duele. Duele porque Venezuela ya no resiste otro ciclo de ilusionismo financiero. La información que ha trascendido vía Bloomberg sobre el contrato  anunciado el 13 de Mayo con Centerview Partners —una firma de inversión neoyorquina que ha contratado expertos en deuda pública para simular ser avezada en el arte de las reestructuraciones soberanas— no es una simple nota de mercado. Es un síntoma. Todo indica que estamos ante una contratación a dedo, blindada por la discreción de pliegos nunca vistos, impuesta por la mano visible de Mauricio Claver Carone, el lobista cercano a la órbita de Donald Trump que ahora aparece, sin sonrojo alguno, como el padrino de este desaguisado, tal cual lo reveló el Washington Post. Un “virrey” suerte de zapatero de Trump.

Las cifras suenan obscenas incluso para el voraz estándar de Wall Street. Un mínimo de 150 millones de dólares, más una comisión del 0,1% del total de una deuda que muchos economistas insisten en que ronda entre 150 y 200 mil millones, más honorarios mensuales de 750 mil dólares. Y todo ello sin que mediara una auditoría pública, independiente y exhaustiva del resto de la deuda externa —esa madeja de bonos en mora, préstamos bilaterales opacos y laudos arbitrales que duelen como cuchillos—, y sin el más mínimo análisis de sostenibilidad de la deuda, apoyado en un programa económico confiable, para saber si el país puede pagar lo que debe sin morir en el intento. No hubo un solo número que llorara sobre el papel, ni una tabla que resistiera el viento de los factores de riesgo. Es un pacto de ciegos firmado al borde del abismo, sin aquella palabra mágica que los banqueros llaman sostenibilidad y que, en el largo y mediano plazo —esos plazos que ya nadie ve venir—, resulta tan invisible como el alma desde el punto de vista fiscal y de balanza de pagos. Todo ello elaborado sin un estudio serio del Fondo Monetario Internacional, que lleva más dedos décadas sin poner la lupa sobre las cuentas venezolanas. Porque en Venezuela, desde aquel entonces remoto donde el oro aún era oro y el bolívar pesaba en los bolsillos, nadie volvió a mirar si lo que se gastaba tenía algún pariente pobre llamado ingreso. Y así, entre documentos sin firmar y promesas sin respaldo, la deuda creció como una enredadera tóxica, mientras el Fondo, ni nadie, podía mirar.

Esta no es una reestructuración. Es una factura pagada por adelantado a los bonistas, los mismos que compraron deuda podrida a precio de ganga y ahora, con la complicidad de un gobierno necesitado de oxígeno político y divisas, pretenden cobrar como si hubieran asumido un riesgo heroico. La pregunta incómoda es otra: ¿quién vigila al vigilante? Sin un estudio del FMI que certifique cuánto puede pagar realmente el país sin condenar a varias generaciones al ajuste perpetuo, este proceso no es más que un brindis al sol. Grecia, Argentina y Ecuador ya escribieron esa tragedia: reestructuraron, cantaron victoria y, al poco tiempo, volvieron a caer en el precipicio de la cesación de pagos, porque el acuerdo inicial fue un maquillaje financiero, no una cirugía de fondo.

El régimen venezolano, que en otro tiempo vociferaba contra el FMI y los fondos buitre, ahora se sienta a la mesa con los mismos depredadores, pero sin las mínimas reglas de transparencia. Y el lobista Claver Carone, que antes sancionaba, ahora bendice. Así, mientras los bonos soberanos cotizan por encima de los 50 centavos —señal de que el mercado ya descuenta un rescate a la carta, sugiriendo una expectativa de recuperación cercana al 30% del total de las reclamaciones—, el país firma un contrato que hipoteca el futuro inmediato en nombre de una recuperación que nadie ha demostrado que sea posible.

O se para esta farsa, se audita la deuda completa y se somete cualquier negociación a un análisis vinculante del FMI, o estaremos asistiendo al montaje de una nueva reestructuración fallida. La historia es testigo: los mismos errores, los mismos intermediarios, los mismos abogados de siempre. Y al final, el mismo resultado: el pueblo, siempre el pueblo, pagando la cuenta de los banqueros.

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