La Guaira: Crónica de una tragedia anunciada

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Los terremotos gemelos de magnitudes 7,2 y 7,5 que sacudieron Venezuela el 24 de junio de 2026 no solo devastaron a La Guaira. Volvieron a desnudar, con crudeza implacable, la mediocridad, la incompetencia y el desprecio por la vida humana que caracterizan al régimen chavista. Lo que hoy lloramos no es solo un desastre natural: es la radiografía definitiva de un Estado fallido.

Hasta la fecha se reportan más de 3.600 muertos y 16.700 heridos, cifras que podrían aumentar considerablemente en las próximas semanas a medida que se remuevan los escombros y se identifiquen más víctimas. Las pérdidas materiales ya se cuentan en miles de millones de dólares. Este saldo va mucho más allá de los números: es la huella mortal de una ausencia deliberada y criminal del Estado.

En cualquier nación que respete la vida, las primeras 72 horas después de un sismo marcan la línea entre la salvación y la muerte. Ese tiempo es oro. En Venezuela se convirtió en un desierto de abandono y dolor. Mientras familias destrozadas removían escombros con las manos desnudas, el aparato gubernamental permanecía paralizado, preso de su propia inoperancia e indiferencia.

El caso de la leyenda deportiva Eliezer Alfonzo, quien tuvo que suplicar, contratar maquinaria privada y enfrentar la burocracia para rescatar a sus familiares, resume la orfandad nacional. Las fuerzas de seguridad, expertas en represión y propaganda pero ineptas en logística humanitaria, llegaron tarde, mal equipadas y sin coordinación. La politización de Protección Civil no fue un error: fue un factor agravante. El Estado no solo falló; abandonó a su pueblo a una muerte lenta bajo el concreto.

La ineficacia no se limitó al rescate inmediato. Días después se reveló que un sensor sísmico clave, instalado por FUNVISIS en 2013 para monitorear la falla de Boconó precisamente la responsable del primer terremoto, había desaparecido. Cuando los técnicos llegaron al sector La Chicharronera, el equipo ya no estaba. Ni mantenimiento, ni resguardo, ni control. Instrumentos científicos vitales fueron robados o abandonados mientras el país clamaba por información precisa. Esa es la síntesis perfecta del régimen: ni siquiera la tierra que tiembla bajo nuestros pies se salva de la corrupción y el desmantelamiento sistemático.

Ahora, los voceros oficiales intentan torcer la narrativa con un cinismo insultante: afirman que la mayoría de las muertes y colapsos ocurrieron en “construcciones privadas” y lavan sus manos. No presentan un solo estudio independiente que respalde esa afirmación. Peor aún: ¿quiénes construyeron los complejos turísticos y torres de “lujo” en el litoral? Los mismos enchufados, los mismos testaferros y las mismas redes de corrupción que han convertido el soborno en método constructivo. Edificios levantados con materiales deficientes, sin estudios geotécnicos rigurosos y violando normas básicas de sismorresistencia se convirtieron en tumbas. Esa es su firma.

La Gran Misión Vivienda, lejos de ser el “logro social” que pregonan, se revela como un monumento sangriento a la irresponsabilidad criminal. Sacrificaron calidad y seguridad en el altar de la cantidad y la propaganda. Ignoraron, desde 2005, las advertencias técnicas de expertos japoneses, mexicanos e israelíes. Desmantelaron la capacidad científica del país: estaciones sismológicas convertidas en ruinas institucionales, sensores robados sin que nadie rinda cuentas.

La reconstrucción de Venezuela no puede ser solo técnica ni financiera. Debe ser, ante todo, una tarea moral y ética. Se trata de levantar, sobre las ruinas y los corazones destrozados, una nueva cultura pública que coloque la vida, el dolor de las madres y la verdad por encima del clientelismo y el control político.

Tras el 24 de junio, el plan maestro de la reconstrucción debe tener un solo norte: la voz de quienes lo perdieron todo. No más fotos protocolarias, no más discursos vacíos que insultan el sufrimiento. El terremoto derribó edificios, pero también fracturó el miedo que nos paralizaba. El país está en ruinas, sí. Pero la resiliencia de nuestro pueblo arde con más fuerza que nunca, como un fuego indomable en la noche más oscura.

Venezuela no solo debe levantarse. Debe renacer con la dignidad herida pero indomable de un pueblo que, aun entre las cenizas, el llanto y la sangre, exige justicia y verdad.

El cambio ya no es una opción política. Es, por fin, una urgencia de supervivencia.

Julio César Pérez

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