Venezuela, dolor y rabia

Comparte en

El tiempo que corre, implacable, inhóspito, indiferente al dolor. Cada día, más lejos de la esperanza, agotadas las fuerzas, quebrados los cuerpos, silenciados los alientos. Y, sin embargo, la lucha por la vida no ceja. De golpe alguien acaba de pedir silencio, dejen actuar a los héroes del rescate, esos perros únicos e infatigables, y ellos se lanzan sobre montañas de hierro y piedras, marcan un lugar, las manos que sacan piedras, las palas que intentan levantar bloques de hormigón, personas de todas partes luchando por rescatar una vida, un milagro, una conquista, un mundo entero escapando de las fauces de la muerte. Y entonces, un cuerpecito de tres años asoma su cabeza llena de tierra, los ojos abiertos, sus piececitos saliendo de la manta que lo cubre, un corazón que late contra todo pronóstico. Y más allá, un bebé de apenas 18 días de vida con su mamá, lo imposible. Y el joven de 21 años, más de cien horas sepultado, y la perrita que escarba desesperadamente para encontrar a sus cachorros, y la anciana que a pesar de todo sobrevivió. Venezuela es un grito, un dolor inmenso, un quiebro desesperado, pero también es una inmensa lección de empatía, una humanidad desbordada, un pueblo que lucha por la vida a pesar del abandono y la tragedia.

Por: Pilar Rahola – Infobae

Pero si el terremoto ha demostrado al mundo la extraordinaria capacidad del pueblo venezolano para superar los peores estragos, también ha dado el toque final a un régimen delirante que, además de instalar una tiranía represiva, ha sangrado los recursos de Venezuela, ha destruido sus instituciones y ha dejado el país en una precariedad extrema que se traduce en desesperación y muerte. El espectáculo de estos días trágicos, con el colapso de las infraestructuras, la falta de todo tipo de instrumentos, la inexistencia de planes de contingencia, la desidia del ejército, la paralización de la administración, la persecución de los centros de acopio, las dificultades a los rescatistas internacionales, y un sinfín de denuncias de sobornos y saqueos, todo sumado es el retrato preciso del régimen criminal que aún gobierna Venezuela. En este sentido, las palabras de Maduro desde su cárcel en Brooklyn, reclamando “la unión nacional, la serenidad y el amor”, es la mueca tétrica de un desalmado: él, el responsable de la pobreza, el exilio y la desesperación de su gente; él, el que hablaba del pueblo mientras lo saqueaba; él, el que convirtió a un gran país en un escenario yermo; él, el dictador, el represor, ¡cómo osa abrir la boca, si no es para pedir perdón! Reclama “unión” quien expulsó a millones de ciudadanos. Pide serenidad quien violentó la vida de su gente. Llama al amor quien instaló la represión, la cárcel y la muerte. Cinismo, oscuridad y desvergüenza.

Y no sirve que el dictador ya no esté en el cargo, porque a pesar de la detención de Maduro y de los tímidos procesos de transición que se han producido, el terremoto ha demostrado que el régimen continúa actuando con la ineficacia y la maldad propia de los tiranos. Ahí está el funesto Diosdado Cabello, responsable directo durante su mandato de haber desviado los fondos para la prevención de catástrofes, dejando a los Bomberos y a Protección Civil sin la maquinaria pesada, los drones y los equipos de coordinación que eran necesarios, mientras reforzaba a los cuerpos de seguridad para la represión política. Y ahí está Delcy, líder de un gabinete improvisado que ha demostrado una parálisis letal a la hora de ayudar a la población, pero que no ha tenido escrúpulos en permitir la censura y la persecución política en plena emergencia.

Esa es la primera consecuencia política del terremoto: el régimen ha caído a plomo ante su gente, y el plan en tres fases que planificó Marco Rubio -estabilización, recuperación y transición-, se atisba ahora obsoleto. En su momento pareció la mejor opción para no caer en el error de Iraq, cuando Estados Unidos desmontó completamente la administración de Saddam Hussein y se desató el caos y la violencia. Pero el terremoto ha hundido definitivamente al Estado, los ritmos se han acelerado, y Delcy ya no sirve como puente de transición porque se ha producido un divorcio rotundo entre una ciudadanía que se coordinaba para salvar vidas, y un gobierno inútil, incapaz de liderar la emergencia. Si al gobierno le quedaba algún atisbo de legitimidad, aunque fuera por su carácter transitorio, lo ha perdido definitivamente.

Este es el punto: el terremoto ha mutado la situación y ha acelerado los tiempos, lo cual debería implicar un cambio de estrategia por parte de la administración norteamericana. Especialmente por parte de Marco Rubio, que ha conseguido una gran credibilidad en el hemisferio occidental, pero que en Venezuela se juega su capacidad como estratega brillante. Los grandes desastres acostumbran a motivar grandes cambios políticos. En este caso, deberían provocar la caída definitiva de un régimen criminal.

X: @RaholaOficial

Web: https://pilarrahola.com

Instagram: pilar_rahola/

WP Twitter Auto Publish Powered By : XYZScripts.com
Scroll to Top