A menudo, el liderazgo venezolano se ha escudado en la figura del «Cisne Negro» para justificar el estancamiento o la parálisis. «Es impredecible», «nadie lo vio venir», «las variables son incontrolables». Nos han vendido la idea de que nuestro destino está sujeto a la aleatoriedad de un evento fortuito que, como un rayo en cielo despejado, vendrá a cambiarlo todo. Es hora de aceptar una verdad más demoledora: Venezuela no enfrenta un Cisne Negro. Venezuela está atrapada en un Cisne Rojo.
Un Cisne Negro es un evento azaroso. Un Cisne Rojo, en cambio, es un desastre anunciado. Es ese riesgo sistémico que todos vemos, que todos los actores políticos y sociales conocen, cuyas señales son tan evidentes como el deterioro de una infraestructura que ha sido ignorada por años. En nuestro caso, el Cisne Rojo es la combinación de la inacción ante la asfixia económica, la desarticulación del tejido social y el cálculo estratégico basado en la esperanza de que el otro se autodestruya. Hemos pasado años esperando que el sistema colapse por su propio peso, confundiendo la paciencia con la espera pasiva.
Si analizamos la situación bajo la lente de la Teoría de Juegos, estamos estancados en un Equilibrio de Nash donde ninguna de las partes gana, pero todas temen moverse primero. El régimen se mantiene en su posición, la oposición se desgasta en la fragmentación, y la ciudadanía sobrevive. Este equilibrio solo se rompe mediante una disrupción activa, no mediante la espera. Mientras sigamos tratando la realidad como un conjunto de eventos aleatorios, seguiremos siendo víctimas del azar. Pero si aceptamos que estamos ante un Cisne Rojo, la narrativa cambia radicalmente: la responsabilidad ya no es del destino, es de la decisión.
Para conquistar la libertad, debemos dejar de ser espectadores de la tragedia y convertirnos en arquitectos de la estructura. La libertad no llega tras el colapso; la libertad se construye mientras el sistema se desmorona. Debemos llamar a las cosas por su nombre. La crisis no es una sorpresa; es el resultado de decisiones concretas. Dejar de esperar «el evento» milagroso es el primer paso para la madurez política. Así como en las estructuras flexibles, cada pieza de la sociedad civil debe tener una función clara. Si el sistema busca atomizarnos, nuestra respuesta debe ser la organización en células resilientes, capaces de operar fuera de la arquitectura centralizada del poder. La paciencia estratégica no es sentarse a esperar. Es la capacidad de mantener el objetivo a largo plazo mientras se ejecutan acciones precisas, quirúrgicas, en el corto plazo. Es saber cuándo ejercer presión y cuándo conservar energía para el movimiento definitivo.
El futuro no se predice, se diseña, y el que domina el diseño del futuro domina el presente. El desenlace de esta etapa venezolana no dependerá de un evento mágico que nos libere mientras dormimos. Dependerá de nuestra capacidad para gestionar el Cisne Rojo. Si seguimos ignorando las señales, el colapso será, efectivamente, devastador. Pero si tomamos las riendas de la estrategia, si organizamos nuestras piezas con la frialdad del análisis y la pasión de la convicción, podremos convertir la crisis en el catalizador de una reconstrucción real. La libertad no se conquista con suerte. Se conquista con la certeza de quien, habiendo visto el riesgo, decide que el precio de la acción es infinitamente menor que el costo de la resignación. El Cisne Rojo está frente a nosotros, desplegando sus alas. ¿Seguiremos llamándolo mala suerte, o comenzaremos a gobernar nuestra propia realidad?
Vamos por más…
José Ignacio Gerbasi
@jgerbasi


